Me alegro, no me alegro. El octubrismo volverá, no volverá. La refundación de la izquierda sigue en pie, no sigue. Volveremos a ser el faro de la región, no volveremos a serlo.
Así, con el gesto antiguo y romántico de arrancar pétalos uno a uno, parece deliberar hoy buena parte de Chile sobre su propio destino. Deshojamos la margarita nacional sin saber en qué pétalo quedará detenida la respuesta, y mientras tanto la flor se nos va quedando sin hojas y sin certezas. Muchas preguntas no tienen respuesta clara y cierta.
El entramado político chileno está transversalmente contaminado, y esa contaminación no distingue colores ni veredas. Lo que antes era diferencia legítima hoy es desconfianza, y lo que antes era adversario hoy es enemigo. En ese clima, deshojar margaritas dejó de ser un juego de enamorados para convertirse en el método con que un país entero intenta adivinar si mañana amanecerá mejor o peor que ayer.
El primer pétalo cae del lado de afuera. El golpe de Estados Unidos con el arancel del 12,5%, impuesto a fines de julio tras una investigación por supuesto trabajo forzoso, no es un accidente pasajero, es la señal de un mundo que volvió a levantar murallas y a buscar pretextos para justificarlas. Un gravamen de esa magnitud castiga a nuestros exportadores, encarece nuestra oferta y nos obliga a competir con una mano amarrada a la espalda. Para una economía pequeña y abierta como la chilena, que vive de vender al mundo, un arancel no es una abstracción de manuales, es empleo que se pierde y contratos que no se firman. Frente a eso, Chile necesita una Cancillería activa en materia económica y comercial, no una diplomacia de salón. Pro Chile ha sido durante décadas un vendedor incansable, buscando mercados, abriendo puertas y peleando mejores condiciones para quienes producen y embarcan desde el fin del mundo. El comercio exterior no es un tecnicismo de expertos, es una gran política pública, y de las pocas que en Chile han mostrado continuidad más allá de los gobiernos de turno. Descuidarla ahora, cuando el proteccionismo vuelve a estar de moda en el mundo, sería un error que pagaríamos caro.
A la vez, la guerra en Medio Oriente mantiene la tensión encendida. Los conflictos lejanos ya no son lejanos. Llegan por el precio de la energía, por las rutas del comercio, por las olas migratorias y por la incertidumbre que se instala en cada decisión de inversión.
El segundo pétalo cae hacia adentro. Los repetitivos frentes de tormenta a lo largo y ancho del país han mostrado nuestra vulnerabilidad en toda su magnitud. Las fronteras terrestres cerradas, con el Paso Los Libertadores, el más importante para el comercio regional, cerrado desde mediados de julio por un sistema frontal que dejó metros de nieve y más de mil quinientos camiones varados, en uno de los cierres más largos que se recuerden, dejaron en evidencia una vulnerabilidad que se arrastra por años. La nieve no se puede evitar, pero sí se puede prever. Faltó infraestructura, faltó coordinación entre dos países vecinos que dependen el uno del otro, y faltó sobre todo esa mirada larga que anticipa en lugar de lamentar. Incendios, temporales, terremotos y tsunamis no son novedades para nosotros. Somos un país acostumbrado a la furia de la naturaleza, y sin embargo seguimos improvisando cada vez que llega. Lo que se necesita es una planificación de prevención de largo plazo, capaz de evitar que las mismas familias vuelvan a sufrir una y otra vez la pérdida de lo poco que tienen. La resiliencia no se decreta el día de la catástrofe. Se construye antes, con inversión, con reglas claras y con la humildad de aprender de cada golpe.
Y entonces cae el pétalo más ideológico de todos. He leído con atención las conclusiones del Primer Congreso Ideológico y Estratégico del Frente Amplio, un texto en el que reconoce sus derrotas sin rodeos, que el partido se elitizó, que la “ultraderecha” le ganó la disputa por el sentido común y que las causas del malestar de octubre de 2019 siguen en pie. Pero la conclusión a la que llega no es moverse hacia el centro ni hacia las mayorías que dice haber perdido, sino profundizar el mismo horizonte que lo llevó al gobierno y también a la derrota, el de un partido que se define “socialista” y cuyo norte declarado es la superación del capitalismo. Octubrismo volverá, no volverá. Refundación sigue en pie, no sigue. Ellos también deshojan su margarita, y el pétalo en que eligen detenerse es el de la refundación. La anunciada alianza entre la Confech y la CUT promete la calle para protestar, como si tomarse la calle fuera lo mismo que proponer, y como si la movilización pudiera reemplazar el trabajo lento y sin brillo de gobernar. Ese fue el fundamento de la violencia octubrista, el malestar social. Otro interrogante.
Mientras tanto, a su costado, el Socialismo Democrático se muestra sin forma y lleno de contradicciones. Un centro que debiera ser refugio de sensatez aparece vacío, y en la puerta espera un populismo listo para entrar apenas se descuide la casa. El Tribunal Constitucional, que debiera ser el árbitro imparcial de nuestras reglas, tampoco escapa a la sospecha de ideologización. ¿Puedo yo decir que tenemos por delante un futuro claro y llano? No puedo. La incertidumbre es parte de la vida, siempre lo ha sido, pero lo que vivimos hoy es demasiado, incluso para la accidentada historia reciente de Chile, que lleva doce años de estancamiento.
Todo esto ocurre en un tiempo en que las democracias liberales se tambalean. Hoy sufren a la vez los ataques externos de la autocracia y los internos del populismo, y ambos embates se alimentan del enfado y de la decepción de una ciudadanía cansada de promesas incumplidas y de instituciones que, siente, no la amparan. La velocidad vertiginosa con que avanza la inteligencia artificial hace de este, un momento único en la historia, en el que desconocemos quién tiene el verdadero poder. Hoy sabemos que no genera conocimiento nuevo, ni pensamiento crítico y tal como se alertó en el magnífico seminario de CLAPES UC sobre la encíclica papal y la IA.
Suele decirse que los extremos retumban más fuerte en el lado derecho, quizá porque el mundo académico e intelectual es mayoritariamente de izquierda y ha creado un sesgo, y quizá porque la derecha extrema ha aprendido a hablarle a esa rabia mejor que nadie. Pero conviene mirar el fenómeno completo, sin anteojeras. Aquí mismo lo vemos. La ex vocera Camila Vallejo denuncia la “ultraderecha” que, según ella, representa José Antonio Kast, cuando Kast está lejos de serlo. Y lo hace desde la militancia de un Partido Comunista que ha mirado con simpatía a Venezuela, a Nicaragua y a Cuba, y que sigue sembrando inestabilidad puertas adentro mientras sus figuras viajan a La Habana. Llamar ultraderecha a un adversario democrático, mientras se guarda silencio frente a las dictaduras de la propia familia ideológica, es exactamente esa contaminación transversal que empobrece el debate. El extremo no está solo a la derecha, como podemos apreciar en algunos países que tienden a la autocracia, también a la izquierda que nunca ha condenado a los suyos.
El fondo del malestar tiene nombres concretos, que hasta el propio Frente Amplio identifica sin dificultad. El desempleo, la inseguridad, el acceso a la vivienda, el empleo precario y temporal, los bajos salarios, la inestabilidad y la inflación. Sobre esa materia se levantan todos los populismos, y ninguna ideología, por elegante que sea, los desarma si no resuelve primero esas urgencias. Y ello requiere a un país creciendo cerca o arriba del 3%. Porque la ciudadanía no está cansada de la política, sino de una determinada forma de hacer política, confrontacional, autorreferente, convertida muchas veces en espectáculo y alejada de los problemas concretos de las personas. Cuando la gente está preocupada por su vida real, tolera cada vez menos una política que parece hablar solo de sí misma. La mayoría sigue valorando la democracia y quiere participar, pero exige otra política, con instituciones cercanas, representantes conectados con la realidad y mayor capacidad de acordar y resolver.
El actual gobierno asumió conociendo todo esto. Y precisamente porque las preguntas no tienen respuesta clara y cierta, lo que corresponde no es exigir menos, sino más. Al gobierno y a la oposición. Más acuerdos y menos ruido. Más propuestas y menos eslóganes. El gobierno requiere de una coalición contundente y clara, capaz de sostener decisiones en el tiempo y no de deshacerse a la primera diferencia. Una determinación firme para resolver los problemas de la gente antes que las cuentas internas. Y el fin, de una vez, de las disputas que consumen energía y credibilidad. El Partido Republicano se declaró opositor a Piñera en un momento particularmente complejo, y los libertarios hacen algo parecido, aunque con menos filo. A ratos parece que todos son oposición de todos, que cada quien deshoja su propia margarita y ninguno se detiene a mirar la del vecino.
Gobernar en tiempos de tormenta exige lo contrario, sumar en vez de restar.
Hay un punto que no puede seguir postergándose, y es la comunicación. Un gobierno se juega buena parte de su suerte en la claridad con que explica lo que hace y hacia dónde va. Hay buenas figuras en el gabinete, y el ministro Alvarado es una de ellas, pero ningún nombre reemplaza por sí solo una vocería clara, ordenada y clara para todas las personas. La del actual gobierno no está a la altura, y en medio de tanta incertidumbre esa deuda se paga cara. Esto lo deja muy claro Pablo Halpern en su columna El costo de ser fome. El mensaje se hace inaudible y no le llega a las personas. Ello explica en parte las encuestas.
La gente no se aleja de la política porque haya dejado de importarle lo público. Se aleja cuando siente que la política ha dejado de ocuparse de ella, y también cuando no logra entender qué está haciendo, ni hacia dónde va, quien tiene la responsabilidad de conducirla.
Y por debajo de todo esto, late un problema más hondo, la confianza, que es lo más difícil de recuperar. Los ciudadanos le retiraron la confianza a la clase política, y ello es difícil de recuperar. Acciones, no buenas razones o discursos. Se recupera con conducta y con el ejemplo sostenido en el tiempo. Lo que vemos, sin embargo, no tranquiliza. La dupla Manouchehri y Cicardini ha hecho de la denuncia permanente y del protagonismo una forma de estar en política. Las senadoras Campillai y Flores protagonizaron en pleno Senado un espectáculo bochornoso, a punta de insultos y acusaciones cruzadas, que terminó derivado a la Comisión de Ética. No es el problema de un solo sector, es transversal, y ahí está justamente su gravedad. Mientras el país deshoja margaritas sobre su futuro, buena parte de su clase política deshoja las suyas en peleas de patio. O nuestros representantes se comprometen de verdad con la bandera y con los chilenos, o seguirán ganando titulares mientras pierden lo único que de veras importa, que es la confianza de quienes los eligieron.
Antonio Gramsci escribió que el viejo mundo se muere, que el nuevo tarda en aparecer, y que en ese claroscuro surgen los monstruos. Chile vive hoy su propio claroscuro. Lo viejo ya no convence y lo nuevo todavía no llega. Un país se salva con gobiernos que se hacen cargo, con coaliciones que dan la cara, con oposiciones que están a la altura y con instituciones que funcionan. Lo demás es seguir arrancando hojas al viento, esperando que el azar decida lo que solo la responsabilidad puede resolver.

Como siempre Iris, muy acertada tu columna …