Señor Director:

El anuncio del Minvu de incorporar por primera vez una línea de financiamiento para Centros Comunitarios de Culto provocó una reacción bastante predecible. Las pancartas, como comentarios, se levantaron en redes sociales con su mensaje de: “Chile es un Estado laico, el Estado no debería financiar espacios religiosos”. Pero el verdadero problema, para los ignorantes, es que laico no significa antirreligioso.

La distinción entre poder político y autoridad espiritual no nació como movimiento en contra del cristianismo. Por el contrario, se desarrolló dentro de la misma fe. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, fueron las palabras de Jesús. Esto dejó un límite claro en la historia. El César no es Dios. Es decir, el poder político no lo abarca todo. Esa diferenciación entre lo temporal y lo espiritual fue desarrollada durante siglos por la tradición cristiana. Luego sus herederos la incorporaron al desarrollo moderno de las naciones, como John Locke y Thomas Jefferson.

Por eso resulta extraño invocar hoy la laicidad para tratar al cristianismo como si fuera un intruso en la vida pública, cuando estas ideas no aparecieron en un vacío ni fueron inventadas por el materialismo, el cientificismo o el nihilismo. Que un Estado sea laico significa que no tiene que imponer una religión. Pero tampoco debería perseguirla, esconderla o actuar como si la fe fuera una anomalía que debiera mantenerse lejos de la vida pública o una amenaza a esta.

Pero lo que realmente preocupa, es que quienes exigen un Estado “sin religión” son los mismos que quieren que ese Estado imponga que un hombre puede convertirse en mujer porque así se identifica, que el sexo puede quedar subordinado a la autopercepción, que terminar deliberadamente con la vida de un hijo antes de nacer puede redefinirse simplemente como “salud reproductiva”, o que cualquier límite de la naturaleza puede desaparecer con solo pensarlo.

No existen políticas públicas sin una visión moral detrás. Toda ley y toda política pública nacen de una cosmovisión. Detrás de ellas siempre hay respuestas a las preguntas fundamentales de qué es el ser humano, qué valor tiene su cuerpo, de dónde provienen sus derechos, qué significa la libertad, qué es una familia, qué está bien y qué está mal. Tal vez el problema nunca fue que la religión entrara en la vida pública, sino qué religión queremos que entre en la vida pública.

Porque, como bien entendió Chesterton, el Apóstol del Sentido Común, cuando el hombre deja de creer en Dios no termina creyendo en nada, termina creyendo en cualquier cosa.

Pablo Ortiz Herrera – Periodista y emprendedor

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