Señor Director:
El 18 de julio se cumplió un año desde que el Ministerio de Justicia y de DD.HH. firmara el decreto que proclama el Día de la Reinserción Social.
Tal acierto, se recordó el 23 del presente, con bombos y platillos, en la cárcel de Colina 1. No cabe la menor duda que ello es un avance significativo para un segmento pisoteado y vulnerado por las políticas gubernamentales, legislativas y sociales.
Lo peor y más lamentable es que se ha hecho histórico aceptarlo y ocultarlo.
¡Cuántos políticos habrán preferido mantener el escaño en el Parlamento y su dieta, silenciando los oprobios y torturas de los penados en lugar de oponerse y denunciarlos con voz fuerte y clara!
El Día de la Reinserción Social tiene que marcar un hito de esperanza y compromiso humanitario.
Tendría que ser un recordatorio activo, los 365 días del año, para creyentes, servidores públicos y gente de buena voluntad. Auténtica resistencia para terminar, en el día a día, con los tratos vejatorios, degradantes, indignos y crueles. Las cárceles no pueden continuar siendo para nadie la puerta del cementerio.
La obligación contraída, como país, debería concitar valores, capacidad de tomar conciencia sobre una meta, darse el tiempo, el esfuerzo y la dedicación para lograrla.
No creo en los que manifiestan que la fecha en cuestión, para muchos, sea un aprovechamiento político para salir en los medios o buscar rédito de cualquier índole.
Dejemos a la sabiduría del tiempo para que nos revele las verdaderas intenciones del corazón.
Si hablamos de reinserción lo primero es abocarnos a su significado. Muy pocos son los que están familiarizados con el término. Es necesario conocer sus facetas e implicancias.
Con mirada correcta es un contra sentido la votación mayoritaria en el Congreso respecto a bajar la imputabilidad a los 13 años. Ello hace referencia a la imposibilidad y al fracaso del Parlamento en el campo de la reinserción. Se opta por la violencia, la fuerza bruta y los grilletes en lugar de la esperanza y la recuperación de los niños desorientados o perdidos.
Tampoco convencen quienes votaron en contra. Porque si la preocupación fuera real no tendríamos cárceles inhumanas, ni las pervertidas maniobras en su interior que nos recuerdan -137 años después- las horribles experiencias que describe León Tolstoi en su libro «resurrección”. Somos testigos del partidismo que existe y en tantos casos del poco interés democrático en favor de la patria.
Bueno sería aprender, por decir lo menos, a escuchar a quienes salieron del caos y del abismo y conocer las fuerzas internas y externas que gatillaron el “hoy “de su inserción y su rehabilitación.
Los estragos, a diversa escala social y política, producidos por la ignorancia en estas materias, el desinterés por la marginación y el desprecio por los derechos humanos han tejido un descalabro monumental de inseguridad ciudadana.
Aquí no puede haber espejismos ni retórica libresca. Menos todavía ilusiones, articulaciones emocionales, engañosas o imaginativas.
La reinserción es un viaje de muchos actores que acompañan a los que delinquen para que entren en sí mismos y aprendan que la vida es un tesoro muy valioso y que no hay derecho a desperdiciarla.
Pbro. Nicolás Vial Saavedra – Presidente Fundación Paternitas
