La tensión entre el Papa Francisco y el primer ministro húngaro, Víktor Orban, en la visita religiosa de septiembre de 2021, sobrepasa la mera incompatibilidad de caracteres y de postura política. En efecto, si bien uno es populista de izquierda y otro populista de derecha, hay una más profunda disensión acerca del valor del Cristianismo y la identidad nacional. Para el Papa, Hungría necesita un Cristianismo más abierto, que sea inclusivo, porque –aludiendo a su resistencia a recibir inmigrantes musulmanes- todo país se ha construido con inmigrantes. Hungría y Polonia son dos países católicos, de los pocos practicantes en Europa junto con Irlanda, que han hecho un frente común en el Grupo de Visegrado para preservar sus países de una migración descontrolada.
Orban ha explicado su posición varias veces. Calvinista, parte de la minoría protestante de Hungría, valora de forma sustantiva su herencia cristiana, la que pidió al Papa no olvidar. Es que la identidad cristiana de Hungría no surgió del barco, como diría el coterráneo del Papa, el presidente Alberto Fernández. El crisol histórico de Hungría proviene del establecimiento de los magiares en el siglo VIII que, convertidos al Catolicismo en el año 1000 con el rey Esteban I, mantuvieron una experiencia histórica común. Parte de ella era la conciencia húngara de ser frontera ante otros pueblos y culturas. El rey Béla IV, así se lo trasmitió en una reproducción de su carta el presidente húngaro al papa Francisco, advirtió a su antecesor el Papa Inocencio IV de las invasiones tártaras y pidió muchas veces ayuda y solidaridad para mantener su independencia y fe. Y no fue barato: Hungría perdió gran parte de su población durante diversas invasiones, y sufrieron el desastre de Mohács (1526), cuando el joven rey Luis II pereció con su ejército. Bajo la ocupación turca, el país fue devastado y expoliado. La reconquista que se concretó en la segunda batalla de Mohács de 1687, impulsada desde Viena por la casa Habsburgo, requirió de pobladores austríacos para repoblar partes de Hungría.
Hungría liberada borró los signos de la ocupación asiática y reorientó su identidad a una comunión espiritual con el Papa de Roma y a su identificación en el universo cultural de la Europa Central y Occidental, traspasando el ámbito político de la doble monarquía Austro-húngara.
Si se observa esta descripción, Hungría es lo que es por su historia, por sus tribulaciones y tragedias, que le pertenecen en cuanto su identidad de forma privativa, y no necesariamente pueden ser valoradas desde fuera. Pero esas singularidades, que vive una comunidad, denotan que la historia refleja límites a esa comunidad y formas de ser que tienen que ver con su población y sus costumbres, y que si esta base demográfica cambia, se modifica su trayectoria y patrimonio.
Desde luego esto choca con las tesis de un derecho universal a la migración y la de-construcción de las identidades. Orban ha dicho en 2007 en un escrito titulado El Rol y consecuencias de la religión en países excomunistas que “no debiésemos olvidar que la historia del cristianismo es la historia del coraje. Primero que todo, coraje es lo que necesitamos para llevar a cabo la misión de la iglesia y para buscar la realización de una política cristiana”. Desde luego, esta visión pre moderna choca con el carácter secular de la concepción actual de Europa. Frente a el, subrayando que no efectuó una visita oficial a Hungría, el Papa ha insistido: “Hungría es un lugar en el que conviven desde hace tiempo personas provenientes de otros pueblos”, “varias etnias, minorías, confesiones religiosas y migrantes han transformado también este país en un ambiente multicultural”. Y después ha insistido en que el Cristianismo húngaro se “eleve y extienda sus brazos hacia todos; que mantenga las raíces, pero sin encerrarse; que recurra a las fuentes, pero abriéndose a los sedientos de nuestro tiempo” (El País, “El Papa reclama ante Orbán un Cristianismo abierto”, 13.09.2021), que no son otros que las masas que desde Siria o Irak se precipitan sobre Europa.
Pero la tesis que las naciones se pueden hacer y rehacer sin perder su identidad en el sistema internacional es una tesis ahistórica, abstracta y ajena al hecho que es el Estado el garante de la supervivencia de una comunidad. El gobierno húngaro tiene la obligación de preservar su herencia milenaria como deber cultural y territorial que no se puede abrogar por tesis globalistas. Esa responsabilidad es del Estado, quien controla las fronteras y la forma de ciudadanía, y que no puede garantizar el internacionalismo. La idea de que la migración es un derecho humano incontrarrestable se estrella con el ordenamiento estatal en cada lugar del mundo, ya que ni existe un orden mundial abierto, ni hay una instancia supranacional capaz de garantizar ni hacerse responsable de sus efectos.
Y lo que le recuerda el primer ministro de Hungría al Papa es que esa identidad se fraguó unida al Cristianismo, y tendríamos que decir del Catolicismo, por el cual las generaciones anteriores se sacrificaron materialmente para ello, manteniendo su identidad frente a los tártaros, Estambul, Viena, y Moscú. Ningún internacionalismo puede ser superior a la necesidad de Hungría de preservar su sociedad que es un aporte en la suma de las naciones. Ese es el patriotismo que objeta acuerdos generales que no tienen en consideración la experiencia histórica de una nación que no quiere morir, ni siquiera cuando el rey, su ejército y su pueblo fueron derrotados humanamente en otros tiempos, pero conservaron en la ocupación su identidad para un futuro lejano.
