Señor Director:
En mi anterior carta aquí en El Líbero, expliqué que el matrimonio conlleva beneficios de vital importancia, tanto para las personas que lo contraen, para los hijos, frutos de esa unión, y para la sociedad en general, mientras que la convivencia solo genera mayores tasas de depresión, ansiedad, inestabilidad emocional y perpetúa el hedonismo e individualismo.
Relacionado a ello, quiero profundizar en las cifras entregadas por el Instituto Nacional de Estadísticas respecto a la crisis de natalidad que enfrenta el país. Solo en el primer trimestre de 2025 nacieron 36.984 niños, una baja del 10% respecto a 2024 y casi 11.000 menos que en el mismo periodo de 2022. Aún más graves son las cifras de marzo. Solo 12.654 nacimientos, un 8,9% menos que el año anterior.
Pero seamos honestos. Esto no debería ser ninguna sorpresa, sin embargo, las autoridades reaccionan asombradas como si no supiesen que 1 + 1 es igual a 2. En 2017 se registraron 219.186 nacimientos. Mismo año en que se aprobó, después de tanto empujarlo los mismos que hoy gobiernan, la ley de aborto en 3 causales. Si la tendencia del primer trimestre se mantiene, eso significaría que este año se registrarían cerca de 145.000 nacimientos. Una reducción del 32% en solo 8 años y 37% en una década.
La verdad es que mientras la gente siga votando por políticos progresistas (ya sean de izquierda, como es más usual, o de derecha, como son Chile Vamos) proyectos como aborto libre, eutanasia, matrimonio homosexual y otros, se seguirán impulsando y lo único que generarán es la destrucción de nuestra sociedad. No es un tema de “religiosidad”, ni de “homofobia” o “ser anticuado”. Es un tema de sentido común, de resultados históricos y de realidades demográficas y sociológicas.
Hace casi un siglo, el antropólogo J.D. Unwin estudió 86 civilizaciones a lo largo de 5.000 años de historia y concluyó que las sociedades que restringieron el sexo antes del matrimonio y privilegiaron la monogamia estable, canalizaron esa energía hacia la ciencia, el arte, la educación y el orden civilizacional. En cambio, aquellas que normalizaron la promiscuidad, el sexo sin compromiso y la destrucción del matrimonio, terminaron en decadencia, desorden, fragmentación y finalmente, desaparición. Chile está repitiendo ese mismo patrón. Estamos sacrificando el futuro por la gratificación inmediata.
El problema del progresismo es hacernos creer que podemos alcanzar el progreso siendo esclavos de nuestros deseos y viviendo para satisfacer el placer. Pero la verdad es que sin disciplina moral y sacrificio, no existe verdadero progreso.
Pablo Ortiz Herrera – Periodista, autor, comunicador y emprendedor

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