Aunque existe evidencia de sobra acerca de las razones últimas del colapso que afecta al multilateralismo, falta reflexión y especialmente aproximaciones comparadas. Por ahora, se sabe que lo existente ya no da cuenta de la transición a la multipolaridad y que la institucionalidad construida está desfasada. Sin embargo, eso no es lo peor. Lo más negativo proviene del llamado “sedentarismo mental” de los círculos decisionales; actitud que retrasa cualquier solución.
En efecto, parte importante de las élites y medios de comunicación siguen con fijaciones pasadas y muestran dificultades para abordar lo nuevo. Un símil fílmico podría ser la vieja película de Ingmar Bergman Persona (con Liv Ullmann); personajes eternamente mirándose en el espejo.
Afortunadamente, al interior de la literatura especializada hay quienes adjudican lo observable a la prevalencia del espíritu spengleriano -ese que ve los procesos de manera cíclica-, impregnando hasta la médula las relaciones internacionales.
La causa de la actitud contemplativa radica en el éxito abrumador que tuvo el multilateralismo durante el siglo pasado, especialmente por su tremendo dinamismo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Ese es un dato relevante. El multilateralismo clásico alcanzó madurez en un ambiente muy distinto al de hoy. La destrucción material y política era de tal magnitud que el espíritu cooperativo se hizo indispensable. Por eso, uno de los símbolos de aquello fue la remoción de escombros en ciudades fuertemente bombardeadas (Dresden, München, Würzburg y tantas otras). Remoción espontánea llevada a cabo por parte de mujeres; las Trümmerfrauen.
Junto a ese espíritu cooperativo tan loable, las ideologías se tomaron el campo de la actividad política. Surgió un acuerdo tácito; si no se actuaba así se desataría un conflicto aún más pavoroso. La conflagración había finalizado con el dominio de un arma terrorífica, cuyos efectos estaban a la vista: Hiroshima y Nagasaki.
El éxito de la arquitectura multilateral se basó entonces en haber propiciado el acercamiento entre los Estados sobre dos premisas: la cooperación y la delimitación ideológica. Y su pilar era la disuasión mutua. Por eso, parecía perdurable, eterna.
El gran problema de hoy es que, junto a la desaparición de aquellas dos premisas, el “sedentarismo mental” ha imposibilitado identificar otras nuevas. Y la disuasión se ha debilitado.
Revisando revistas especializadas, medios de comunicación y RRSS se constata la numerosa cantidad de papers y reflexiones que, a diario, se quejan de los embates que estaría recibiendo el multilateralismo clásico. Sin embargo, muy pocos reparan en los tipos de obsolescencia que les afecta.
El caso de la OTAN es paradigmático. Por mucho que la crisis de Ucrania haya aumentado en dos la cantidad de sus integrantes, es evidente que la crisis central radica en las razones últimas de su existencia. Muy pocos se remiten a la nebulosa sobre la expansión de la OTAN que sigue cubriendo lo acordado entre Moscú y Washington en los noventa, tras el colapso del régimen soviético.
Políticamente, es evidente cómo retumban las palabras de Kissinger cuando relata las advertencias del asesor de Gorbachov, Georgi Arbatov, diciéndole a la administración Bush padre durante aquellos años, “quizás terminemos propinándoles la peor de las derrotas, los dejaremos sin enemigos”. Eso fue efectivo. La OTAN perdió el gran principio ordenador.
Notables excepciones son Jeffrey Sachs y John Mearsheimer, dos preclaras figuras del realismo en las relaciones internacionales, quienes estos últimos años han tratado de apuntar a aquel problema. Ambos apuntan al señalado “sedentarismo mental”, ese que impide ir a la raíz de los problemas y readecuarse con flexibilidad.
En nuestra región, tan pródiga en crear, desarmar y recrear organismos multilaterales clásicos, abundan hoy las dificultades. Es ostensible la incapacidad para entender el momento de transformación. En este plano, el caso del Escudo de las Américas lo refleja bien.
Han proliferado discusiones y discrepancias acerca de lo que es y no es, de lo que debería ser y no, de sus alcances y sus limitaciones. Que si se debe adherir de forma A o de forma B; que la soberanía, etc. Controversias bastante bizantinas, especialmente si se recuerda que un petrolero chileno ya ha participado en operaciones de interdicción marítima con la US Navy y la guardia costera. No hay registro de críticas, dudas o incomodidades.
Debe inferirse, por lo tanto, que sobre la mesa hay una cantidad exagerada de prejuicios frente a la actual administración estadounidense. ¿Será que prefieren coordinar acciones de interdicción con Pekín?, cabría preguntarse.
Como sea, se advierte un desconocimiento de algo esencial en las relaciones internacionales. Que hay países que ayudan a configurar el orden existente -los rule makers– y otros que deben someterse a la configuración forjada por otros, los rule-takers. Todo lo demás es accesorio.
El lado positivo de todo esto es que algunos think tanks ya están empezando a analizar las nuevas experiencias en materia multilateral, tratando de descifrar cuanto haya en común.
Uno, son los llamados Acuerdos de Abraham, que buscan reencauzar la convivencia entre Israel y algunos países árabes basándose en una estrategia gradual a niveles bilaterales. Otro, el AUKUS entre EE.UU., Reino Unidos y Australia. O el QUAD entre EE.UU., Japón, Australia e India. Estos dos últimos para operar en el Indo-Pacífico. También el Pacto de la Meca entre Arabia Saudí, Turquía, Pakistán y Bangladesh. Y, desde luego, aquel con ese extraño acrónimo CRINK (China, Rusia, Corea del Norte, Irán), cuyo rasgo central sería una especie de “constelación con geometría variable”, que, en su caso, sería el apoyo mutuo para evadir sanciones.
Aunque responden a orígenes y naturaleza distintos parecieran divisarse gérmenes relacionados con la flexibilidad y con impulsos convergentes acotados. Por esos carriles parece ir el sello del nuevo multilateralismo.
Algunos creen que proliferarán grupos compactos susceptibles de denominar minilateralismos. Otros apuestan por esquemas plurilaterales, unidos por desafíos comunes. Huelga ahondar que la criminalidad organizada trasnacional es un desafío común.
En definitiva, son todas constelaciones con “geometría variable”, las cuales, de forma inevitable, se instalarán también en nuestra región.
