“El diseño estratégico de un gobierno no se puede establecer en base a principios doctrinarios rígidos e inamovibles donde determinadas metas floten en una especie de espacio platónico que no tiene que ver con lo corpóreo, con la realidad, con las fuerzas en juego, con los niveles de desarrollo, con las opiniones de las personas, al menos en democracia”.
No es el resumen crítico de los primeros ocho meses de gobierno de José Antonio Kast, aunque bien podría serlo. Es la máxima que, según Ernesto Ottone, orientó el diseño estratégico del gobierno de Ricardo Lagos, en cuya elaboración le correspondió participar desde su posición de coordinador del grupo de cuatro asesores que después adquiriría fama como “segundo piso”. Está contenida en su libro El Segundo Piso. Un ejercicio de memoria, publicado originalmente hace diez años y cuya reedición fue presentada el pasado martes en la sede del Centro de Estudios Públicos.
Según relata Ottone, la preparación del gobierno de Ricardo Lagos comenzó tres años antes de asumir éste la Presidencia. Cada quince días, el futuro mandatario se reunía con el grupo de personas que posteriormente constituiría su “Unidad de análisis estratégico”. El resultado fue un diseño estratégico perfectamente definido en torno de tres grandes líneas de acción.
La primera fue el crecimiento económico, con relación a la cual Ottone nos recuerda dos verdades elementales: así como crecer sin distribuir conduce a la crisis social y política, distribuir sin crecer termina por hacer inviable la propia distribución. “Sin recursos disponibles no hay derecho social que valga”, señala. En la aplicación de esta primera línea estratégica el gobierno de Lagos debió enfrentar durante buena parte de su mandato las consecuencias de la llamada crisis asiática. Los resultados, sin embargo, fueron apreciables: el crecimiento promedio de sus cuatro años alcanzó el 4,85%; la pobreza descendió del 17,5% a 14,8%, y la desigualdad de ingresos, medida por el índice de Gini, bajó de 0,52 a 0,47.
La segunda línea estratégica fue el bienestar, la justicia y la protección social. De ella surgieron iniciativas como el seguro de desempleo, las medidas contra la evasión tributaria, la obligatoriedad de la educación secundaria, la extensión de la jornada escolar y la ampliación de la cobertura de la educación superior. Fue también el momento del Plan Auge y del Crédito con Aval del Estado.
La tercera línea fue la construcción republicana, la ampliación de las libertades y el reconocimiento de la diversidad cultural. El Chile de entonces conservaba vestigios autoritarios que hoy cuesta imaginar: censura de prensa y cinematográfica, pena de muerte, senadores designados y una autonomía de los mandos militares que limitaba las atribuciones presidenciales, como que el Consejo de Seguridad Nacional podía ser convocado sin pasar por el presidente de la República. Y, para mencionar lo que no había: Chile seguía siendo uno de los escasos países del mundo que carecían de una ley de divorcio. A diez años de recuperada la democracia, sostiene Ottone, correspondía avanzar en todos esos terrenos, modificar las estructuras republicanas y recuperar una vida cultural abierta mediante el ejercicio pleno de las libertades. Y se avanzó. Se constituyó la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, presidida por monseñor Sergio Valech, y se aprobó la reforma constitucional de 2005, un paso decisivo para normalizar la institucionalidad democrática y eliminar los enclaves autoritarios que aún subsistían. También se impulsaron grandes obras de infraestructura cultural y se creó el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, que terminaría convirtiéndose en el actual Ministerio de las Culturas.
No debería sorprender que un gobierno que combinó esa claridad estratégica con flexibilidad táctica terminara su mandato con una aprobación superior al 60%, que en mediciones posteriores ha llegado a aproximarse al 70%.
El contraste con el gobierno de José Antonio Kast resulta inevitable y, a veces, adquiere ribetes caricaturescos, como el que presenta la rigurosa preparación de años que permitió al gobierno de Lagos iniciar su período con una definición precisa de objetivos y la forma de alcanzarlos, comparada con la declaración de la entonces ministra de Seguridad Trinidad Steinert, quien, después de concurrir a una sesión especial de la Cámara de Diputados para exponer la estrategia de su cartera, reconoció en una entrevista radial que «no me esperaba la exigencia de un plan de seguridad estructurado, concreto».
Pero quizás la mejor claridad acerca de las diferencias la ofrezca el siguiente contraste. Durante los años más difíciles de la crisis asiática, el desempleo llegó al 10,7% en el país y al 11,5% en la Región Metropolitana. Pese a ello, la aprobación del gobierno de Lagos nunca cayó por debajo del 41% y, como está dicho, terminó su mandato en niveles superiores al 60%. Hoy, con un desempleo inferior al de aquellos años, la desaprobación del gobierno de Kast se sitúa en torno al 30%, e incluso por debajo de ese nivel según algunas encuestas. La explicación de esta diferencia no se encuentra ni en la calidad técnica de los oficiantes de la política económica ni en la fe en sus convicciones, sino en el elemento cuya ausencia en el actual gobierno destaca de manera clamorosa: la capacidad de inspirar confianza.
Porque difícilmente puede inspirar confianza un gobierno que, al decidir no aplicar el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles, no muestra suficiente empatía con quienes debieron enfrentar el encarecimiento de su vida cotidiana. Una falta de empatía que sigue demostrando con relación al millón de desempleados que hoy nos lastiman como sociedad, pues, más allá de las declaraciones, sólo se han tomado mínimas y claramente insuficientes medidas paliativas; una ausencia de empatía que, como ocurrió en el reciente encuentro de Enade, se justifica en virtud de la pureza de una política cuyos resultados, de haberlos, sólo se verán en un futuro que para quienes están desempleados hoy sólo puede parecer angustiosamente lejano. Un gobierno que, al presentar uno de sus proyectos emblemáticos en materia de seguridad, incluyó una reforma constitucional que no podía menos que parecerle abominable a cualquier demócrata. Un gobierno que ha sido incapaz de resolver políticamente el enorme problema que le acaba de crear un ministro de Justicia que parece ejercer su cargo sin consideración alguna de los efectos que, en las personas y en la política, pueden acarrear sus decisiones. Un gobierno que da pábulo a que, quienes lo apoyan, en lugar de actuar como una coalición cohesionada por objetivos estratégicos comunes, se enfrenten públicamente y se prodiguen descalificaciones. Un gobierno, en fin, que parece situar sus objetivos en ese espacio platónico del que habla Ottone, como si las fuerzas políticas y el sufrimiento y las opiniones de las personas fueran obstáculos secundarios que la voluntad de gobernar pudiera simplemente ignorar.
El libro de Ottone no fue escrito para cuestionar al gobierno de Kast. Como está dicho, su primera edición apareció hace diez años, cuando probablemente ni siquiera José Antonio Kast abrigaba seriamente la idea de ser presidente. Pero el duro contraste que ofrece con el gobierno de Ricardo Lagos nos plantea una cuestión que seguramente va a ser la que principalmente tome en consideración la ciudadanía cuando evalúe a su gobierno: que, como resume Ottone “en democracia los cambios están limitados en primer lugar por la disponibilidad de recursos, pero además por la capacidad de convencimiento”.

En agradecimiento a ese brillante desempeño de Lagos como Pdte, el PS en particular y la izquierda en general, le bajó el pulgar a una nueva postulacion presidencial de su guru………curioso, o no fue tan brillante o los socialistas son desleales y malagradecidos……..