Credit: Imagen de cuenta X de @JMilei

La Argentina vuelve a examinarse este domingo. No sólo elegirá legisladores: medirá su capacidad de madurez institucional, su resistencia al péndulo emocional y su aptitud para sostener un proyecto de libertad sin quebrarse. No se trata de ganar o perder elecciones, sino de ver si el país logra pasar de la fragilidad a la antifragilidad, de la dependencia al aprendizaje, del líder al sistema.

Las encuestas más consistentes -J.P. Morgan, Poliarquía y M&A- coinciden en una elección cerrada. La Libertad Avanza (LLA) oscila entre 35 % y 36 % a nivel nacional; Fuerza Patria (kirchnerismo) entre 34 % y 35 %. El resto -peronismo no K, PRO, UCR y listas provinciales- suma entre 10 % y 12 %, con alrededor de 5 % de indecisos. La dispersión es amplia y la participación será clave: si supera el 74 % histórico, la ventaja tenderá al oficialismo. Pero lo que se discute no es sólo quién gana, sino qué se entiende por ganar. Para el gobierno, ganar significa superar el 35 % de los votos, imponerse -aunque por poco- sobre el kirchnerismo, y alcanzar con aliados del PRO el tercio de la Cámara de Diputados (unas 83 bancas sobre 257) que garantiza el poder de veto. Según las proyecciones de J.P. Morgan, LLA pasaría de 39 a 76 diputados y de 6 a 16 senadores, mientras que el PRO retendría unas 25 bancas. Perder, en cambio, sería caer por debajo del 32 %, sin llegar al umbral del tercio. Eso dejaría al oficialismo con 65–70 diputados, frente a unos 100 del kirchnerismo. El relato político se impondría de inmediato: el experimento liberal habría tocado su techo.

El factor temporal y el riesgo de la histeria social

El tiempo, sin embargo, es el bien más escaso. Aun logrando el blindaje legislativo, el gobierno debe actuar rápido. El populismo opositor estará al acecho para capitalizar la histeria del corto plazo, buscando plebiscitar la austeridad antes de que el ciclo económico positivo se perciba. La capacidad de construir antifragilidad institucional choca con la velocidad de la frustración social. Una derrota amplia (caer por debajo del 32% y no alcanzar el tercio) no sólo activaría el relato del «fracaso del ajuste»; lo traduciría en un riesgo económico inmediato, con mayor volatilidad cambiaria, dificultades para la renovación de deuda en pesos y un impacto directo en la ya golpeada inversión. El cronómetro corre: Milei necesita que la macroeconomía muestre signos inequívocos de mejora (desinflación sostenida y un principio de reactivación) antes de que la paciencia social, que aún tolera los costos iniciales, se agote definitivamente.

La primera metamorfosis de Milei fue la del outsider que llega al poder. La segunda, la que comienza el lunes 27, será más difícil: la del disruptor que debe convertirse en constructor. Ya no basta con resistir: gobernar en minoría exige una arquitectura política que sostenga la audacia inicial. La antifragilidad presidencial no consistirá en gritar más fuerte, sino en usar la tensión como motor de institucionalidad. Aun ganando, Milei podría perder si confunde antifragilidad con obstinación. Gobernar no es resistir el caos, sino domesticarlo. Si logra hacerlo, podrá transformar el conflicto en orden; si no, volverá la entropía argentina: ese ciclo de esperanzas grandilocuentes y fracasos repetidos.

Una derrota amplia reactivaría el relato del “fracaso del ajuste”. El kirchnerismo intentaría plebiscitar la austeridad y la desregulación. Pero el liberalismo maduro no mide su fuerza por victorias inmediatas, sino por su capacidad de aprendizaje institucional. Perder no sería un cataclismo si se transforma en oportunidad para pasar del carisma al contrato, de la fe al método. Aun perdiendo, si el gobierno logra construir un entendimiento con los sectores moderados y con aliados del PRO, podría convertir la derrota en una forma de victoria: la de establecer reglas claras y previsibles, base de toda estabilidad republicana. Un liberalismo que sabe perder sin claudicar puede ser más revolucionario que un populismo que gana sin aprender. La clave será demostrar que la libertad no se defiende desde la histeria del corto plazo, sino desde la serenidad de las reglas.

Una victoria ajustada garantizaría el ansiado veto protector, pero no resolvería la fragilidad política. El tercio legislativo es un escudo defensivo, no un motor reformista. Si el gobierno confunde blindaje con poder transformador, quedará paralizado. El mileísmo necesita pasar del liderazgo individual al liderazgo de coalición, o su victoria quedará en el aire. El voto del 26 no consagra una hegemonía, apenas concede una oportunidad. La historia argentina demuestra que el exceso de poder y la soledad política terminan siendo la misma cosa.

La arquitectura de la negociación: más allá del PRO

El diseño de la coalición necesaria para gobernar en minoría es complejo y requiere una segmentación quirúrgica. Si bien la alianza con el PRO es fundamental para el blindaje de diputados, la antifragilidad reformista exige ir más allá. La meta real de la negociación debe ser la Liga de Gobernadores del interior, muchos de los cuales tienen incentivos fiscales y productivos alineados con las reformas estructurales del oficialismo. La dificultad reside en la composición fragmentada del bloque «Otros» (10%-12% de los votos): en ese espacio conviven aliados potenciales del peronismo no K, facciones disidentes del radicalismo, y fuerzas provinciales. El desafío de Milei será transformar esa dispersión en apoyo concentrado para los proyectos clave (Ley Bases, reforma fiscal y laboral), evitando caer en el «consenso de reparto» que históricamente degradó la política argentina.

El reciente rescate financiero de Washington no debe verse como una dependencia, sino como una prórroga del aprendizaje argentino. Estados Unidos no salvó a la Argentina: le dio tiempo para salvarse a sí misma. Ese margen exige resultados. Las reformas fiscal, laboral y cambiaria deberán avanzar por negociación, no por imposición. Un dólar en ascenso previo a los comicios refleja más desconfianza política que económica. Si Milei logra estabilizar expectativas y ordenar señales institucionales, el actual “carry electoral” puede convertirse en inversión post-electoral. El desafío no es obtener abundancia prestada, sino reconstruir credibilidad desde la escasez. El riesgo es que la falta de gobernabilidad creíble reactive los spreads del riesgo país, encareciendo el crédito e impactando negativamente sobre las proyecciones de inversión. La economía, en definitiva, medirá la política: sin gobernabilidad no hay confianza; sin confianza no hay crédito.

La Argentina lleva décadas confundiendo consenso con reparto. El consenso liberal no reparte poder: limita su abuso. No se trata de una concesión táctica de Milei, sino de madurez del sistema político en su conjunto. Un radicalismo que debe decidir si custodia instituciones o prebendas; un peronismo que debe abandonar la administración de clientelas; un PRO que debe definir si será puente de modernización o reliquia melancólica. Mientras los partidos midan su éxito por la erosión del otro, seguirán fracasando todos, incluso cuando ganan. El consenso no se construye desde el poder, sino desde la renuncia a absolutizarlo. Un orden liberal se fortalece cuando los acuerdos se vuelven previsibles y los límites aceptados. El problema argentino no es la ausencia de ideas, sino la incapacidad de someterlas a reglas comunes.

La política nacional tiene un patrón trágico: la dependencia emocional del liderazgo personalista. Desde Rosas hasta Perón, pasando por Alfonsín y Kirchner, el poder se ha entendido como redención carismática más que como contrato racional. Milei desafía la hegemonía ideológica, pero todavía no rompe el molde antropológico del caudillismo. Y una sociedad que busca salvadores en lugar de límites nunca será libre del todo. El liberalismo genuino no es una ideología de gobierno, sino la filosofía política más consistente con la protección de los derechos individuales preexistentes a cualquier Estado. Al salir de la Convención Constitucional de 1787, Elizabeth Willing Powel preguntó a Benjamin Franklin qué sistema habían creado. Él respondió: “A republic, if you can keep it”. Una república, si logran conservarla. No hay mejor definición de la libertad republicana: un ejercicio de vigilancia colectiva, no un acto de fe en una persona. Y como recordaba el jurista liberal John Philpot Curran, “The condition upon which God hath given liberty to man is eternal vigilance”. La libertad no se hereda: se custodia día a día.

Ser antifrágil no es resistir la crisis, sino mejorar con ella. La madurez cívica consiste en entender que la libertad requiere responsabilidad. Una república se mantiene cuando los ciudadanos limitan a quienes eligen, y no cuando los adoran. El pueblo adulto no delega su destino en un mesías ni en un Estado paternalista: se disciplina para preservar sus reglas. Es ese respeto por los límites y las reglas estables lo que, históricamente, ha permitido a las naciones pasar de la escasez al progreso masivo. La reforma que falta no es fiscal ni monetaria, sino cultural: aprender a vivir sin tutelas, entender que las instituciones no se sustituyen por emociones y que la libertad, para ser duradera, debe volverse hábito y no consigna.

No hace falta nombrar países; basta mirar alrededor. Las naciones que cedieron sus instituciones a la demagogia descubren lo difícil que es recuperarlas. El espejo cercano -la deriva constitucional de Chile- recuerda que cuando el populismo perfora los cimientos republicanos, la reconstrucción puede tomar generaciones. La noche del 26 de octubre no revelará sólo si Milei sigue fuerte, sino si la República Argentina logra no ser débil. El resultado se medirá menos en bancas que en convicciones. Si el país aprende a transformar la tensión en energía cívica, habrá dado un paso hacia la antifragilidad que toda sociedad libre necesita. Si no, volverá a su vieja fragilidad: la de confundir redención con república, carisma con cambio. “A republic, if you can keep it”. Esa sigue siendo la advertencia -y la esperanza- dos siglos después.

Abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas. PhD en Administración de Negocios.

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2 Comments

  1. Una brillante columna de opinión, su lectura altamente recomendable. Ayuda mucho a entender la Argentina.

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