Distingo principalmente dos posturas de la mayoría de los chilenos frente a qué va pasar en el país después del domingo. Una, la mayoritaria, estimaría que “no va a pasar nada”. Todo seguirá igual. Que nos dimos cuenta que la Constitución no importa tanto como nos habían dicho y al final vamos a tener que optar por dos textos bastante parecidos. Con cualquier opción que gane tendremos que seguir con el mismo mal gobierno dos años más, y seguir trabajando igual el lunes como todos los días.
La otra postura, que considero minoritaria, sería que el plebiscito va a tener consecuencias importantes dependiendo de quién gane. El triunfo de el “En contra” será considerado un triunfo por el Gobierno de Boric y le dará un nuevo impulso para retomar su programa, incluyendo subir impuestos, limitar a las Isapres y AFP, etc. Por el lado de la derecha el impulso sería para la UDI y RN en desmedro de Kast, a quien culparían del extremismo e intransigencia que impidió aprobar un texto más consensuado. Si gana el “A favor”, el gobierno y sus partidos quedarían más debilitados de lo que ya están, y en la derecha se fortalecería Kast para la elección presidencial.
Personalmente comparto algo de las dos posturas, con más cercanía a la primera en el sentido que cualquiera sea el resultado del plebiscito no será un punto de quiebre para la historia de Chile como lo fuera el del “No” o Bachelet 2 y el fin del sistema binominal. Si algo nos ha enseñado todo este largo proceso de cuatro años, es que tenemos hoy un país con una élite política muy dividida, ideologizada y polarizada, incapaz de encontrar espacios de más colaboración y entendimiento. No tanto así la ciudadanía quien, por eso, mira con desazón, distancia y molestia a esas élites en conflicto permanente. Además, considera que esa polarización está teniendo un costo elevado porque genera la incapacidad de lograr soluciones para sus desafíos más apremiantes del país en materia de seguridad, situación económica y calidad de vida y de los servicios básicos para la mayoría de los ciudadanos.
No será un punto de quiebre no sólo porque es improbable un triunfo arrasador de una opción; es más probable un triunfo estrecho de cualquiera, tipo 52 contra 48% (yo sigo creyendo que del A Favor). También no será definitorio porque se engañaría quien se atribuya un mandato o camino claro por haber obtenido una mayoría de votos. La gente habrá votado A o E por motivos no sólo muy distintos sino incluso contrarios. Por ejemplo, el “En contra” podría ganar sólo gracias al estimado 4% de votos de la nueva extrema derecha. Allí se encontrarán esta vez los comunistas (Jadue, Carmona et al.) votando junto con los de los pinochetistas (Rojo, Marinovic et al.) por “la Constitución de Pinochet”. Al final los extremismos juntos, pero incapaces de hacer nada unidos.
Más valioso que buscar culpables o razones de por qué hemos llegado a la mala situación actual de polarización e incapacidad de tener buenos gobiernos, me parece que sería que empecemos desde el lunes a indagar y conversar de nuevas maneras de mejorar el ambiente político y económico nacional.
Tres o cuatro condiciones me parecen claves: primero, aceptar de una buena vez que estamos divididos y ninguna parte puede pretender imponer a todos un nuevo modelo completo y cerrado de sociedad. Necesitamos volver al eclecticismo y al pragmatismo. No a lo que el historiador Mario Góngora llamó los “modelos globales o sistemas integristas” que nos llevaron a los enfrentamientos de los 70. Ahora de nuevo Chile va a cumplir diez años de alternancia de gobiernos de signo opuesto, con posturas combativas extremas de rechazo y exclusión del opuesto, en vez de búsqueda de puntos parciales de progreso viable en común.
Lo segundo clave, me parece el trabajo en recuperar confianzas mutuas. No se puede colaborar sin un mínimo de confianza. Esta se genera con apertura genuina a los demás y cumpliendo las promesas que se hacen. Por lo tanto, otra condición es empezar a hacer sólo promesas que se puedan cumplir. Para esto, tal vez la experiencia de haber elegido el gobierno que tenemos junto con este proceso constitucional fallido nos enseñe a todos a hacernos expectativas más realistas o fundadas y a creer menos en promesas sin fundamentos de viabilidad.
Tercero, necesitamos nuevos líderes que encarnen esos valores y tengan capacidades para escuchar a todos, buscar acuerdos amplios, respetar a los contrarios, cooperar, trabajar en equipo e inspirar confianza. Con más humildad.
Anticipo que lo principal que podría venir después del cierre de este proceso constituyente es un adelantamiento de la campaña presidencial. Si no hubo una Constitución que nos una, puede haber un/una Presidente que nos una. Pero este no va a salir del aire ni llegar de Marte. Dependerá de que mayoría ciudadana tome consciencia de que ya basta de peleas y enfrentamientos permanentes entre gobierno y su “oposición” (erradiquemos ese término, como pidió Maturana). Que es el tiempo de la unidad y la cooperación. Entonces será el momento de evaluar quién cree en eso y es capaz de concretarlo para ser la base de la generación de soluciones para nuestros desafíos.
