Todos nos dimos cuenta, ¿verdad? Apenas fue aprobado en primer trámite constitucional, el proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional comenzó a recibir un tratamiento completamente distinto entre los actores políticos. Todo Chile escuchó o leyó las declaraciones del biministro del Interior y Secretaría General de Gobierno manifestando la disposición del Ejecutivo al diálogo y al entendimiento, y al ministro Secretario General de la Presidencia que llegó a sugerir algunos términos de la negociación. Y también escuchó a la presidenta del Partido Socialista exigir que las propuestas opositoras fueran escuchadas seriamente como condición para cualquier conversación. Lo importante no es solamente el contenido de esas declaraciones, sino el hecho de que existan. Algo cambió. El clima político ya no es el mismo.

Por eso resulta llamativo que uno de los pocos que parecen no entender este nuevo escenario sea el ministro Quiroz, quien debiera ser el más interesado. O quizás sí lo entiende, pero simplemente no le agrada. Mientras el resto del sistema político cambia el tono, el ministro continúa exhibiendo su rostro más hosco y su mirada más fiera frente a la oposición.

Así, y justamente cuando todos parecían admitir que el Senado no es la Cámara y que el nuevo escenario, por tradición republicana, es el ámbito para el debate serio y el lugar donde los padres conscriptos resuelven los problemas de los a veces párvulos diputados, el ministro decidió abofetear políticamente a la oposición acusando al último Ministerio de Hacienda del Presidente Gabriel Boric -prácticamente al completo- de algo que logró hacer sonar como negligencia criminal. Tan dramático sonó, que alentó el entusiasmo del Partido Nacional Libertario (PNL) y de los diputados del partido Republicano, que decidieron -y así lo anunciaron casi compitiendo por ser los primeros en hacerlo- presentar una acusación constitucional contra el exministro. Y todo ello por diferencias respecto de los supuestos utilizados para proyectar la deuda pública de los próximos años, asunto que perfectamente podría haberse resuelto mediante una conversación entre especialistas.

El problema, claro, no es sólo el tono. Es, sobre todo, el momento escogido. Cuando el sistema político comienza a enviar señales de distensión, la actitud del ministro aparece casi como un acto de boicot (o quizás sin el casi) contra cualquier posibilidad de entendimiento. Su conducta no entra en sintonía con el ánimo dialogante que empieza a manifestarse, al grado que el biministro Alvarado (UDI), el ministro García Ruminot (Renovación Nacional) y la presidenta del Senado (Renovación Nacional) reaccionaron advirtiendo, o claramente criticando, la iniciativa del PNL y de los diputados Republicanos (Paulina Núñez fue clara en afirmar “hoy es momento de diálogo”). Y el debate no se detuvo ahí: el jefe de la bancada de diputados republicanos Agustín Romero, replicó a los ministros y a sus partidos con palabras que lo acercaron peligrosamente al epíteto de “derechita cobarde” con que hasta hace poco caracterizaban a sus ahora aliados.

Desde luego los ministros Alvarado y García Ruminot, así como la presidenta del Senado, tienen razón: la situación debilita las posibilidades del gobierno ante una negociación, pero eso no parece importar al PNL que tiene todo que ganar con esas acciones dedicadas al sector de la galería en que se sientan los más duros entre los duros de la derecha (Johannes Kaiser ya anunció que presentarán la acusación “contra viento y marea”) y algo parecido, aunque sin tanta poesía, se ha escuchado desde la bancada republicana de la Cámara. El episodio no hace más que poner en evidencia que las diferencias en el seno del oficialismo (la existencia de “dos almas”) es quizás mucho más seria que aquella que existió en el gobierno de Gabriel Boric. Algo sobre lo que probablemente el Presidente Kast deberá tomar decisiones en el futuro.

Ahora bien, ¿son necesarios el diálogo y los acuerdos o el ministro Quiroz y sus seguidores tienen la razón? La Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard desarrolló hace décadas una teoría acerca de las condiciones bajo las cuales una negociación es necesaria y puede resultar exitosa. Uno de sus conceptos centrales es el llamado BATNA, acrónimo de “Best Alternative to a Negotiated Agreement”, es decir, la mejor alternativa a un acuerdo negociado. En términos simples, se trata de lo que las partes pueden hacer si la negociación fracasa. La lógica es también simple: quien entra a negociar sin una alternativa razonable está condenado a aceptar prácticamente cualquier condición. En cambio, cuando ambas partes saben que la otra dispone de una alternativa viable o cuando ambas son conscientes de entrar a una negociación con un BATNA débil, aumenta el incentivo para alcanzar un acuerdo negociado.

El BATNA del gobierno, en caso de que la negociación no prospere, es intentar aprobar su proyecto mediante el “pirquineo” de votos en el Senado. Pero esa alternativa tiene dos debilidades. La primera es política: un triunfo obtenido por la vía de recolectar apoyos individuales puede llevar a una oposición más unida, más agraviada y más resuelta a resistir cada paso posterior del gobierno. La segunda es económica e institucional: si el objetivo declarado del proyecto es atraer inversión, reducir incertidumbre y dar señales de estabilidad, difícilmente lo logrará una ley nacida de una mayoría frágil y percibida como reversible. Ningún inversionista razonable ignora que lo construido sin legitimidad transversal puede ser desmantelado por la siguiente administración. En consecuencia, incluso si el gobierno consiguiera imponerse, perdería el propósito estratégico de su reforma.

La oposición, por su parte, tampoco dispone de un BATNA sólido. Si fracasa el diálogo su alternativa es atrincherarse, esto es, llevar la política a la calle, reducir el Congreso a un espacio en el que sólo se escuche la palabra rechazo y, sobre esas bases, apostar a ganar la presidencia en cuatro años más. Pero esa alternativa no necesariamente va a fortalecerlos; lo más probable es que en un escenario de confrontación permanente y anulación mutua entre gobierno y oposición, el electorado termine fastidiado con ambos. Y en ese escenario las únicas que ganan son las fuerzas populistas y radicales, que se alimentan precisamente del descrédito de quienes hoy dominan el escenario político. Para decirlo en simple, los únicos que ganarían serían partidos como el Nacional Libertario o el Partido de la Gente, que en esas condiciones probablemente serían los protagonistas principales de la próxima elección presidencial.

Los BATNA, tanto del gobierno como de la oposición, son entonces débiles. Y cuando ambas partes poseen alternativas deficientes, la negociación deja de ser simplemente conveniente para transformarse en una necesidad, algo que exige condiciones mínimas de racionalidad política. Para el gobierno, implica entender que no basta con declarar disposición al diálogo. También debe existir disposición real a escuchar a la oposición -completa o a la parte de ella dispuesta a negociar- y aceptar modificaciones al proyecto original. No debería serle difícil: prácticamente todo el país le ha hecho ver las limitaciones de su proyecto y las posibles modificaciones que podrían mejorarlo. Para la oposición, la exigencia es igualmente compleja. Los partidos que decidan negociar deberían hacerlo unidos y con claridad política y exponer argumentos racionales, técnicos y políticamente defendibles que permitan mejorar el proyecto sin destruir la posibilidad de entendimiento.

La gran interrogante que se abre ahora es si los actores políticos que tendrán la responsabilidad de conducir este proceso son realmente conscientes de su necesidad de llegar a esa negociación y de llevarla a un acuerdo. Es mi esperanza que la Cuenta Pública del Presidente Kast, mañana, nos entregue luces que aclaren esa interrogante.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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4 Comments

  1. Ojalá sea como dices Álvaro …. La tozudes y soberbia son muy malas consejeras …..

  2. Muy buen artículo
    Pero me parece que las palabras y actitudes del ministro Quiroz han sido mal interpretadas.
    1.- Corrigiendo al ministro García, dijo que todos los artículos del proyecto podían ser materia de negociación.
    2.- Al mostrar la gravedad de la situación fiscal provocada por una irresponsable y desleal administración, está claramente abriendo la puerta a bajar los costos tributarios del proyecto o a una mayor gradualidad.

  3. Muy de acuerdo Alvaro. Pienso que el Min de Hacienda hubiese sido mucho más efectivo si el brillante técnico que es Quiroz hubiese sido el súper subsecretario que hace la pega bajo un ministro político hábil negociador, capaz de sacar adelante la agenda

  4. Discrepo del señor Álvaro Briones.
    Lo que propone es más de lo mismo. En democracia con mucho diálogo y acuerdos transversales en el Congreso se aprobó el fin del sistema binominal, la reforma tributaria de Bachelet, la reducción de jornada laboral y el aumento de los costos provisionales para las empresas. Ver el Mercurio de hoy carta del empresario Heresi. También se aprobaron recursos para el museo de la memoria que cuenta solo una parte de la historia de Chile. También negociando se aprobó la persecución a militares octogenarios y nonagenarios, quienes salvaron a Chile del comunismo al estilo cubano nicaragüense. Ni hablar de la aprobación transversal que otorgó recursos inmensos al Banco CAF competidor del BID y agencia de empleos (Peñailillo en Colombia). Quiroz es un economista serio que está intentado avanzar con un proyecto que pone el acento en cambios estructurales que los chilenos demandan. El “diálogo” y la transversalidad casi tumban el gobierno de Piñera. Buscando educación gratis y de calidad se aprobaron leyes horrorosas para la educación. Quiroz está disponible para modificar algunas cosas, pero no para darle en el gusto al socialismo allendista que todavía participa en encuentros progresistas, Zapatero incluido. En el alma del oficialísmo siempre hubo dos almas que juntas llegaron al poder. En la oposición hay varias almas, una de las cuales apoya la dictadura cubana, otra que llama a tomarse la calle y la DC agónica que todavía tiene la falta de pudor de opinar de la contingencia,

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