Señor Director:
Durante treinta años la globalización implicó un proceso de integración. Las cadenas productivas se extendieron por continentes, los productos chinos por el mundo, el dólar articuló el sistema financiero y la infraestructura política y militar de Estados Unidos sostenía ese orden. La eficiencia mandaba: producir cada componente donde resultara más barato y conectarlo todo mediante mercados abiertos, logística global y finanzas integradas. Ese mundo no desapareció. Pero está cambiando su arquitectura.
Para entenderlo recurramos a Herbert Simon. Este Premio Nobel observó que los sistemas complejos más resistentes no suelen estar ni completamente integrados ni completamente fragmentados. Son cuasi-descomponibles: están formados por módulos intensamente relacionados internamente, pero conectados de manera más débil con el resto. Si una parte falla, no se destruye el conjunto.
La globalización produjo lo contrario. Optimizó extraordinariamente la eficiencia, pero aumentó también el acoplamiento. Energía del Golfo, manufactura china, tecnología norteamericana, semiconductores asiáticos, transporte marítimo, dólar y mercados financieros terminaron conformando una gigantesca maquinaria mutuamente dependiente. Así, el ataque a Irán terminó encareciendo la energía en Japón, presionando al yen, alterando movimientos de capital hacia EE.UU. y desestabilizando los bonos del Tesoro.
Descubrimos que eficiencia y resiliencia no son lo mismo.
La supuesta “desglobalización” es algo más interesante. Estados y empresas están construyendo redundancias: segundos proveedores, friendshoring, reservas estratégicas, rutas energéticas alternativas, monedas adicionales, oro y sistemas de pago paralelos.
Algunos indicios permiten verlo en tiempo real. Japón, China y Reino Unido redujeron simultáneamente sus tenencias de Treasuries en junio; China las llevó a su nivel más bajo desde 2008. Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos estadounidenses de largo plazo alcanzaron niveles no vistos desde 2007, obligando al Tesoro a duplicar sus recompras de deuda para contener las tensiones de un mercado que debe absorber la gigantesca deuda federal.
Es otra cara de la cuasi-descomponibilidad: cuando una arquitectura excesivamente integrada se tensiona, necesita crear amortiguadores para impedir que el deterioro de un módulo, en este caso el financiamiento fiscal estadounidense, contagie al crédito, las empresas y el resto del sistema financiero. Pero los amortiguadores no eliminan la fragilidad: apenas compran tiempo para reorganizarla. También ocurre en la energía. Frente al cierre de Ormuz, navieras chinas utilizan transferencias de petróleo fuera del Golfo y cargan crudo saudita por rutas alternativas. El estrecho no desaparece: se atenúa su capacidad de paralizar el conjunto.
China aumenta el peso del oro en sus reservas y reduce su exposición a Treasuries. El oro no reemplaza al dólar, sino que proporciona un activo que no constituye un pasivo estratégico frente a otra potencia: otro compartimiento estanco.
EE.UU. busca construir redundancias propias. Entre ellas, las stablecoins. La lógica es poderosa: si los bancos centrales extranjeros diversifican sus reservas, millones de usuarios privados podrían demandar indirectamente deuda estadounidense al utilizar dólares tokenizados. El antiguo circuito soberano del dólar comienza a complementarse así con un reciclaje privado y distribuido.
No estamos avanzando hacia mundos separados, sino hacia módulos parcialmente conectados, con redundancias que permiten seguir cooperando aun cuando algunas conexiones fallen.
Culturalmente ocurre algo semejante. La globalización premiaba la convergencia: mismas prácticas, mismas marcas, mismos estándares y una cultura global relativamente homogénea. Un mundo más modular le asigna valor a la diferencia. Las sociedades se preguntan qué capacidades, instituciones e identidades propias vale la pena preservar. La diversidad deja de ser una dificultad para la integración y se transforma en fuente de resiliencia.
Para Chile, este cambio presenta riesgos evidentes, pero también una oportunidad excepcional.
Sería equivocado escoger entre Washington y Beijing. Nuestra mejor estrategia sería exactamente la contraria: estar profundamente conectados con distintos centros del sistema mundial, pero excesivamente dependientes de ninguno. Eso exige pasar desde una simple apertura hacia una política de opcionalidad estratégica.
Aquí aparece la lógica efectual. Cuando el futuro es predecible, podemos pronosticarlo y asignar recursos al escenario más probable. Pero cuando no sabemos cómo evolucionará el sistema internacional, conviene partir desde los medios que ya poseemos y construir con ellos mejores futuros posibles.
Contamos con cobre, litio, extraordinarios recursos solares y eólicos, una posición privilegiada sobre el Pacífico, una extensa red de acuerdos comerciales e inserción tanto en Asia como en Occidente.
No necesitamos predecir si el siglo XXI será norteamericano, chino o multipolar. Necesitamos que Chile pueda prosperar en cualquiera de esos escenarios.
Debemos diversificar mercados sin abandonar a nuestros clientes actuales; desarrollar India, Japón, Corea y el Sudeste Asiático sin alejarnos de China; y mantener nuestra relación con EE.UU. y Europa sin convertirla en subordinación estratégica.
Diversificar no significa reemplazar al mejor cliente. Significa poder perder temporalmente un mercado, proveedor o ruta sin perder el sistema.
La misma lógica aplica a infraestructura. Puertos, corredores bioceánicos, cables submarinos, data centers, transmisión y almacenamiento energético no son solamente proyectos de inversión. Son componentes de una arquitectura nacional de resiliencia. La independencia energética no es únicamente política climática: es también desacoplamiento estratégico.
Hace poco, el ministro de Defensa, Fernando Barros, lo expresó directamente: “Chile no es el patio trasero de nadie”. La frase contiene una intuición estratégica más profunda que su coyuntura inmediata. No significa equidistancia mecánica ni neutralidad frente a todo, sino algo más exigente: conservar capacidad de decisión propia.
Chile nunca podrá imponer las reglas del sistema internacional. Pero sí puede rediseñar inteligentemente su posición: comerciar intensamente con China sin capturas; cooperar con EE.UU. sin subordinarse; y profundizar vínculos con India, Europa, Japón, Corea y América Latina sin convertir cada relación en una definición identitaria.
Durante décadas confundimos optimización con fortaleza. En el nuevo mundo, cierta redundancia tiene costo, pero también valor de opción. Pensemos entonces la estrategia de Chile así: conectado, pero no capturado; abierto, pero no indefenso; difícil de desacoplar de cualquiera y capaz de desacoplarse parcialmente de todos.
En un mundo que abandona la integración absoluta, un Chile que no sea “patio trasero” ya no es solamente una afirmación de soberanía. Puede convertirse en una verdadera estrategia de resiliencia nacional.
Gonzalo Jiménez Seminario – CEO de Proteus Management; Governance y profesor adjunto de Ingeniería UC
