Los chilenos estamos gritando, la mayoría de las veces en silencio, por un anhelado reencuentro, por volver al país solidario que siempre hemos sido, por regresar a un país en paz, libre de violencia, por recuperar las confianzas perdidas y la convivencia fraterna.
El gran desafío que tenemos hoy es unirnos todos como chilenos para empujar juntos en una misma dirección, que consiga ese país más justo, solidario, próspero, alegre y humano, que podemos y queremos ser. Necesitamos con urgencia recomponer el tejido social. Violencia, intolerancia o indiferencia, por nombrar algunos, son indicadores de un tejido social que necesita recomponerse.
El tejido social debe ser obra de todos: gobierno, poder legislativo, poder judicial, sociedades intermedias, academia, centros de pensamiento, empresas, etc. Debe integrar, ser inclusivo, confeccionarse siempre cuidando la dignidad de la persona humana y el bien común. También debe evolucionar y ser flexible a las necesidades y desafíos que se presenten. Pero por sobre todo, debe ser y estar sano.
Un primer paso es la necesidad de una identidad y un propósito comunes, como personas iguales en dignidad y miembros de una misma comunidad, que comparte un mismo destino. Como decía nuestro fundador, San Alberto Hurtado, “una Nación, más que su tierra, […] su lengua, o sus tradiciones, es una misión que cumplir. Y Dios ha confiado a Chile esa misión de esfuerzo generoso, su espíritu de empresa y de aventura, ese respeto del hombre, de su dignidad, encarnado en nuestras leyes e instituciones democráticas”.
Es necesario entender que el verdadero bien común es el bien de todos y cada uno de nosotros. Para eso, cada uno tendremos que tener una disposición (porque requiere de una acción personal) de reencontrarnos como hermanos de un mismo país, salir al encuentro del otro, lo que el Papa Francisco llama la “cultura del encuentro”, donde “se necesita un diálogo paciente y confiado, para que las personas, las familias y las comunidades puedan transmitir los valores de su propia cultura y acoger lo que hay de bueno en la experiencia de los demás”. Recientemente los obispos de Chile plantearon que este nuevo período “exige una renovada generosidad y capacidad de diálogo”, especialmente de quienes actúan “en la vida pública y política”.
Lo sabemos, hay mucho trabajo por delante. Como decía en mi última columna, no podemos estar tranquilos mientras sigan habiendo “compatriotas excluidos de este desarrollo humano integral” al que todos aspiramos y del cual todos debemos hacernos cargo. Desde la empresa, como parte de la sociedad civil, podemos y tenemos mucho que aportar en este proceso de reencuentro y de transformación social positiva. La empresa, en cuanto “sociedad pequeña”, es una comunidad de personas, por lo que no sólo debe ocuparse del desarrollo material de sus integrantes, sino que también cultural y espiritual; y eso requiere propiciar espacios de diálogo y fraternidad. Así nos sentiremos parte de un todo, con un mismo propósito.
Desde USEC, queremos renovar “con más fuerza nuestro compromiso por promover la gestión de empresas centradas en la persona, representada por todos los públicos interesados en la propia empresa”. Debemos fomentar al interior de la empresa la participación e impulsar el desarrollo integral de los colaboradores y sus familias. No sólo debemos ofrecer bienes y servicios que realmente sirvan, sino que también debemos dar trabajo digno, que promueva el crecimiento de los colaboradores; y crear y distribuir riqueza material, cultural y espiritual, con justicia, considerando siempre a los más necesitados y sin olvidarse del cuidado del medioambiente. De esta forma, estaremos contribuyendo desde la empresa a la recomposición del tejido social.
*Francisco Jiménez Ureta, presidente USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos
