Señor Director:
Leo con atención la carta de la señorita Depablos y, aunque aprecio su perspectiva sobre la prolongación de la guerra en Ucrania, me permito disentir en varios puntos que considero esenciales para comprender la naturaleza del conflicto. No es un desacuerdo trivial, sino uno de fondo: la caracterización de Volodímir Zelenski como un actor que se aferra a su protagonismo ignora las verdaderas dinámicas de poder en juego y reduce a una mera cuestión personal lo que, en realidad, es una disputa geopolítica con profundas implicaciones para el orden internacional.
En primer lugar, la idea de que el conflicto ha sido extendido artificialmente por la voluntad de ciertos actores, en particular Zelenski y los gobiernos occidentales, omite el hecho central de esta guerra: la invasión rusa. No fue Ucrania quien desató la ofensiva militar en 2014 con la anexión de Crimea, ni en 2022 con la invasión a gran escala. No fue Ucrania quien violó los acuerdos internacionales que garantizaban su integridad territorial, ni quien rompió la promesa de respeto a las fronteras que Rusia mismo había suscrito en el Memorándum de Budapest de 1994.
Bajo esta premisa, preguntarse por qué Ucrania sigue resistiendo es similar a cuestionar por qué una nación ocupada por fuerzas extranjeras decide luchar en lugar de rendirse. Es cierto que la guerra ha traído devastación, y que hay sectores que han lucrado política y económicamente con ella, pero eso no cambia el hecho fundamental: los ucranianos pelean porque la alternativa es la sumisión. Es fácil sugerir una paz negociada cuando no se es el país que se juega su soberanía en la mesa.
Segundo, la idea de que Zelenski persigue un protagonismo desmedido es, en el mejor de los casos, una simplificación. Si bien su imagen ha sido clave para mantener el apoyo occidental, y su liderazgo ha sido en buena medida mediático, reducir su papel a una cuestión de vanidad es no entender la naturaleza de los conflictos modernos. La guerra en el siglo XXI no solo se libra en los campos de batalla, sino también en la percepción pública. La narrativa es parte del conflicto, y en ese sentido, Ucrania ha logrado resistir en buena medida porque ha sabido articular su relato con eficacia. Rusia, en contraste, ha tenido que depender de la represión interna y el control informativo para sostener su versión de los hechos.
Pero más allá de Zelenski, está la voluntad del pueblo ucraniano. No son soldados mercenarios ni marionetas de Washington los que defienden Járkov, Bajmut o Avdíivka. Son ciudadanos que decidieron quedarse y luchar. Presentar la resistencia como un capricho de su presidente es desconocer la voluntad de una nación que ha demostrado, con sangre y sacrificio, que prefiere la incertidumbre de la guerra a la certeza de la ocupación.
Un tercer punto crucial es el enfoque sobre la paz. Decir que la guerra se prolonga porque Zelenski se niega a negociar parte de su territorio es una falacia. Si la paz dependiera únicamente de la disposición ucraniana a ceder, entonces la cuestión central sería: ¿qué tan legítimo es exigir a una nación soberana que renuncie a su territorio para satisfacer las ambiciones de un invasor? La historia nos ha enseñado que tales concesiones rara vez conducen a la estabilidad. No lo hicieron con los Sudetes en 1938, ni con Finlandia en 1940, ni con Georgia en 2008. Todas esas “paz negociadas” solo condujeron a futuras agresiones.
Por último, la idea de que Occidente ha utilizado a Ucrania como un simple peón en su estrategia contra Rusia tiene parte de verdad, pero no en el sentido que muchos creen. No cabe duda de que Washington y sus aliados han usado el conflicto para debilitar a Moscú, pero la historia demuestra que cualquier imperio siempre ha intervenido en conflictos de terceros en función de su propio interés. Lo que diferencia esta guerra de otras intervenciones geopolíticas es que, en este caso, hay una nación que ha demostrado que su resistencia no es artificial ni impuesta, sino real y sostenida.
Si de algo ha servido esta guerra, es para desnudar el gran fracaso del enfoque ruso: en su intento de someter a Ucrania, Putin ha hecho exactamente lo que decía querer evitar. Ha fortalecido a la OTAN, ha empujado a Finlandia y Suecia a unirse a la alianza, ha obligado a Europa a reducir su dependencia energética de Moscú y ha convertido a Ucrania en un bastión anti ruso para las próximas generaciones.
Entonces, no es cierto que la guerra persista porque Zelenski se aferra a su papel. Persiste porque el Kremlin sigue apostando a la destrucción como su única herramienta de poder. Persiste porque los ucranianos han decidido que su país no es negociable. Persiste porque cualquier nación, cuando es invadida, tiene el derecho inalienable a defenderse.
Por José Alberto León, Director de Proyectos Fundación internacional Bases

Excelente, certero y objetivo
Coincido …. Muy claro y deja sin argumentos la postura inentendible contraria ….
Gracias muy buen punto de vista