Señor Director:
La crisis migratoria que recientemente vivió España en Ceuta fue presentada como un hecho excepcional. Sin embargo, Chile experimentó durante los últimos años su propia versión: una frontera desbordada y un Estado que, durante demasiado tiempo, pareció resignarse a perder el control de quién entraba a su territorio.
Entre 2021 y 2024, miles de personas, principalmente venezolanos, colombianos y de otros países de la región, ingresaron ilegalmente a nuestro país. Mientras las comunidades fronterizas enfrentaban una presión inédita sobre la seguridad, los servicios públicos y la convivencia, desde el mundo político predominaba un discurso que parecía más preocupado de evitar el calificativo de «restrictivo» que de hacer cumplir la ley.
No deja de llamar la atención que mientras España insiste en políticas de regularización masiva para más de un millón de inmigrantes, en Chile también se instaló durante años la idea de que la inmigración irregular podía terminar siendo regularizada de una u otra forma. Las declaraciones de dirigentes y autoridades del gobierno anterior, cuestionando expulsiones o enfatizando casi exclusivamente el enfoque humanitario, contribuyeron a instalar una señal de permisividad. En migración, las señales importan, siendo la realidad la que terminó por desmentir el relato.
En contraste, José Antonio Kast ha sostenido una posición inequívoca: controlar efectivamente las fronteras, impedir el ingreso ilegal y expulsar con rapidez a quienes permanezcan irregularmente en el país o delinquen. Esa postura podrá generar adhesión o rechazo, pero reconoce un principio básico de cualquier Estado soberano: la frontera existe para ser resguardada, no simplemente administrada cuando ya ha sido vulnerada.
Chile es un país abierto a la inmigración legal y al aporte de quienes llegan respetando nuestras normas. Pero una democracia también tiene el deber de proteger sus fronteras y hacer cumplir sus leyes. Confundir solidaridad con permisividad fue un error cuyos costos aún pagan países europeos y muchas regiones de nuestro país. La experiencia de estos últimos años debería dejar una lección que trascienda gobiernos e ideologías: un Estado que renuncia al control de sus fronteras termina perdiendo mucho más que el control migratorio; pierde credibilidad, capacidad de hacer cumplir la ley y, finalmente, la confianza de sus propios ciudadanos. “Toda realidad ignorada prepara su venganza”, nos advirtió sabio, el filósofo José Ortega y Gasset.
Paula Santa María C.

Muy cierto !!!!
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Excelente!