La reciente cumbre “progresista” celebrada en Barcelona tiene poco que festejar. Por un lado, se planteó el ascenso del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez a superstar del “progresismo” mundial, algo cuyo desenlace es a todas luces incierto, y, por otro, no encuentra un camino que logre bifurcarse de manera definitiva de los ya transitados por el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla.
La cumbre, que constó de dos partes -un encuentro denominado Global Progressive Mobilisation (GPM) y otro, llamado Reunión en Defensa de la Democracia-, estuvo dominado en realidad por discursos más bien vagos y por generalidades. Ello no inhibió la retórica. Se exudó lo antiestadounidense, lo antisraelí y lo antiliberalismo.
El esfuerzo principal de los organizadores, en todo caso, fue tratar de contener el espíritu volcánico, que tanto caracterizó al Foro de Sao Paulo y al Grupo de Puebla. Trataron de entusiasmar a los asistentes con la transición generacional y simbólica que buscaba Pedro Sánchez.
En esa línea, lo discursivo era vital. Por eso, se buscó estar alejado de los desvaríos revolucionarios. Las menciones a Cuba se limitaron a reclamos más bien humanitarios. Nadie tuvo la ocurrencia de pedir elecciones libres en la isla o reconocer a los partidos opositores a los Castro. Debía quedar claro que sólo una solidaridad atenuada serviría para demostrar que al “progresismo”, en su fuero íntimo, le gusta vivir en democracias liberales y ojalá en un capitalismo próspero.
Otra preocupación fue evitar asociaciones incómodas; por ejemplo, con el bolivarianismo. El incordio venezolano es un tema complejo. Demasiado sensible.
La cumbre de Barcelona dejó en evidencia que al “progresismo” le cuesta dar respuesta a lo que ocurre en la antigua patria de Chávez. Se evitaron palabras laudatorias para con el antiguo comandante. Se hizo como si no hubiese existido, pese a que el 5 de marzo -o sea hace pocos días- se cumplieron trece años de su muerte. Tampoco se mostró tristeza por el destino de Nicolás Maduro, aunque este emblema del “progresismo” no se perdía ni una cumbre desde que era canciller de Chávez.
Muy interesante en esta cumbre fue ver la ausencia de Delcy, la sucesora de Maduro y estrecha colaboradora de Chávez. Es fácil sospechar que su presencia podría haber provocado desaguisados. El enjambre de asistentes era demasiado variado como para correr riesgos.
Sabido es que la presidenta interina venezolana avanza con rapidez hacia las antípodas del “progresismo”. Tanto en cuestiones medulares como icónicas. Por ejemplo, paralelo a estos días de festejos en Barcelona procedió a eliminar el nombre del salón oficial Néstor Kirchner en el palacio presidencial de Miraflores. Lo desmanteló y redecoró. Ahora, el salón sirve para recibir a las autoridades y empresarios estadounidenses que llegan al país. Allí recibió al director de la CIA, John Ratcliff el 15 de enero.
Aquel salón era un punto inevitable para todo líder o dirigente “progresista” que iba a Caracas. Estaba alhajado muy ad hoc. Con pinturas y fotografías de rostros combativos de varios próceres de las izquierdas latinoamericanas y españolas.
Imposible despegar la vista -refieren visitantes de entonces- de un enorme cuadro de Kirchner pintado por el propio Chávez en sus momentos finales. Frases para el bronce pronunciadas por todos ellos, tapizaban las paredes del salón. Por cierto, destacaban las de Chávez y Maduro, compartiendo efusivamente con las de Lula y de Fidel Castro.
Para entender lo del desmantelamiento del salón hay que remontarse al 2011, en pleno apogeo del Grupo de Puebla y el Foro de Sao Paulo, cuando la entonces presidenta Cristina Fernández viajó allí a inaugurarlo. Fue una ceremonia solemne del “progresismo”. Se respiraba devoción. La viuda agradeció conmovida el gesto. Quienes conocen de estas citas -las de otrora y las de ahora- sugieren que un buen fondo musical de todas sería We are a family, la conocida canción del grupo de blues, Sister Sledge.
La metamorfosis del bolivarianismo obligó a tomar precauciones en Barcelona.
A ojos de observadores más agudos, lo ocurrido con el salón Néstor Kirchner no parece un asunto aislado en la Venezuela de Delcy. El color rojo está empezando a ser retirado de oficinas públicas y reemplazado por tonalidades más sobrias.
También hay voces que piden un gesto hacia la familia de Chávez y sacar el cadáver del mausoleo del llamado “Cuartel de la Montaña 4F”. Merece una sepultura “normal” en un cementerio, se dice ahora. El detalle 4F no es menor. Alude a la fecha en que Chávez intentó un golpe de Estado (4 de febrero de 1992).
Se percibe un quiebre real. Ello podría obstaculizar la instalación del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez como líder de una especie de “neoprogresismo” mundial.
No es tarea fácil. Como se sabe, vive horas aciagas. Su autoritas se ha diluido en medio acusaciones de corrupción; tanto de su esposa como de cercanos colaboradores.
Todos esperaban, por este motivo, un discurso que, sin tocar cuestiones ideológicas, fuera motivante. Sin embargo, optó por anuncios más bien gaseosos. “El tiempo de la derecha ha llegado a su fin”, pues “ésta no lidera, sino languidece”, afirmó una y otra vez.
La verdad es que crece el número de personas que ven más bien a China en el horizonte de Sánchez. Ha viajado cuatro veces allí en cuatro años de gobierno. Este último año, junto con alejarse de Trump, se ha acercado visiblemente a Xi.
Ahora en la cumbre, trató de engarzar el ambiente con las perspectivas chinas. Eso lo llevó a repetir varias veces lo que le dijo a Xi: “Estamos en el lado correcto de la historia”. El mundo “progresista” reunido en la capital catalana lo vitoreó al recordar que hace un año se negó a subir el presupuesto de Defensa al 5% del PIB y ahora impidió que tropas y aviones estadounidenses repostasen en dos bases ubicadas en territorio español rumbo a Irán. Al parecer, China se ubicó en el corazón de este “neoprogresismo”
Un observador suspicaz diría que, en vista del ambiente cada vez más hostil en el plano local, quizás Sánchez esté preparando una versión española del “síndrome Schröder”. Se describe así la conducta de un canciller alemán (Gerhard Schröder, 1998- 2005), quien, gracias a su estrecha relación con V. Putin, se trasladó a Rusia al terminar su período. Allí asumió como presidente de la gigante petrolera Rosneft y luego del gasoducto NordStream.
Quedó flotando una pregunta: ¿Sánchez a la cabeza de un conglomerado chino?

Excelente columna. Vergüenza debieran sentir haberse reunido con Sánchez en lugar de aplaudirlo. Lo rodea la corrupción incluso en casa y lo aplauden como gran líder. Al progresismo debiéramos tratarlo de “retrocedismo” porque progreso no han traído en ninguna parte donde gobiernan.