Mucho se ha hablado en días recientes sobre las necesidades de equipamiento estratégico de las Fuerzas Armadas de Chile. En la prensa y televisión se habla casi todos los días de la posible compra de F-35 para reemplazar los F-5, como también de las necesidades del Ejército y la Armada. Esta columna buscará dar una explicación a los no especialistas de la situación actual y necesidades futuras.

Lo primero es que a fines de septiembre el gobierno debe presentar al Congreso el proyecto de Ley del Presupuesto 2027. Esto nos dará ciertas luces de qué tiene en mente el Ministerio de Defensa Nacional tanto en lo que se refiere al presupuesto operativo de las tres instituciones más el correspondiente al Estado Mayor Conjunto, como también en la forma que buscan abordar el tema del financiamiento de las capacidades estratégicas, algo que el ministro Fernando Barros indicó en su cuenta pública que no había estado operando correctamente en la administración anterior, razón por la cual informó de ello y transparentó la situación ante la opinión pública.

En lo conceptual, Chile es un país con objetivos políticos negativos, no buscar ni sueña con tierras, mares o el aeroespacio de nadie. Sabemos qué es Chile, qué incluye, dónde comienza y termina, y cuáles son nuestros intereses nacionales, y lo que debemos proteger y defender. El éxito de la postura estratégica de Chile se basa en ser capaces de poder disuadir a terceros de meterse con nosotros, algo que implica tener entre otras cosas, capacidades militares relevantes. En ese sentido la historia nos acompaña. Cada vez que hemos estado militarmente débiles hay quienes buscan aprovecharse de ello.

Teniendo claro lo anterior, ¿cómo planifico mis capacidades? Lo hago ya sea por amenazas o bien ante falta de claridad en cuáles son las amenazas, buscando tener capacidades que sé que me serán útiles en una serie de potenciales escenarios adversos que se me pueden presentar, cosa que fue muy común al término de la Guerra Fría cuando no queda claro a muchos a quiénes se enfrentaban, algo que al poco andar se despejó, duró un tiempo limitado, y los tiene a todos corriendo antes las amenazas que se les han develado.

En nuestro caso históricamente se hablaba de la hipótesis vecinal 3 (Argentina, Bolivia y Perú), una hipótesis que perdió fuerza durante un buen tiempo producto de que las cosas en la región andaban bien, pero que más recientemente puede estar volviendo, pero no necesariamente en la misma forma. Yo me quedo con la idea de que el balance de poder en Sudamérica y más precisamente en el Cono Sur requiere de un Chile con capacidades modernas, efectivas y, por sobre todo, muy disuasivas. De esa forma vivimos tranquilos.

Para nosotros, ya sea que planifiquemos buscando tener capacidades estratégicas de amplio espectro y muy basadas en lo que sabemos que nos funciona, o las planifiquemos basados en las posibles amenazas regionales más las que generan la existencia del crimen organizado transnacional no son muy distintas cuando se mira el resultado final. Seguimos necesitando de un Ejército con capacidad de defender el territorio, de una Armada que proteja nuestros mares e intereses marítimos, y una FACH que se encargue de lo aeroespacial, y todos juntos asegurando nuestra soberanía e independencia.

Evidentemente lo que se aprende de la guerra en Ucrania o del conflicto del Medio Oriente son lecciones que debemos incorporar, pero en lo sustancial seguimos necesitando de una FACH con aviones del tipo F-16, los que debemos siempre buscar que estén en su máximo potencial. El tema del reemplazo de los F-5 es algo que debemos abordar prontamente. Respecto de la FACH tenemos básicamente tres alternativas: 1) Sólo potenciar los aproximadamente 46 F-16 a los que aún les quedan muchas horas de vuelo, 2) Lo anterior más reemplazar los F-5 por F-16 sean nuevos o usados, llevándolos a los mismos estándares ya existentes en el caso de que sean usados, y 3) La opción 1 más un reemplazo de los F-5 por F-35 A. Yo me inclino por las opciones 2 y 3, a las que hay que sumar las inversiones a realizar en materia de helicópteros y transporte. más capacidades de defensa antiaérea, y lo existente en materia de reabastecimiento en vuelo y AWACS.

No voy a tratar en detalle lo que necesita el Ejército ya que fue materia de la columna anterior. Sólo voy a recordar que no es sano usar al Ejército para labores de seguridad interior, y que, de hacerlo, sólo debe ser muy excepcionalmente, algo que no se ha respetado.

La Armada tiene un complejo problemas entre manos. En lo inmediato, necesita iniciar prontamente o tener un plan para la renovación de las ocho fragatas de la Escuadra más los dos submarinos más antiguos, completar la construcción de los cuatro buques logísticos, reemplazar sus dos petroleros, como también invertir en sus unidades marítimas, aeronavales y en las necesidades de la Infantería de Marina. Todo el plan debe estar completado antes del 2040, y va a requerir posiblemente de proyectos puentes que nos entreguen buques, submarinos y helicópteros usados en buenas condiciones como podrían ser los muy comentados japoneses, o material disponible en Estados Unidos.

Para cerrar, podemos tener el mejor equipamiento estratégico, pero sin entrenamiento adecuado, presupuesto para navegar o volar, o bien no tener al día el mantenimiento o insuficientes niveles de amunicionamiento, la efectividad estratégica de Chile puede verse seriamente limitada. Por eso es tan importante que las Fuerzas Armadas estén dedicadas a lo suyo, que su presupuesto operativo les permita asegurar su disponibilidad y letalidad en los números que la disuasión necesita para ser efectiva. Los niveles de anunciamiento serán los que sean necesarios, si es para una semana, que así efectivamente sea, pero que lo sea.

La mejor de las suertes al ministro de Defensa Nacional con el presupuesto 2027 y la política de defensa en la que está trabajando. Ya nos dio algunas ideas de lo que piensa con su columna en El Mercurio del domingo 20 de septiembre, “Chile: el abrazo que falta”.

Experto en Defensa y Seguridad Nacional, vicepresidente ejecutivo de AthenaLab y concejal por Las Condes

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5 Comments

  1. Una columna clara, consecuente y muy necesaria. Comparto plenamente la idea de que no basta con adquirir sistemas de armas modernos si no existen los recursos para mantenerlos, operarlos, entrenar y asegurar su disponibilidad real.

    Agregaría dos desafíos que me parecen inseparables de lo anterior. El primero es recuperar una mayor ambición en el desarrollo de nuestra industria nacional de defensa. Chile tuvo capacidades importantes y hoy, cuando vemos cómo países europeos vuelven a vincular estrechamente industria, tecnología y defensa, resulta indispensable preguntarnos cuánto más podemos desarrollar, producir, mantener y modernizar en nuestro propio país.

    El segundo es modernizar profundamente el Servicio Militar Obligatorio. En su actual concepción difícilmente resultará atractivo para una juventud cada vez más escasa y con expectativas muy diferentes a las de décadas pasadas. Ya no basta con ofrecer algunos cursos básicos de oficios. Hay que incorporar tecnología, electrónica, drones, telecomunicaciones, ciberseguridad y otras competencias, junto con permitir que los jóvenes puedan avanzar paralelamente en estudios técnicos reconocidos.

    Si queremos Fuerzas Armadas modernas y profesionales, debemos pensar simultáneamente en sus sistemas de armas, en una industria nacional capaz de sostenerlos y en jóvenes que encuentren en el servicio militar una verdadera oportunidad de formación, especialización y futuro.

  2. Excelente columna de Richard. Ojalá el nuevo presupuesto en materia de defensa esté acorde con lo que se plantea en la columna. No nos podemos descuidar.

  3. Compartiendo lo dicho por el columnista y por los comentaristas en relación con el tema central de la columna quisiera manifestar que nadie quiere la guerra, pero la historia nos dice que por desgracia ninguna nación está libre de verse envuelta en ella.
    Es posible que la guerra la tengamos lejos, pero no podemos descartar que algún día se nos acerque.
    El problema de la guerra no se resuelve con el pacifismo. El pacifista no lucha por defender lo que le pertenece y está dispuesto a pagar cualquier precio por una paz aparente y efímera. Cuando se ha querido la paz al precio del deshonor, se ha cosechado el deshonor, pero no la paz. Aceptar bajezas y humillaciones para conservar la paz, hace al hombre indigno de existir.
    El pacífico es un amante de la paz, pero lucha por defender lo justo y lo que en derecho le corresponde.
    Chile es un país pacífico, pero no pacifista. Cuando intereses vitales de la patria han estado amenazados los chilenos han reaccionado digna y vigorosamente, como ocurrió en el caso de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana; de la Guerra del Pacífico; de la amenaza totalitaria del marxismo-leninismo; de la amenaza de un conflicto armado con Perú en 1975 —durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado—; y de la amenaza de guerra por Argentina después de que declarara “insanablemente nulo” el Laudo Arbitral de S.M. británica la Reina Isabel II concerniente a la región del canal Beagle, cuyo cumplimiento estaba confiado “al honor de las naciones signatarias”
    ¿Mantendremos nuestras capacidades disuasivas o cederemos a la tentación de morir a la que se refería Hernán Díaz Arrieta (Alone)?, especialmente ante un vecino que no honra compromisos ni respeta tratados; que tiene muy claras sus concepciones geopolíticas y una ambición territorial desmedida sobre territorios terrestres y marítimos, tanto chilenos como británicos.
    Con el Tratado de Paz y Amistad de 1984, Argentina logró grandes avances en sus pretensiones, especialmente para sus reclamos antárticos.
    Lamentablemente Chile, actuando con ingenuidad suscribe declaraciones contrarias a nuestros intereses nacionales, como las de los últimos presidentes de la República que, como la firmada por el presidente Sebastián Piñera con su homólogo argentino Alberto Fernández (cuando este visitó Santiago el 26 de enero de 2021) en el que Piñera reiteró el respaldo del Gobierno de Chile a los derechos de soberanía de la República Argentina sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur —enemistándonos con Gran Bretaña y en circunstancias que la soberanía sobre dichas islas es indiscutiblemente británica—y “los espacios marítimos circundantes” (en los que se incluyen espacios marítimos chilenos); sobre todo hacerlo después de que Argentina había inscrito ante la ONU su plataforma continental extendida, que se atribuye para sí más de 5000 km2 de mar chileno.
    Como decía Alone sobre las proposiciones argentinas «de unirnos e intercambiar productos, borrando, si es necesario, la cordillera; que la convertiría en una de las grandes potencias, pero que son funestas para la existencia de Chile y podrían hasta amagar su posición como nación independiente dentro del concierto de naciones libres. Argentina es inmensa. Basta mirar su territorio en el mapa. Somos el pez flaco junto al gordo. Nosotros tenemos en la mano realizar el sueño de la República Argentina. Pero esto nos puede costar una sola cosa: la vida. Si nos unimos a la Argentina se acabó Chile».
    Finalizo este ya extenso comentario citando nuevamente a Alone:
    «El asunto es más serio de lo que parece.
    Llega un momento en la existencia de los pueblos, como en la de los individuos, en que surge la tentación de morir. ‘Sucede que me canso de ser hombre’, dice un extraño verso de Pablo Neruda. Los países también suelen cansarse de ser países: ambicionan convertirse en provincia. Y se suicidan. De una manera u otra, con disimulo o a las claras, consciente o inconsciente, renuncian a su independencia y entregan el mando. ¿Está Chile en ese momento?».
    Adolfo Paúl Latorre
    Oficial de Estado Mayor (Armada de Chile)
    Magíster en ciencia política
    Magíster en ciencias navales y marítimas

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