Las muertes
Señor Director:
No es simple pensar en lo que significa la muerte en medio de una pandemia. Hoy estamos amenazados y, por lo mismo, tenemos la mirada nublada de impotencia. Pensar la muerte como un hecho natural, hoy implica asumir que esta se acelera cuando quiere.
Pero la vida es un valor que como especie, simple y normalmente amamos. Y una manera de amar la vida es compartiendo con otros. Llenándonos de buenos momentos, de bombas de oxitocina social que nos hacen estar más receptivos, más disponibles, más cerca unos de otros. Una conducta normal para nosotros, un hábito social en el más puro sentido aristotélico. Este estallido hormonal es además contagioso. Así como lo son los virus.
Las muertes son dolorosas para los vivos. Y más dolorosas son cuando pareciera que pudieron haberse prevenido. Nos da rabia creer que algo no hicimos y que las cosas serían diferentes. Es un conflicto raro el de la muerte, no queremos que mueran nuestros seres queridos, pero lo podemos entender, a veces.
Hoy los equipos médicos batallan por salvar las vidas de sus pacientes, por disminuir la agonía, pero estas suceden sin escapatoria. Un virus nos acecha. Algunas muertes podrían ser entendidas como buenas, porque en general se asocian a la disminución del dolor del paciente, al término deliberado de una vida sin sentido para alguien, esa es la eutanasia (eu-tanatos o muerte buena). Pero en salud pública, hay otras buenas muertes, las que según Michael Osterholm (autor de La amenaza más letal, Planeta 2020) son las que podemos aceptar en medio de una pandemia: aquellas que, siguiendo el ciclo natural de la vida donde por cada nacimiento hay una muerte, son inevitables. Son las vidas por las que igualmente se hizo todo lo que pudimos (abrazando una esperanza, claro) y aun así devinieron en muerte.
Las malas muertes, en cambio, son las que realmente destrozan nuestra racionalidad y queremos rebelarnos contra ellas. Las pudimos evitar y no lo hicimos. Son las muertes que sucedieron por cuestiones irresponsables, como no haber dado crédito a tiempo a los epidemiólogos que nos advirtieron que íbamos a vernos de frente con la muerte apresurada, quitándole la oportunidad de dejar su impronta en el mundo a más de 600 mil personas en el mundo al día de hoy.
Esta pandemia nos enrostró que las malas muertes suceden, y a menudo. Que suceden cuando confiamos en sistemas frágiles cuya debilidad no queremos reconocer, que suceden cuando nos nublamos.
Amar la vida supone abrazar también la acción final de esta: morir. Y no debiéramos aceptar que las muertes sean todas malas, porque hay también buenas muertes como dice Osterholm. Tenerle miedo a la muerte es una cosa, pero tenerle miedo a la vida amenazada de muerte es inaceptable. Urge cuidarla, tomar acciones, y eso significa distanciarse de nuestros hábitos más comunes para que las malas muertes no sigan sucediendo.
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