En Buscando a Nemo hay una escena que vale más que cualquier informe económico. Los jureles, acorralados en una red de un barco pesquero, escuchan el relato del desastre inminente y por un momento lo creen: están condenados. Pero, alentados por Nemo y su padre, bajo la arenga «¡na-da-remos!», se juntan, se mueven como un solo cuerpo y, nadando con fuerza hacia abajo, rompen el huinche y se salvan. No cambia el mar, no cambia el depredador: cambia la actitud con la que enfrentan la amenaza. Esa escena describe con precisión incómoda el momento que vive Chile.

Llevamos años instalados en el relato del estancamiento, y no sin motivo: una década de bajo crecimiento tendencial y una desocupación que roza el 10% —en los jóvenes se empina cerca del 20%. El pesimismo tiene datos que citar. Pero también los tiene el optimismo, y llevamos demasiado tiempo sin decirlos en voz alta. Como explicaba el gran profesor Humberto Maturana, “el lenguaje crea realidades”.

Partamos por el cobre. Superó los seis dólares la libra —promedió un histórico USD 6,16 en junio—, instalándose en un nivel que hace pocos años parecía ciencia ficción. Por cada centavo adicional promedio anual en el precio del metal, el Fisco recibe entre 30 y 60 millones de dólares extra: recursos frescos para invertir sin necesidad de más deuda ni más impuestos. Y el litio no se queda atrás: el carbonato de litio grado batería superó los USD 20 por kilo, casi el doble del precio que tenía cuando la Corfo se lo adjudicó sin licitación previa a Codelco y SQM con un descuento de entre USD 5.000 y USD 10.000 millones (según el informe del actual ministro Quiroz).

Sigamos con la inflación. Tras el duro shock que dejó el conflicto en Medio Oriente sobre el petróleo, la trayectoria vuelve a apuntar hacia la meta del 3% para 2027, con una inflación subyacente que ya se mueve en rangos más ordenados. La Tasa de Política Monetaria (TPM), hoy en 4,5%, tiene espacio para volver a bajar en la medida en que este proceso se consolide, liberando el crédito para empresas y familias.

Pero hay algo más silencioso y quizás más relevante: la productividad. Esta variable, que Chile llevaba una década sin poder mover, registró un crecimiento positivo por dos años consecutivos (2024 y 2025). Es apenas un indicio, no una tendencia consolidada, pero —seguramente influido por la adopción de la inteligencia artificial generativa— representa el primer quiebre estructural desde antes de la pandemia. No es casualidad que, con todo esto, Chile se mantenga firmemente como el segundo país con mayor PIB per cápita de la región.

Es cierto que estos datos por sí solos no garantizan nada. El propio Banco Central ha ajustado sus proyecciones de crecimiento este año según se mueve el escenario internacional. Pero ese vaivén es, precisamente, la prueba de que no vivimos un colapso estructural: somos un país con fundamentos sólidos, navegando un mar más agitado de lo normal.

Volviendo a Nemo, los jureles no esperaron a que la red o el barco pesquero desaparecieran. Nadaron juntos con la amenaza encima, y esa decisión colectiva fue lo que los salvó. Esto es lo que ha acompañado a todas las grandes historias de crecimiento económico y es precisamente lo que nos falta: optimismo y determinación. Determinación de empresarios, inversionistas y consumidores para actuar con la confianza que los fundamentos ya justifican.

El optimismo económico no es ingenuidad ni relato oficialista: suele ser, la mayoría de las veces, una profecía autocumplida. Cuando una empresa invierte porque cree que vendrá demanda, esa demanda tiende a aparecer. Pero ¡cuidado! pues pesimismo también se autocumple: la inversión que no se hace hoy es, casi siempre, crecimiento que no ocurrirá mañana.

Chile tiene el cobre sobre los seis dólares, el litio sobre los veinte, la inflación encaminada y los primeros indicios de aumento en productividad en una década. Lo que no tiene, todavía, es la actitud de los jureles.

 ¡Nademos!

Emprendedor. Fundador de Cumplo y presidente de ASECH

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