Señor Director:
Durante más de diez años, visité regularmente a un subalterno y amigo en Punta Peuco. Fue condenado, a mi juicio, de forma profundamente injusta. Esa experiencia me permitió conocer desde dentro una realidad que muchos prefieren ignorar: la de hombres que ya no tienen ni memoria, ni movilidad, ni defensa. Hombres seniles, enfermos, solos, que poco a poco han ido muriendo en condiciones indignas, mientras el aparato judicial y político parece mirar hacia otro lado.
Leer a Hannah Arendt me obligó a mirar con más profundidad algunos temas incómodos. Sus ideas sobre el totalitarismo, la responsabilidad moral y la dignidad humana me llevaron a pensar en cómo las sociedades, incluso en democracia, pueden cometer actos crueles bajo el amparo de una aparente justicia. Especialmente, cuando esa justicia se vuelve ciega frente a la edad, la enfermedad y la dignidad del ser humano.
No se trata de justificar hechos del pasado, sino de revisar críticamente el presente. Porque muchos de quienes hoy cumplen condenas fueron juzgados décadas después de los hechos, en procesos discutibles, con pruebas frágiles o directamente sin garantías básicas. La justicia, cuando se aleja del debido proceso, deja de ser justicia.
Arendt, en Eichmann en Jerusalén, hablaba de la “banalidad del mal”: cómo una persona común, sin ser un monstruo, puede actuar con crueldad simplemente por cumplir con una función. Hoy veo algo similar, pero a la inversa: burócratas judiciales, operadores políticos y medios de comunicación repiten una narrativa sin matices, deshumanizando a hombres que, por edad y condición, ya no representan peligro alguno. Esa deshumanización -esa incapacidad de ver al otro como persona- también es banalidad del mal.
No se trata de impunidad. Se trata de humanidad. De reconocer que la justicia no es castigo perpetuo ni humillación terminal. Que la dignidad no se suspende con una condena. Y que el Estado -incluso cuando cree tener la razón- pierde legitimidad cuando olvida el límite entre justicia y revancha.
Desde mi lugar de exmilitar, me duele este trato a mis camaradas. Pero como ciudadano, me preocupa aún más lo que esto dice de nosotros como sociedad. Porque cuando la justicia se vuelve implacable con los débiles, ya no es justicia. Es miedo, resentimiento o poder sin freno.
Arendt decía que el totalitarismo nace cuando los sistemas pierden el contacto con la realidad humana. Quizás sea hora de recuperar ese contacto, aunque solo sea para mirar a un anciano a los ojos y admitir que el tiempo -y la muerte- también pueden ser formas de justicia.
Enrique Gloffka – Oficial de Ejército (r)

«La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo» (Platón).
Durante la tramitación del proyecto de ley para sustituir las penas privativas de libertad a personas condenadas mayores de 80 años se ha argumentado que los requisitos para acceder a este beneficio debieran ser mucho más exigentes en los casos de delitos de lesa humanidad; entre los cuales se ha considerado la obligación de arrepentimiento.
Al respecto pregunto: ¿De qué se van a arrepentir los militares y carabineros absolutamente inocentes que han sido condenados por un “delito imaginario” —como lo es el denominado “secuestro permanente”, sin prueba alguna que los acredite— cuyas sentencias condenatorias constituyen canalladas que claman al cielo?
Por otra parte es preciso destacar que en Chile no hay militares o carabineros condenados por “crímenes de lesa humanidad”: todos lo han sido por delitos comunes tipificados en el Código Penal. Mal podría haberlos en circunstancias que tal clase de delitos fue establecida por la ley 20.357 que entró en vigor el 18 de julio del año 2009.
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Concuerdo con autor y comentario. Me gustó mucho esa frase cuando la aparente justicia se ensaña con los débiles, sobre todo cuando esa misma corte suprema, con minúscula, fue débil y cobarde respecto del gobierno militar, también lo fue así durante el gobierno de Ibañez y en muchos otros tiempos de nuestra historia, excepto durante la UP, siempre alineados con el poder, con ser cobardes, pusilanimes y prevaricadores