Publicado el 25 de noviembre, 2019

Sergio Muñoz y la crisis: «Ha habido adultos que en colegios, la TV, el Congreso y sindicatos, han actuado como adolescentes»

Autor:

Mariela Herrera

«Renuncian a su condición de adultos, tratan de no contradecir a los muchachos, disimulando el miedo a veces, creyendo que al final ganarán sus simpatías. Hasta algunos rectores universitarios han actuado así», asegura el intelectual cuyas columnas durante la crisis han sido destacadas de manera transversal.

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Mariela Herrera

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Defender la democracia, mantener una línea clara para condenar la violencia y llamar a la unidad de las fuerzas políticas para salir de la crisis que afecta al país por más de un mes. Esos han sido los principales pilares de la columnas y cartas que ha escrito el analista político Sergio Muñoz Riveros y que han sido celebradas transversalmente.

Con textos como «Lo primero es defender la democracia», en El Líbero; «El objetivo fue hundir a Chile» en La Tercera, y «Cuando se juega con fuego» en El Mercurio, Muñoz se ha convertido en una de las voces más respetadas en el momento de mirar en profundidad la «explosión antisocial y social».

En entrevista con El Líbero, el intelectual -que militó en el PC hasta mediados de los 80 y hoy es un férreo defensor de la democracia- desmenuza el actuar de la dirigencia política, analiza el fenómeno de las movilizaciones y advierte: «La calle ha sido convertida en una especie de diosa que indica el camino de la luz. Es un caso de superstición que anula la capacidad. Hay que desconfiar de cualquier forma de exaltación de la irracionalidad (…). La calle puede cambiar de signo».

Y subraya: «La coherencia democrática se prueba en el respeto de las normas pactadas cuando están gobernando los adversarios, del mismo modo que la coherencia en materia de derechos humanos se prueba cuando somos capaces de defender a quienes no piensan como nosotros», señala. Además urge a los diferentes sectores para que superen sus dificultades. «Tenemos que ser generosos y unir fuerzas para sacar a Chile adelante».

-A través de sus columnas y cartas -que han sido destacadas de manera transversal- usted ha medido el pulso a esta crisis. A más de un mes de los ataques a Metro. ¿Cómo podemos mirar lo que está ocurriendo hoy? ¿La democracia está o no a salvo… parafraseando una frase de sus columna?

-Lo que hemos vivido desde el 18 de octubre no se compara con ninguna otra experiencia de nuestro país. Fue un ataque a mansalva a nuestra convivencia, es decir a los fundamentos del régimen democrático. Chile no estaba en crisis en septiembre; hoy sí lo está, y costará que vuelva al punto en que se encontraba. En algún momento, sabremos qué fuerzas oscuras se movieron para provocar este inmenso retroceso, porque eso es lo que ha producido, un retroceso económico, social, laboral, de seguridad, etc. Mucha gente bienintencionada creyó que esta era una oportunidad para mejorar su situación, pero ya hemos visto cómo sus reclamos fueron instrumentalizados por los que desprecian la democracia y fomentan el odio. No es el llamado estallido social el que ha dejado huella, sino el estallido antisocial, la barbarie metódica llevada a cabo por grupos anarquistas, ultraizquierdistas y ligados al narcotráfico, que ha causado perjuicios gigantescos a la comunidad y ha levantado una espesa nube de inseguridad sobre el futuro. Miles de compatriotas han perdido sus empleos. Miles de pymes se fueron al suelo. Tenemos hoy un país más desigual y con nuevas necesidades. Todo será más difícil en adelante.

Mucha gente bienintencionada creyó que esta era una oportunidad para mejorar su situación, pero ya hemos visto cómo sus reclamos fueron instrumentalizados por los que desprecian la democracia y fomentan el odio».

Yo no sé si la democracia está a salvo. Se ha demostrado que lo peor puede estar a la vuelta de la esquina. Lo que sí sé es que hay que defender la democracia resueltamente, sin flaquezas como las que hemos visto entre no pocos parlamentarios. Lo primero es salvar el Estado de Derecho que hace posible el pluralismo y la alternancia en poder.

-En su libro «A partir de la UP. El aprendizaje democrático», del año 2013, usted señala: «Fue muy alto el costo de la pérdida de la democracia como para no enfrentar la génesis de ello». ¿A su juicio hoy estamos viendo el nacimiento de algo que pone en peligro la democracia?

-Llevo la marca de la tragedia de 1973 en el corazón, como tantos chilenos, y precisamente por eso es que mi anhelo más profundo es que no perdamos de nuevo la democracia. Eso significa rechazar sin vacilaciones la violencia y el lenguaje de odio que incita a ella. Hace 46 años, por ceguera ideológica, por falta de coraje para enfrentar a los extremistas de izquierda y derecha, los líderes políticos de entonces no fueron capaces de salvar las libertades, y fue horroroso el costo que pagamos. Tenemos que impedir a toda costa que surja en Chile otra dictadura, del signo que sea. Ojalá podamos explicar a tantos jóvenes confundidos que nada es peor que la pérdida de las libertades que ellos dan por aseguradas. En realidad, nunca están suficientemente seguras. Está demostrado que los pueblos pueden tropezar dos veces en la misma piedra.

Con el paso de los días, me convenzo cada vez más de que la única coalición válida en esta hora es la que podría llamarse «la coalición de los sensatos», que no es otra cosa que el acuerdo transversal, más allá de las actuales divisiones partidistas, y que debe estar inspirado por un firme espíritu republicano, con el fin de salvar la paz, la libertad y el derecho. Aún estamos a tiempo.

Creer que ‘un poco de violencia’ ayuda a conseguir mejores condiciones de vida es una muestra de enorme inconciencia sobre lo que puede representar el derrumbe de la legalidad y el establecimiento de la ley del más fuerte».

-Usted militó en el Partido Comunista, estuvo preso en los 70, tuvo que salir al exilio, conoce de primera mano cómo se manejan los partidos de izquierda y también las dictaduras. ¿Qué elementos ve hoy que observó en esos años?

-Hace más de 30 años que dejé de integrar las filas del PC. Desde entonces, no tengo partido. He pensado en todo caso en cómo habría actuado el partido al que pertenecí en las difíciles circunstancias de hoy. Aquel partido había hecho un aprendizaje sólido sobre el valor de las libertades, lo que lo llevó a enfrentarse con los ultraizquierdistas de entonces. Recuerdo que en 1969, cuando gobernaba el Presidente Frei Montalva, el Regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux, se acuarteló para presionar al gobierno por mayores recursos para el Ejército, lo que algunos presentaron como una especie de huelga militar, pero que fue un acto de insubordinación de inocultable signo golpista: el PC de entonces, liderado por Luis Corvalán, no dudó ni un instante en movilizar sus fuerzas en defensa de la democracia, y por lo tanto en apoyo de Frei. La CUT de entonces, que era muy poderosa y estaba encabezaba por el dirigente comunista Luis Figueroa, se jugó por las libertades. Ojalá el PC de hoy no dudara respecto de la necesidad de proteger la continuidad constitucional. No tiene nada que ganar con una ruptura, que sería catastrófica para Chile.

-¿Considera que las nuevas generaciones no valoran la democracia? ¿Por qué? Hay encuestas que muestran que un porcentaje importante valida la violencia para hacer valer sus demandas…

-El dato más inquietante que puso en evidencia esta crisis es, efectivamente, que muchos jóvenes muestran un agudo déficit de formación cívica, vale decir, de conciencia de que viven en comunidad y por lo tanto bajo ciertas reglas que nos obligan a todos. Son las normas de la democracia, en cuyo núcleo está la exclusión de la violencia en la disputa por el poder. Creer que «un poco de violencia» ayuda a conseguir mejores condiciones de vida es una muestra de enorme inconciencia sobre lo que puede representar el derrumbe de la legalidad y el establecimiento de la ley del más fuerte. Es como si esos jóvenes creyeran que la violencia no los tocará directamente. Deberían saber, por lo menos, que luego de la violencia de los aficionados sobreviene habitualmente la violencia de los profesionales. Tienen que entender que los derechos deben ir de la mano de los deberes. Lo otro es la selva. Algunos jóvenes, que no han tenido contención ni en el hogar ni en la escuela, parece que se imaginan una sociedad sin policía, o sea sin Estado. ¿Y cómo sería eso? No existen las sociedades anarquistas. Antes de que ello ocurra, surgen las dictaduras. Y los jóvenes deberían aprender, por lo menos, a diferenciar entre democracia y dictadura. Pero, hay algo más. En estos días de prueba, ha habido algunos adultos que, en los colegios y en la TV, en el Congreso y en las organizaciones sindicales, han actuado como adolescentes que recién descubren el mundo, como rebeldes arrebatados por la pasión revolucionaria. En realidad, renuncian a su condición de adultos, tratan de no contradecir a los muchachos, disimulando el miedo a veces, creyendo que al final ganarán sus simpatías. Hasta algunos rectores universitarios han actuado así.  Ha sido poco edificante.

Son inaceptables las violaciones de los DD.HH. de este período, y deben ser sancionadas con arreglo a las leyes vigentes. Del mismo modo, son inaceptables las agresiones a los carabineros, y la campaña de odio llevada adelante por quienes copian los lemas de las mafias del narcotráfico contra la policía».

-También se ve una relativización del sistema en los dirigentes políticos. En su reciente columna usted señala: «Es gravísimo que una parte de la izquierda parlamentaria se haya jugado por crear la máxima inestabilidad y, en definitiva, derribar al gobierno». ¿Cómo se entiende eso?

-Está dicho en la cita. Es gravísimo, y esa parte de la izquierda tendrá que evaluar con la cabeza fría si quiere ser asociada con la fractura de la institucionalidad o con el esfuerzo por sostenerla y mejorarla. Vienen elecciones municipales en octubre del próximo año, incluso se ha programado un plebiscito para abril. ¿Queremos que los ciudadanos se pronuncien libremente? ¿Queremos reafirmar la tradición de votar con plenas garantías para todos? Ese es el punto de definición. Y por lo tanto, lo único que sirve a todos los sectores, a todas las corrientes, es asegurar que no se interrumpa la continuidad constitucional. Necesitamos respirar profundo y cooperar entre nosotros.

-Si la izquierda sufrió las consecuencias de la dictadura, ¿por qué cree que ha costado tanto que de manera unánime defiendan la institucionalidad?

-La izquierda de los años de Allende pagó muy caro sus errores. Ojalá no lo olviden sus continuadores. Por desgracia, alguna gente del PS parece creer que, para validarse ante cierta izquierda intensa, necesita echarle leña al fuego, como es el caso del diputado Jaime Naranjo, un político ya veterano, que fue senador antes, y que firmó la acusación constitucional contra el Presidente que prepararon el PC y el FA. En contraste con eso, es meritorio que la senadora Isabel Allende, ex presidenta del PS, haya dicho que los presidentes elegidos democráticamente deben cumplir su período. Es mejor que no haya ambigüedades en esta materia.

-Siempre se habla que la izquierda tiene ciertos complejos en el momento de ser firmes con la seguridad y el orden. ¿Cuánto cree que eso ha afectado en esta crisis?  

-Es preferible no detenerse en las consideraciones que han estado detrás de las actitudes ambivalentes de este período, y pensar mejor que, en el mes transcurrido, y con las evidencias que existen sobre los estragos causados por la agresión a nuestra convivencia, la izquierda democrática pondrá buena voluntad para colaborar en la compleja tarea de recuperar el orden público y dar seguridad a la población. Eso será valorado por la gente que ha estado observando el comportamiento de todas las fuerzas políticas. Me refiero a esa inmensa mayoría que, en ciertos momentos, ha visto con horror expresiones de barbarie como las de las iglesias saqueadas y quemadas. Hay muchas necesidades sociales que atender, pero eso solo será posible si defendemos la democracia. Y la democracia tiene derecho a defenderse.

La estabilidad y la gobernabilidad deben defenderse sin cálculos menores. Tenemos que ser generosos y unir fuerzas para sacar a Chile adelante».

-¿Cree que una nueva Constitución, la agenda social, la reforma tributaria, y otros acuerdos son pasos para descomprimir y poder salir de estos complejos momentos? ¿Se verán sus resultados en «la calle»?

-Confío en que la firma del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, así como los acuerdos sobre la reforma tributaria y las pensiones, marquen un punto de inflexión en la relación entre las fuerzas de gobierno y de oposición. El país valora el esfuerzo de convergencia que ha habido porque representa la vuelta de la política, y por ende, del esfuerzo por establecer acuerdos de colaboración en bien del país. Hay que pensar en Chile, eso es lo decisivo. En particular, la DC, el PS, el PPD y el PR tienen la responsabilidad de ser coherentes con su trayectoria en los últimos 30 años, en la que defendieron claramente los procedimientos de la democracia representativa. Si se impone entre nosotros, la corrosiva idea de que si están gobernando los adversarios, hay que hacerles la vida imposible, significa envenenar la vida política y hacer imposible la gobernabilidad. El país progresó gracias a los acuerdos de buena fe. Siempre habrá competencia, pero debemos cuidar la casa común en la que es posible la competencia. Se puede afirmar incluso, que la coherencia democrática se prueba en el respeto de las normas pactadas cuando están gobernando los adversarios, del mismo modo que la coherencia en materia de derechos humanos se prueba cuando somos capaces de defender a quienes no piensan como nosotros.

Son inaceptables las violaciones de los DD.HH. de este período, y deben ser sancionadas con arreglo a las leyes vigentes. Del mismo modo, son inaceptables las agresiones a los carabineros, y la campaña de odio llevada adelante por quienes copian los lemas de las mafias del narcotráfico contra la policía. No es posible defender consecuentemente los DD.HH. y, al mismo tiempo, actuar contra la democracia.

-Tras más de un mes de crisis ¿quién es «la calle»? ¿Fue en algún momento una manifestación «familiar y pacífica» y luego mutó en otro fenómeno? ¿Fue arrebata por grupos más violentos? ¿O siempre fue una mezcla de eso y más?

-La calle ha sido convertida en una especie de diosa que indica el camino de la luz. Es un caso de superstición que anula la capacidad. Hay que desconfiar de cualquier forma de exaltación de la irracionalidad. La sociedad es mucho más que una marcha o una manifestación. El país tiene una larga historia de marchas y manifestaciones que en su momento emocionaron a los participantes y fueron descritas como hitos históricos. Hay que tener cuidado. La calle puede cambiar de signo. El fascismo demostró gran habilidad para organizar demostraciones callejeras que sugestionaran a una parte de la sociedad y amedrentaran a la otra. Las liceanas que el miércoles 20 interrumpieron alegremente el tránsito en Providencia con Carlos Antúnez, gritando lemas agresivos, no tienen conciencia alguna del abuso que cometen y del riesgo que corren ellas mismas. Hay, vuelvo a decirlo, una enorme tarea para ayudar a los jóvenes a tener conciencia de los límites, para que no sean instrumentalizados por los fanáticos. El país necesita jóvenes que ayuden a tener un mejor país, y que entiendan que siempre es posible que sea peor.

-¿Cómo evalúa hoy la figura del Presidente Sebastián Piñera? ¿Valora los pasos que ha dado en este mes?

-El Presidente Piñera puede ser criticado por diversas razones, pero reconozcamos que debió enfrentar una prueba que no le había tocado a ninguno de sus antecesores desde 1990. Las características de esta crisis habrían puesto en apuros a cualquier gobernante, sobre todo cuando nos hemos enterado de las carencias del Estado en materia de seguridad. Creo que ha habido un empeño del Mandatario por buscar soluciones a las necesidades en materia de pensiones, salario mínimo y atención de salud. Por encima de cualquier diferencia, hay que ayudar al gobierno a superar las actuales dificultades. La estabilidad y la gobernabilidad deben defenderse sin cálculos menores. Tenemos que ser generosos y unir fuerzas para sacar a Chile adelante.

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