“Hombre público: hombre que tiene presencia e influjo en la vida social”.
Diccionario de la Real Academia Española.
Se podría pensar que, desde que alguien descubrió, y denunció, el sentido profundo de esas definiciones, la Real Academia Española habría hecho algo por modificarlas. Pero si usted busca como hice yo en el Diccionario de la Lengua Española en www.rae.es, encontrará que las definiciones siguen ahí. Desde luego esa absurda, denigrante, diferencia entre dos expresiones que podrían significar lo mismo, no es responsabilidad de la Real Academia. Lo es de nuestra cultura. Una cultura que se resiste a abandonar su impronta patriarcal y suele morder, con saña, a las mujeres que se atreven a destacarse en mundos que por siglos estuvieron reservados a los hombres. A mujeres que se atreven a intentar «tener presencia e influjo en la vida social».
Hannah Arendt, una de esas mujeres, fue una de las mentes más brillantes del siglo XX. Después de doctorarse en Heidelberg luego de ser discípula de Karl Jasper y de Martin Heidegger, y también de ser prisionera de la Gestapo, emigró de su Alemania natal en 1933. Alemania, más tarde, le despojaría de su nacionalidad. En Francia llegó a ser internada en un campo del que logró fugarse para llegar a Portugal y luego a Estados Unidos en 1940. Allí se distinguió como académica, enseñando en Yale, Princeton, Berkeley, Chicago y Columbia, entre otras universidades. Con su libro, Los orígenes del totalitarismo (1951), alcanzó fama mundial.
Sin embargo, bastó una expresión contenida en su obra Eichmann en Jerusalén (1963), la expresión “banalidad del mal”, para que fuera ferozmente atacada, incluso -y quizás principalmente- por la comunidad judía. En ese libro -que escribió luego de asistir en 1961 como reportera del The New Yorker al juicio del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en Israel- se mostró de acuerdo con la captura de éste por los servicios secretos israelitas y con la pena de muerte que se le dictó. Pero bastó esa expresión para que fuese acusada de ser una judía que no quería ser judía, de ser frívola y de exculpar de responsabilidad a Eichmann al presentarlo como un sujeto vulgar y ramplón y no el ser malévolo que se esperaba que ella describiera.
Si hubiese sido hombre, quizás no hubiese sufrido esa crítica. O si no hubiese criticado, en el mismo libro, la colaboración de los consejos judíos con Eichmann; es decir si no hubiese sido una mujer judía criticando a autoridades judías. Pero era una mujer inteligente, que decía lo que pensaba y criticaba a quien pensaba que merecía su crítica. Era una mujer que intentaba “tener presencia e influjo” en la sociedad. Y una sociedad en la que dominaban los hombres, no se lo perdonó.
En nuestro país ese flagelo sigue presente. Hace algo más de una semana, mientras reporteaba el asesinato del suboficial de Carabineros Daniel Palma, la periodista Paulina de Allende Salazar, en menos de treinta segundos, se refirió al carabinero asesinado utilizando la expresión coloquial que la mayoría de nosotros utiliza para referirse a nuestra fuerza policial. Demoró menos segundos todavía en disculparse y seguir con su despacho, pero ya era tarde. Sólo minutos más tarde un general de Carabineros le negó el acceso a la conferencia de prensa en la que se iba a informar del lamentable suceso y pocas horas después su empleador, el canal Mega de televisión, anunció que la había despedido.
Por un error que tardó segundos en ser reconocido y corregido. Por una palabra dicha en el peor momento, porque en cualquier otro probablemente sólo habría provocado sonrisas y bromas. Un momento tan malo, tan doloroso, que quizás explique la ofuscación del general; pero en ningún caso un error tan grave que no pudiera ser corregido, pasados el dolor y la ofuscación, con unas adecuadas y sinceras disculpas. Claro, si hubiese sido un hombre. Porque Paulina no fue perdonada. Paulina es una mujer. Y no cualquier mujer: es una mujer que fue reconocida por sus iguales de la Asociación Nacional de Mujeres Periodistas de Chile con el premio Lenka Franulic 2019. Un premio que justamente está destinado a reconocer una trayectoria distinguida en el periodismo femenino y que en nuestro país han recibido las mejores. De esa buena periodista Mega se deshizo sólo en horas. Fue un empleador que no fue capaz de resistir la presión que la sociedad ejercía sobre una mujer.
En los últimos días le ha tocado el turno a Carolina Tohá. A ella, que hasta hace poco era objeto de toda clase de alabanzas y palabras de admiración, le cayó el peso de una crítica desproporcionada por dos ideas expresadas en un momento en que era quizás la única autoridad que alzaba la voz representando al Gobierno en medio de una crisis: la expresión “gatillo fácil” para describir presuntas actitudes policiales y su innecesario involucramiento en la descripción de los detalles del incidente en el que perdió la vida una persona a manos de carabineros en San Antonio. Sus expresiones eran absolutamente refutables, pero en su caso se abultaron hasta convertirlas en hechos políticos presuntamente reveladores de una desviación ideológica de origen.
Como suele ocurrir, probablemente detrás de la crítica desproporcionada se ocultaba esa ira que no osa a manifestarse públicamente, pero que casi siempre está ahí, al acecho: la que provoca una mujer que se destaca en actividades que hasta hace pocas décadas eran privativas de los hombres. Lo cierto es que la ministra Tohá sólo demostró que era humana y que también podía equivocarse. Y como todo el resto de nosotros, los seres humanos, es de esperar que haya aprendido de esos errores, porque francamente es necesaria en el lugar en que está, manteniendo casi por sí sola la coherencia de su gobierno.
Como no faltan los recalcitrantes, su presentación al Congreso del proyecto para dar rango de ley a las reglas para el uso de la fuerza, que incluyen la consulta a diversos organismos entre los que se encuentran la Defensoría de la Niñez y el INDH para su actualización cada cuatro años, han servido a algunos para pretender reafirmar su juicio anterior. No lo hagan. Ese proyecto entró a un cauce político parlamentario en el que todos van a poder expresar sus apoyos o reparos. En el que, esperamos, la ministra Tohá muestre su capacidad negociadora y acoja, en representación del Gobierno, los reparos de sus detractores. Así es la democracia y, quien sabe, quizás este proyecto corra la misma buena suerte de la ahora ley Naín-Retamal.
Honren la democracia. Hagan política y negocien. Y por sobre todo dejen atrás actitudes patriarcales que, a decir verdad y para honrar a Hannah Arendt, se tornan cada vez más banales.
