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En 2014 en su visita a Chile el historiador escocés especialista en economía, Niall Ferguson, frente a una pregunta sobra el desempeño del segundo gobierno de Michelle Bachelet dijo: “Chile puede estar comenzando a ejercer su derecho a ser estúpido”, usando una frase de John Kerry cuando era secretario de Estado de Estados Unidos en la que intentaba explicar al público alemán las peculiaridades de la democracia. Enfatizaba en que las democracias consolidadas y prósperas tienen libertad soberana de tomar malas decisiones económicas por voluntad propia, a pesar de tener la evidencia histórica de que ciertos modelos no funcionan.

Hoy, con perspectiva, podemos constatar que Ferguson tenía razón. Él ya veía, basado en la experiencia histórica, que las reformas estructurales del segundo gobierno de Bachelet, la tributaria y educativa serían funestas y lo fueron.

El autor, en su libro “El Poder del dinero” presentaba a Argentina como “el ejemplo de hacerlo mal” y a Chile como “el ejemplo de hacerlo bien”. Para él, nuestro país era el “póster de éxito” de América Latina gracias a sus políticas de libre mercado y crecimiento económico y estabilidad institucional. Según su visión, el país estaba ya en ese entonces, abandonando voluntariamente el enfoque de creación de riqueza para dejarse influir por una “obsesión igualitaria” y políticas de redistribución de ingresos que terminarían por estancar la economía. Y efectivamente así fue. Esta reforma permitió el deterioro económico necesario para que se pudiera “prender la mecha” para generar las condiciones de una potencial “revolución”. En la historia siempre ha sido así, los ideólogos mueven a quienes tienen problemas el llamado “pasto seco” para así poder “incendiar la pradera”.

Eso es lo que fue el 18 de octubre, un intento de revolución. No fue una protesta social, sino una acción planificada que les permitió a quienes alentaron el movimiento, dar el paso para lo que ellos consideraban el cambio necesario institucional. Inmediatamente apareció la idea de “Asamblea Constituyente” y la supuesta necesidad de una nueva constitución para “cambiar todo”. Muchos “pisaron el palito”, votaron Apruebo para abrir un nuevo proceso constituyente. Luego los “revolucionarios” se hicieron del poder, se cumplía el fin de toda revolución, reemplazar una élite por otra. Los jóvenes activistas universitarios, los “apadrinados” de Bachelet llegaron a La Moneda sin mucho mérito y la vieja socialdemocracia se emborrachó del movimiento, renegando de los logros de la vieja Concertación, mostrando su falta de sensatez y poco compromiso democrático.

Todos se cuadraron tras la llamada Convención, nombre que ya marcaba el espíritu totalitario del movimiento, tomando el nombre del peor momento de la revolución francesa, en la que se enmarcó el periodo denominado “el terror”. Haciendo honor a su nombre, la convención chilena siendo muy “jacobina”, dividió a los convencionales y a los chilenos en “pueblo” y “no pueblo”, no por la situación socioeconómica de las personas, sino de acuerdo con sus ideas. Sólo eran bienvenidos quienes pensaran como ellos y los que no se cuadraran debían ser marginados. Fueron totalitarios desde el comienzo, tanto en el fondo, como en la forma. La instauración de la asamblea partió con Elsa Labraña interrumpiendo a gritos a los niños que cantaban el himno nacional. Buscaban refundar el país, crear algo nuevo, renegar de todas las tradiciones de la República y en el fondo, crear “un nuevo hombre”. “Las anécdotas” no fueron simples “chascarros”, hablaban de la verdad del proceso. Como las caricaturas, hicieron que la realidad se apareciera al mundo. Desde “el plurichile”, pasando por los corpóreos, la utilización del indigenismo con fines políticos, el afán de concentrar el poder desde la eliminación del Senado y creando desigualdad ante la ley desde “discriminaciones positivas” y sistemas de justicias diferenciados. Todo fue totalitario, la actitud de “DJ excluyente”, anulando a todo el que pensaba distinto. La idea era crear algo del tipo “bolivariano” dejando atrás a toda la República y valores de Chile, creados en el tiempo, la tradición. Ideas que apuntaban a la teoría de reemplazo, donde los letreros de “nadie es ilegal” eran la tónica. Animadversión y ataque permanente a todas las fuerzas de orden y seguridad, que iban de la mano con consignas como “quemar la yuta” o ACAB . A esto se sumaban los ataques directos a uniformados en las manifestaciones y el victimismo de los vándalos apoyados políticamente desde el activismo judicial apoyado desde el INDH. Todo se coronó con “la performance” en la que se sacaron la bandera chilena, literalmente desde “el culo”. Una ofensa imperdonable para muchos.

Frente a la locura desatada en la que se quería destruir el sistema político y económico, muchas voces se levantaron en lo que se llamó “la batalla cultural”. La idea era explicarles a las personas las dimensiones y consecuencias de lo que se pretendía hacer. Se buscó educar y presentar como una alternativa al socialismo reinante y utópico, las ideas de la libertad, volver a remirar el realismo filosófico en un mundo que renegaba de la verdad, el bien y la belleza. Enfatizar en el esfuerzo personal, la libertad y la responsabilidad.  Esa batalla rindió frutos y el plebiscito de salida el 4 de septiembre de 2022 dijo NO a ese proyecto refundacional desquiciado.

El gobierno entonces no hizo mea culpa, sino que sólo planteó, desde su soberbia “haber ido muy rápido”. Pero la derrota cultural fue mayor y la locura total que incluía el “todes”, comenzó a bajar. Ya nadie exige usar el lenguaje inexistente, ya que el concepto de persona incluye a todos. Esa derrota cultural que se ve en las formas y en el fondo, llevó al socialismo democrático a volver a renegar, ahora de los revolucionarios. En ese contexto se entiende el mea culpa de Micco y Repetto. Son como buenos políticos camaleones que se mueven de acuerdo con la corriente.

La política entendió y eligió un gobierno contrario al anterior. Ya se aprobó la reforma que enmienda la economía, hoy se busca mejorar la seguridad. Pero es fundamental asegurar la institucionalidad. El mismo Ferguson habla de “el vicio constitucional”, esa idea de cambiar la constitución como “futbol político”, esa idea que con un nuevo texto cambian los países, algo alejado de toda realidad. Además, enfatizó que la degradación institucional es lo más peligroso. Por eso, hoy es fundamental que el nuevo gobierno vuelva a los viejos quórums de reforma constitucional, hoy son muy bajos, ya que de lo contrario los intentos refundacionales quedan a merced de cualquier mayoría circunstancial. Sin eso, no habrá inversión segura, ya que es muy riesgoso poner el dinero en un país inestable. Es el momento de dejar de ser estúpidos y comenzar a ser inteligentes.

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