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Cada 21 de marzo conmemoramos el Día Mundial del Síndrome de Down, fecha escogida por la simbólica referencia a la trisomía 21 (21/3), es decir, a la presencia de una copia adicional de dicho cromosoma. Ese día, miles de personas usan calcetines distintos, de colores llamativos o disparejos. El gesto no es banal: los calcetines evocan la forma de los cromosomas y, al ser distintos, celebran la singularidad. El mensaje es claro, la diversidad no es un error que deba corregirse, sino una expresión legítima de la condición humana. Pero mientras agitamos esos símbolos en redes sociales, la realidad avanza en sentido contrario: cada vez nacen menos niños con síndrome de Down en varias partes del mundo, no porque la condición haya desaparecido, sino porque la estamos evitando antes del nacimiento.

Los avances médicos y sociales han ampliado significativamente la esperanza y calidad de vida de quienes viven con esta condición. Sin embargo, el diagnóstico genético preimplantacional y los exámenes prenatales no invasivos han abierto interrogantes éticas de gran relevancia. Estudios recientes estiman que España presenta una de las mayores tasas de aborto selectivo por síndrome de Down, con cifras cercanas al 83% de los embarazos diagnosticados que no llegan a término. Pero este fenómeno no es exclusivo de un país. Un metaanálisis europeo muestra que el impacto de las terminaciones selectivas ha reducido en promedio un 54% la prevalencia de nacimientos con síndrome de Down en dicho continente. El resultado es claro: la proporción de nacimientos ha caído de 1 por cada 800 en los años ochenta a 1 por cada 2.000 hoy, volviendo la condición casi tan infrecuente como una enfermedad rara.

La pregunta ética no es técnica, sino moral: ¿qué mensaje transmitimos como sociedad cuando sistemáticamente evitamos el nacimiento de personas con una determinada condición genética? ¿Estamos previniendo sufrimiento (para el futuro hijo y sus familias) o estamos definiendo, de manera cada vez más estrecha, qué vidas consideramos valiosas?

Desde la bioética, la autonomía reproductiva es fundamental. Las decisiones de las familias son complejas, íntimas y muchas veces dolorosas. Pero la suma de decisiones individuales va configurando silenciosamente una cultura: la cultura del hijo “ideal”, “sano”, “sin riesgos”. Una cultura que convierte la variación genética natural en un error prevenible. Esto abre un riesgo que ya varios autores han advertido: una eugenesia liberal, no impuesta por el Estado, sino moldeada por expectativas sociales, por miedos, por desigualdades estructurales y por un imaginario que identifica fragilidad con fracaso.

Por otra parte, resulta éticamente inconsistente que quienes condenan estas prácticas con vehemencia hagan poco por transformar las condiciones sociales que vuelven tan difícil la crianza de un hijo con necesidades diferentes. No basta con proclamar la dignidad intrínseca de toda vida humana; es indispensable crear sistemas educativos inclusivos, apoyos reales a las familias, oportunidades laborales y entornos que no estigmaticen. De lo contrario, el discurso en favor de la vida se vuelve retórico y desprovisto de responsabilidad social.

Este 21 de marzo, los calcetines distintos no deberían ser sólo un gesto simpático. Deberían ser un recordatorio incómodo: si seguimos avanzando hacia la eliminación selectiva de la diferencia, la diversidad que decimos celebrar será cada vez más escasa fuera del discurso público. Debemos reconocer que el gran desafío ético de nuestro tiempo no es pulir el genoma, sino ensanchar el corazón. Una sociedad que sólo tolera hijos “perfectos” se vuelve, paradójicamente, menos humana.

¡Porque la dignidad jamás se ha medido en marcadores genéticos: se mide en nuestra capacidad de acoger la fragilidad que nos une!

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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