Este 8 de febrero se cumplieron 14 años de la muerte de Luis Alberto Spinetta. Una muerte temprana. Y digo temprana no sólo porque falleció con apenas 62 años recién cumplidos (una edad baja para los estándares actuales de esperanza de vida en la región) sino sobre todo porque se fue aún teniendo mucho que decir y crear.
Spinetta fue un crack. Un genio, en el sentido más amplio de la palabra. Capaz de emocionar íntimamente con melodías acústicas, y de hacer vibrar estadios completos con pesados riffs eléctricos. Pocos músicos han logrado transitar con tanta naturalidad entre la introspección y la potencia.
Para muchos, el flaco Spinetta es simplemente el autor de “Muchacha ojos de papel”. Y aunque esa canción bastaría para asegurarle un lugar en la historia, reducirlo a eso es perderse a un gran artista. Su riqueza musical fue inagotable: exploró el blues, el rock, el folk, el jazz y la experimentación más libre, dominando cada lenguaje con una proeza poco común. No fue un músico encasillado; fue un creador en permanente movimiento.
Además, fue una suerte de padre simbólico para una generación completa de músicos que emergió a fines de los 70 y durante los 80. Es cierto: no estuvo solo. Para que no se me enojen los puristas, debo mencionar también a Litto Nebbia, Moris, Tanguito y Pappo, entre otros. Pero Spinetta dejó una huella mayor. Por algo terminó compartiendo discos, escenarios y canciones con figuras como Charly García o Fito Páez. De hecho, una escena memorable de la serie de Netflix sobre Fito retrata el primer encuentro entre ambos, al azar y en plena calle: “¿Vos sos vos? ¿Y vos sos vos?”. Ese acto fortuito fue el inicio no sólo de una profunda amistad, sino de una colaboración que ayuda a entender el fulgor irrepetible de esa generación dorada del rock argentino.
En medio del caos del “sexo, drogas y rock and roll” —tan bien resumido por otra serie de Netflix, Rompan todo, en honor a un tema homónimo de Charly García— Spinetta fue, paradójicamente, un personaje disruptivo y alejado del estereotipo: se casó, fue padre joven y logró compatibilizar la vida familiar con la creación artística y las giras. De hecho, en un documental de National Geographic sobre su vida hay una escena reveladora: Luis Alberto le pregunta a su madre si él ha sido un buen argentino. Nada más lejos de la caricatura del rockero anárquico e iconoclasta, ¿no?
Pero si su música fue provocadora, sus letras lo fueron aún más. Durante estos años me he dedicado a escuchar muchos de sus discos con atención, y todavía me cuesta entender varias de ellas. Por algo se han escrito libros enteros al respecto. Y como estamos en verano, recomiendo especialmente “POR. Lecturas y escrituras de una canción de Luis Alberto Spinetta”, de Eduardo Berti. El libro es una maravilla —hasta incluye un juego de trivia—, ya que el autor se aboca a la difícil tarea a desmenuzar la canción “Por”, una enigmática pieza que que no tiene oraciones ni lógica aparente, sino puras palabras sueltas. De hecho, comienza así: “Árbol, hoja, salto, luz / aproximación / Mueble, lana, gusto, pie / té, mar, gas, mirada”.
El análisis de Berti se los dejo a ustedes. Yo sólo agrego el mío: en “Por” nada está al azar. Cada palabra importa por su significado y su fonética. De alguna forma, es como estar presenciando un cuadro de pintura abstracta: si está bien pintado, el todo es armónico. Acá también. Y todo suena dónde y cómo tiene que sonar.
Hace algunos años Bob Dylan recibió el Nobel de Literatura, el primero otorgado a un músico. Sin exagerar, creo que Spinetta podría haberlo merecido con la misma lógica. Porque el flaco fue mucho más que un músico: fue un poeta que habló del tiempo y del espacio, de historia, de crítica social y sobre todo, de lo abstracto. Cuánto nos falta hoy de esa profundidad sin estridencia. En este fecha, sólo nos queda decir: “¿Quién le dio al pequeño Dios el centro gris del abismo?”

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