Señor Director:
Los que rondamos los 50 años hemos tenido la suerte (o quizás la desgracia) de ser testigos presenciales de acontecimientos o hitos históricos muy relevantes, tanto a nivel nacional como planetario. Vivimos el golpe militar chileno (en mi caso con apenas 3 años de vida), luego un largo período militar (dictadura en lenguaje políticamente correcto), recesiones económicas enormes (como la de 1982 en Chile), terremotos, inundaciones impresionantes, cuasi guerras (1978 Chile-Argentina), la derrota de Pinochet el 88, la caída del muro de Berlín, el colapso brutal y dramático de la URSS… y así podría seguir.
Ahora, asistimos al colapso de Chile, un colapso que irá mucho más allá de la economía.
Es la derrota de la racionalidad, de los hechos, de lo que podríamos llamar verdad. Estamos frente a un cambio brutal y no me refiero solo al proceso constituyente… sino a un cambio de paradigma moral. Estamos frente a la victoria de la violencia por sobre la civilidad y no porque un grupo menor de encapuchados imponga su ley por sobre la ley de todos, me refiero a esa enorme cantidad de chilenos que los aplaude, comprende, justifica o simplemente calla al respecto.
El país se jodió para siempre (siempre en términos de muchos años por delante), pues ha quedado establecido con total claridad que la violencia es válida para conseguir lo que se quiere, que el fin sí justifica los medios y que la modernidad (RRSS) está al servicio de la ignorancia, una ignorancia abrumadora y aplastante.
