En política, los proyectos ermitaños no llegan lejos.

Hay una vieja canción de Sui Generis que se llama Aprendizaje. Seguro que todos la han escuchado alguna vez. Es esa que, en base a una guitarra de palo, comienza diciendo: “Aprendí a ser formal y cortés (…)”. El tema trata sobre crecer, sobre descubrir que la vida desarma certezas, pero a la vez va generando algo más virtuoso. En política ocurre algo parecido. Porque, como dijo alguna vez Gabriel Boric en un arranque de honestidad brutal, “otra cosa es con guitarra”.

Los primeros cien días del Gobierno de José Antonio Kast dejan precisamente esa impresión: la del aprendizaje. Y, siendo justos, el aprendizaje ha sido una constante, porque creo que la administración Kast ha ido de menos a más.

Desde los tiempos de la OPE —la Oficina del Presidente Electo— se percibía un ambiente marcadamente economicista. Muchos de quienes llegaban provenían del mundo privado y buscaban imprimir una lógica de gestión, eficiencia y resultados. Era un diseño que recordaba, en parte, al comienzo del primer gobierno de Sebastián Piñera (y que, por suerte, fue modificado al poco tiempo): mucha confianza en la administración y poco entusiasmo por la política.

Pero el baño de realidad llegó rápido. Apenas dos semanas después de asumir, el Gobierno ya registraba más rechazo que aprobación. Se acumularon problemas comunicacionales, una agenda torpe en economía y seguridad, y una sensación de descoordinación que obligó a hacer cirugía mayor. Desde entonces, el gabinete comenzó a mostrar otro tono, otro registro. Los perfiles más políticos ganaron espacio, el Gobierno empezó a hablar otro lenguaje y, al menos hasta ahora, el cambio está dando resultados.

El problema es que el aprendizaje de estos primeros 100 días no parece estar llegando a todos por igual.

Durante años, buena parte del mundo republicano construyó su identidad sobre la idea de que ellos eran distintos. Y derechamente mejores. Se apartaban de la “derechita cobarde” y acuñaban el hashtag #SóloquedaRepublicanos, que se convirtió en mucho más que un slogan; fue, para ellos, un ethos. Uno que rindió importantes dividendos electorales y que, probablemente, ayudó a instalar a Kast en La Moneda. Sin embargo, también arrastraba un cierto tufillo de superioridad moral que el ejercicio del poder ha comenzado a derrumbar.

Algunos parecen haberlo entendido. Ministros como Arrau y Wulf, o subsecretarios como Figueroa y Silva, han mostrado disposición a abrir la toma de decisiones al conjunto del oficialismo. Han comprendido algo elemental: en política, los proyectos ermitaños no llegan lejos.

El problema es que otros siguen tocando la misma partitura. Hace pocos días, un diputado republicano volvió a atacar por redes sociales a Evelyn Matthei, recordándole que salió quinta en la elección. Un comentario completamente innecesario cuando las bancadas oficialistas debieran construir puentes. Curiosamente, al mismo tiempo, no hubo una palabra de crítica hacia la concejal republicana sorprendida robando en un mall. Si sólo quedan Republicanos, ¿qué queda para la República?

Hace un par de años publiqué en este mismo medio una columna comparando a Republicanos con el Frente Amplio. Recibí críticas desde ambos sectores, aunque bastante más desde la derecha dura. “No somos lo mismo”, me repetían, y tenían razón en varios aspectos: nunca promovieron el octubrismo y las diferencias ideológicas son evidentes (eso lo dije textualmente en la columna). Pero mi punto era otro. Ambos grupos comparten un mismo pecado original: cierta convicción de egolatría y preeminencia, esa idea de que sólo ellos habían entendido cómo hacer política.

Quizás ése sea el verdadero aprendizaje de estos cien días. El poder enseña que la política exige menos categorías morales y más humildad. Que gobernar obliga a escuchar y transar más de lo que uno imaginaba. Y que, al final, tal como aprendimos de los queridos Charly García y Nito Mestre, otra cosa es con guitarra.

Director de Administración Pública UNAB

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