Señor Director:
En los últimos días se viralizó en redes sociales un estudio que afirma que las langostas sienten dolor. A partir de eso, algunos países ya comenzaron a proponer cambios legales para evitar que sean hervidas vivas al cocinarlas. El propio gobierno británico las categorizó como “seres sintientes”, tras informes encargados a la London School of Economics. Y en Estados Unidos, estados como California, a través de su código de pesca y la legislación federal sobre aves migratorias, sancionan el daño a ciertas especies protegidas: destruir huevos, nidos o crías puede implicar altas multas e incluso cárcel por varios años.
Mientras elevamos el estándar moral para proteger animales —y llenamos nuestras ciudades de espacios “pet friendly”— el valor de la vida de nuestros hijos se relativiza, al punto de poner en duda si un bebé en el vientre es o no un ser humano.
La ciencia es clara. La vida humana no comienza en un punto arbitrario definido por la ley o la opinión, sino en la concepción. Ahí surge un organismo nuevo, con identidad genética propia, distinto de la madre y del padre, que inicia un desarrollo continuo, coordinado y autónomo. No es una potencialidad. Es un proceso en curso. Y sin embargo, en vez de asumir esa realidad, la relativizamos, cambiando el foco: ya no se discute si es vida, sino si es “persona”; no importa si es humano, sino si es “sintiente”.
Mientras endurecemos sanciones por dañar un nido o un huevo de una especie protegida, seguimos ampliando marcos legales que permiten eliminar una vida en gestación. Como bien lo dijo G. K. Chesterton, donde hay adoración animal, hay sacrificios humanos. Y cuando una sociedad da vuelta su escala de valores, pasan tragedias como la de Ángel.
Un niño de cuatro años asesinado, hace unas semanas, por su propia madre en Argentina, pese a existir antecedentes previos de maltrato. Este caso expone, una vez más, los peligros de la ideología progresista instalados en nuestros sistemas judiciales, que termina distorsionando prioridades y debilitando la protección de los más indefensos.
Edmund Burke afirmaba que la sociedad es un pacto entre los vivos, los muertos y los que están por nacer. G. K. Chesterton nos advertía que cuando la gente deja de creer en Dios, no es que deje de creer en algo, sino que termina creyendo cualquier cosa. Si algo nos deja claro el sistema judicial mundial, es que podemos asesinar a bebés en el vientre y no pagar ninguna consecuencia, pero pobre de a quien se le ocurra hacerle daño a los animales, porque podrá pagar con su libertad. Efectivamente, la sociedad dejó de creer en Dios y comenzó a creer cualquier cosa.
Pablo Ortiz Herrera – Periodista, autor, comunicador y emprendedor

Excelente, muy cierto
Excelente! Falta poco para que establezcan que las lechugas son “sintientes” y les duele cuando son cosechadas. Pero no les importa a esos mismos animalistas extremos lo que sufre un ser humano que podría haber nacido y le destruyen la vida.