Señor Director:

En junio de este año, el gobierno francés emitió una instrucción para proteger su patrimonio religioso. Según el propio Ministerio de Cultura, la disminución de la práctica religiosa está provocando el abandono de numerosos templos. Y no se trata solamente de Francia. Según Pew Research Center, entre 2010 y 2020 Europa perdió aproximadamente 49 millones de cristianos, mientras que Francia y Reino Unido dejaron de tener mayorías cristianas.

Hace casi cien años, el historiador británico Christopher Dawson había advertido sobre las consecuencias de este fenómeno. En su libro Progress and Religion, publicado en 1929, desarrolló una tesis fundamental: la religión no es simplemente un producto de las grandes civilizaciones, sino uno de los fundamentos sobre los cuales estas se construyen. Y dejó una advertencia que hoy parece profética: «Una sociedad que ha perdido su religión se convierte, tarde o temprano, en una sociedad que ha perdido su cultura». Basta con revisar la historia de Occidente para comprender que nuestras universidades, hospitales, instituciones de beneficencia y concepciones sobre la dignidad humana se desarrollaron basadas profundamente en la cosmovisión cristiana.

Sin embargo, hoy pareciera que hemos aceptado que la religión debe permanecer relegada a la intimidad de las personas. Como si creer en Dios fuera perfectamente aceptable mientras esas convicciones no influyan en la educación de nuestros hijos, nuestras leyes o el debate público. Pero ¿cómo podemos pretender que la religión sea irrelevante para una sociedad que se construyó sobre ella? Si distintas filosofías e ideologías pueden influir en nuestra manera de comprender el bien y el mal, la dignidad humana y nuestras responsabilidades, ¿por qué deberían quedar fuera las convicciones cristianas?

Este 31 de octubre, al conmemorar el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, tenemos una excelente oportunidad para reflexionar sobre el lugar que ocupa la religión en nuestra sociedad. No solamente para reconocer su historia y contribución, sino para recordar que el cristianismo no es una reliquia del pasado ni una opinión personal que deba permanecer encerrada en nuestros templos. Es una parte fundamental de nuestra civilización y debe seguir teniendo un lugar en la construcción de nuestro futuro. No podemos pretender que el cristianismo desaparezca de la vida pública y que nuestra civilización siga en pie. Ninguna civilización puede destruir sus propios fundamentos y esperar sobrevivir.

Pablo Ortiz Herrera – Periodista y divulgador

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