No podría haber mejor día que éste, en que nuevamente vamos a celebrar la fiesta máxima de la democracia que es la concurrencia de personas libres e iguales a depositar en una urna el voto que expresa su decisión política, para elogiar la manera como llegamos en Chile a este día y a este momento.

Esa manera la hemos llamado “transición a la democracia” y en nuestro país tuvo el mérito de ser lograda por una vía también democrática. No somos el único país en el mundo que lo ha hecho -Sudáfrica, España e incluso países de la órbita soviética y la propia Unión Soviética vivieron procesos análogos- pero lo que hicimos nosotros sirve bien de ejemplo del principio de que la democracia sólo se puede defender desde la democracia y que ningún acto antidemocrático -el uso no legítimo de la fuerza el primero de ellos- puede llevar a la democracia.

Entre el 11 de marzo de 1990 y el día de hoy, en que celebramos una elección en plena democracia, han transcurrido casi 36 años de ese proceso. A lo largo de él y en la medida en que fue posible por el consenso de las partes que lo protagonizaron, se fueron dejando atrás instituciones portadoras de aspectos restrictivos de la democracia hasta llegar a lo que tenemos hoy. Con mucho análisis y discusión -a veces ríspida sin duda- y también con momentos de extrema tensión –por qué olvidar en este elogio movimientos de enlace o caras pintadas- pero nunca, en ningún momento, con violencia o coerción de ninguna parte.

Y ese proceso, demasiado lento para algunos quizás, en la medida que fue posible y de modo paulatino aunque ininterrumpido, se fue ampliando hasta alcanzar logros que ahora  parecen naturales. Entre ellos, en un somero resumen: eliminación de senadores designados y vitalicios; reducción del mandato presidencial a cuatro años; finalización del rol político del Consejo de Seguridad Nacional; reorganización del Tribunal Constitucional; fortalecimiento del Congreso Nacional y del Ministerio Público; juicio y prisión de personas que cometieron delitos contra los Derechos Humanos durante la dictadura; eliminación de atribuciones excepcionales del Presidente de la República; separación de la elección de alcaldes y concejales; nueva ley de financiamiento electoral; reducción de la duración del periodo presidencial a cuatro años; inscripción automática de electores; regulación de las elecciones primarias; elección directa de los Consejeros Regionales; voto de los chilenos en el exterior; restablecimiento del sistema electoral proporcional con rediseño de distritos y circunscripciones; modificación de la Ley de financiamiento electoral y de la Ley Orgánica Constitucional de partidos políticos; creación del cargo de gobernador regional con elección directa.

Cada una de estas decisiones, y muchas más, se alcanzaron con la participación de todos y todas, aunque no contara con la aprobación de todos y todas. La transición, pacífica y constructiva como fue, no se habría logrado sin la concurrencia a ella de las Fuerzas Armadas que dejaban el poder político, de partidos políticos que se identificaban con la obra realizada durante el período en que esas Fuerzas Armadas detentaron ese poder y de los partidos que habían sido opositores a ese régimen dictatorial.

La democracia liberal de la que hoy disfrutamos, que no mantiene vestigio alguno en el plano político de ese orden dictatorial, fue alcanzada, así, incluso con la decisión de quienes querían perpetuar aspectos de él. Y es que una transición política -y esto es algo que se tiende a ignorar- es como bailar apretado. Sólo se puede hacer si las dos partes están completamente de acuerdo en hacerlo y en ella cada paso hacia delante de una de esas partes debe complementarse por un paso atrás de la otra; de no ocurrir así, se corre el riesgo del enredo de las piernas y que ambas partes terminen rodando por el suelo.

Pero en Chile nadie rodó por el suelo y así pudimos lograr esta democracia liberal cuyo acto principal celebraremos a lo largo de este día. Y si alguna obra, ordenamiento económico o aún aspectos culturales de la dictadura militar permanecen, ello ocurre sólo porque en el contexto de la práctica de esa democracia liberal, mayorías electorales y consensos nacionales así lo han decidido.

Esa voluntad y la forma de construir el Chile democrático de hoy, fue ignorada durante años recientes en que, principalmente de entre quienes por su edad no habían vivido la experiencia de transición a la democracia, hubo quienes hicieron gala de esa limitación ignorando aquella voluntad y aquella forma. En su lugar buscaron “refundar” lo alcanzado y aprobaron o justificaron la violencia con que algunos trataron de expresar esa idea o aún imponer esos cambios.

Hasta ahora esa actitud ha sido rechazada por la mayoría, una mayoría que se ha expresado en plebiscitos constitucionales y elecciones de autoridades. Es de desear que de la elección presidencial que protagonizaremos hoy, emerja el impulso de proyectar  hacia el futuro la voluntad que animó nuestra transición. Para que las chilenas y chilenos podamos seguir viviendo en democracia, nuestro país pueda seguir prosperando… y podamos seguir bailando apretado.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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1 Comment

  1. Ummm, siempre todo escrito se puede optimizar, pero es lo mejor que le he leído…..en buena hora pueda seguir por la misma senda

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