Ha pasado una semana desde la Cuenta Pública del Presidente Kast y en esos días se ha dicho prácticamente de todo. Algunos la analizaron como si se tratara del balance final de una administración que está terminando (alguien habló de “promesas incumplidas”) y otros creyeron posible extraer de esas palabras conclusiones definitivas sobre el carácter y las pasiones más íntimas que animan al ciudadano Presidente de la República. Frente a semejante alud se podría concluir que nada queda por agregar. Sin embargo, me siento obligado a volver sobre el tema. La semana anterior terminé mi columna expresando mi esperanza de que esa Cuenta nos diera luces sobre la capacidad del gobierno de entender la necesidad del diálogo y los acuerdos negociados con la oposición y ahora no puedo eludir pronunciarme sobre si esa esperanza se vio satisfecha o no.

Mi respuesta es afirmativa. Los dichos del Presidente no fueron tan rotundos como me habría gustado, pero en mi opinión existieron. Y la falta de rotundidad se explica: una declaración más categórica habría significado un giro copernicano respecto no sólo del estilo que el gobierno ha exhibido desde su instalación, sino también respecto de una convicción profundamente arraigada entre muchos militantes del partido del Presidente: la idea de que en democracia se respeta al ganador, pero que una vez que se gana corresponde gobernar conforme a las propias convicciones, sin necesidad de negociar con nadie y seguros de que su verdad es tan evidente que conectará directamente con la ciudadanía (el ministro Quiroz ha afirmado que si él pudiera conversar en el living de la casa de la gente, la convencería de la necesidad de su decisión acerca de los combustibles).

¿Dónde se manifestó entonces el cambio?

En los gestos y en las palabras. Apenas iniciada su intervención, el Presidente afirmó que “Chile se construye entre todos”. En otro momento hizo un “llamado a todas las fuerzas políticas”, sostuvo que “juntos podemos transformar al Congreso en un puente”, declaró que “no les pido que pensemos igual” y concluyó que “tenemos que escucharnos”. Quizás fueron frases aisladas, pero dan lugar a una línea argumental consistente. También resultó significativo que no hubiera una sola crítica directa al gobierno anterior. Las escasas referencias a la administración precedente fueron positivas, como cuando reconoció que proyectos importantes, entre ellos la ampliación del puerto de San Antonio, provenían de ese período. Incluso al referirse a las dificultades heredadas utilizó expresiones medidas, como “una realidad más compleja de la que habíamos esperado” o “heredamos un país con las cuentas desordenadas”.

Por supuesto, el mensaje presidencial también contenía otros elementos. Cuando llamó al debate y afirmó que no exigía que los demás pensaran como él, remató con una frase breve pero significativa: “y después votamos”. Se trata, en mi opinión, de una clara exposición de su mejor alternativa a un acuerdo negociado, de su BATNA según comenté la semana pasada, que no es más que sacar la Ley de Reconstrucción Nacional así sea con un voto de diferencia y seguir adelante sin detenerse en consideraciones respecto de la fragilidad y la incerteza que una Ley aprobada en esas condiciones trae consigo.

Sería deseable que la oposición evaluara la Cuenta Pública desde esa perspectiva y no concentrara toda su atención en los agravios que ellos piensan que contuvo. Algunas reacciones posteriores permiten albergar esperanza, aunque otras muestran que el camino no será sencillo. El diputado Jaime Bassa, del Frente Amplio, por ejemplo, afirmó que Kast habló “como si siguiera en campaña”. Una observación que sugiere que estuvo distraído durante la exposición o que simplemente no alcanzó a reemplazar el libreto que llevaba preparado desde su casa. Más sorprendente resultó escuchar una apreciación idéntica de la senadora Yasna Provoste, DC, de quien en consecuencia cabría esperar una evaluación más desapasionada. La senadora Beatriz Sánchez, también Frente Amplio, fue escueta: calificó la Cuenta como “pésima” y no agregó más, revelando con ello cuál es su disposición -y la de su partido- al diálogo.

Pero también hubo señales distintas. El diputado Raúl Soto, presidente del PPD, sostuvo que el Presidente parecía haberse “decidido a gobernar” y calificó como “interesantes” varias de las propuestas anunciadas. Y el senador socialista Juan Luis Castro, aun anticipando que la oposición rechazaría inicialmente la idea de legislar el proyecto de Reconstrucción Nacional, anunció la presentación de propuestas alternativas destinadas a concluir la tramitación durante agosto.

Pero quizás la señal más potente provino del diálogo que sostuvieran Javier Macaya, el presidente UDI de la Comisión de Hacienda del Senado y Paulina Vodanovic, la presidenta del Partido Socialista, en el seminario “Crecimiento futuro versus déficit presente: la gran apuesta de Hacienda” que el Centro de Estudios Públicos realizó el pasado jueves. Como ambos, literalmente, venían de la reunión de la Comisión y debían volver a ella inmediatamente después, esto es, estaban en medio de la negociación, fueron más que cautos en responder a preguntas relativas a cuánto estaban dispuestos a ceder, sin embargo, fueron explícitos y hasta entusiastas en afirmar su voluntad no sólo de dialogar, sino de convertir ese diálogo en un instrumento para lograr acuerdos substantivos en beneficio del país.

Macaya recordó cómo, con ocasión del debate sobre la reforma tributaria de 2014 a la que la derecha se oponía, ellos, conscientes de estar en minoría y de que el proyecto del gobierno de Michelle Bachelet terminaría por aprobarse, plantearon su voluntad de proponer modificaciones que podrían mejorarlo, lo que el gobierno de Bachelet aceptó. Vodanovic, por su parte -que señaló que no por nada estaba vestida de verde, el color de la esperanza- fue enfática en reafirmar que era importante escucharse mutuamente -incluso llegó a comentar que le había parecido que el ministro Quiroz estaba “más abierto”- y enfatizó su opinión acerca de que la política -y en consecuencia los acuerdos- eran la mejor garantía de estabilidad, más que la invariabilidad tributaria, para ofrecer seguridades a los inversionistas.

Todas esas son buenas noticias. Ahora sólo queda observar qué ocurrirá durante la tramitación del proyecto y desear que las voluntades positivas -está claro que no todas lo son- terminen por imponerse.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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2 Comments

  1. Muy certero tu análisis Alvaro …. Si la oposición al proyecto (que es menos a la media) se mantiene, queda la esperanza que cuando se tengan efectos sobre los primeros meses de aplicación del proyecto, existan personas abiertas por Chile y no cerradas por su partido y osiciones personales ….

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