Publicado el 16 octubre, 2020

Sergio Muñoz Riveros: “Una de las peores herencias del 18-O es el deterioro de la lealtad con la democracia por parte de los parlamentarios”

Autor:

Mariela Herrera

El analista político fue una de las principales voces que se alzaron tras el estallido, para condenar la violencia y llamar a cuidar la democracia. Un año después , dice estar más convencido de que se trató de un plan antidemocrático para derribar al gobierno. “Lo que me parece valioso es que más gente que hace un año entienda que la violencia es un problema político central, no lateral, y que si no resolvemos eso, todo está en duda y Chile puede entrar en una etapa muy oscura”, subraya.

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Mariela Herrera

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Su libro “La democracia necesita defensores” (Ediciones El Líbero), fue uno de los primeros textos en analizar el estallido y los hechos que siguieron tras el 18 de octubre. Un año después de esa fecha, el analista político Sergio Muñoz Riveros sostiene que su tesis, sobre el ataque al sistema democrático para desestabilizar al gobierno del Presidente Sebastián Piñera, lo tiene más convencido que nunca.

En entrevista con El Líbero cuestiona el rol que han jugado los partidos políticos en este período. Ha habido mucha liviandad en todo este tiempo, mucho acomodo a los humores de la calle. En el Congreso se ha creado una especie de microclima en el que se desarrolla una competencia por quién es más audaz en el peor sentido de la palabra”, señala.

Y advierte sobre el polarizado clima que se vive en las calles. Si se incrementa la violencia será muy difícil realizar un plebiscito con garantías. Me preocupan ciertos carteles y rayados que anuncian: “Yo no voto, yo me organizo”. ¿Y para qué se organizan?, se pregunta uno, y hay base para deducir lo peor”.

-En enero usted lanzó el libro “La democracia necesita defensores. Chile después del 18 de octubre”. Tras 9 meses y ad portas de otro 18-O. ¿Cree que este llamado fue escuchado? ¿Salieron con fuerza defensores de la democracia en este período?

-La democracia fue atacada a mansalva el 18 de octubre y, por desgracia, mucha gente no lo percibió de inmediato. Influyeron en ello muchos factores, en primer lugar la confusa reacción del gobierno, que no supo alertar a la población sobre la naturaleza de la agresión. Desde luego que influyó también la actitud de los dueños y los jefes de prensa de los canales de TV, que quizás por miedo a ser atacados por las turbas, asumieron una línea de condescendencia ante el vandalismo. No hay duda de que los cabecillas de la ofensiva de violencia, destrucción y pillaje actuaron con gran habilidad al crear, a través de las redes sociales, la sensación de que el ataque al Metro y los saqueos eran una muestra de la exasperación del pueblo. La noche del 18 corrió en Twitter y en Facebook la justificación que repitieron muchas personas honestas: “Es que son muchos los abusos”. Esa fue la coartada para validar todas las demasías. En nombre de la lucha por la justicia se cometieron horribles injusticias. Fue la barbarie con relato de nobleza, y lo hicieron suyo actores de la TV, académicos desinhibidos, locutores de radio, parlamentarios sueltos de cuerpo, etc. ¿Significa esto que no había razones para el descontento o motivos de protesta? Claro que los había y la sociedad abierta garantiza el derecho a protestar pacíficamente. Tenemos que combatir las injusticias y crear un orden más justo, pero eso no se hace a golpe de molotov cuando se vive en democracia. La opción por la violencia rompe el pacto de convivencia en la diversidad. Y por desgracia, en los partidos opositores primó la indulgencia frente al vandalismo y el uso del gastado argumento de que “es la expresión del pueblo”. Decirlo es una infamia. La inmensa mayoría de la gente de los sectores populares se gana la vida honradamente y tiene conciencia de los límites. Se levanta temprano para ir a trabajar. No está dispuesta a ser cómplice de la destrucción de los comercios y los bienes públicos.

Tenemos que combatir las injusticias y crear un orden más justo, pero eso no se hace a golpe de molotov cuando se vive en democracia”.

Usted ha señalado que lo vivido el 18 de octubre, y los días siguientes, exigió “planificación, coordinación y recursos”. ¿Mantiene su tesis? ¿La confirmó en estos meses o fue variando?

Cualquier observador de los hechos podía darse cuenta que en la locura desatada el 18 de octubre había método y organización. No era una respuesta a una eventual represión estatal, no era una reacción ante la asfixia de las libertades o un cuadro nacional de agudas necesidades. Chile no estaba en crisis. Tenía serios problemas que atender sin duda, entre ellos la detención del crecimiento económico en el gobierno de la Nueva Mayoría y la incapacidad del país para asimilar las oleadas de inmigrantes que entraron casi sin limitaciones, pero no estaba en crisis. Estoy más convencido que hace un año de que hubo un plan antidemocrático, que consistía en provocar la mayor destrucción posible, fomentar el caos, debilitar a las fuerzas policiales, desestabilizar y en lo posible derribar al gobierno del Presidente Piñera. Confluyeron en esta línea las tribus anarquistas, los restos de los grupos armados que actuaron contra la dictadura, la vieja izquierda que creyó que llegaba por fin la hora de la revolución, pero también grupos de delincuentes avezados (que lideraron los saqueos), barras bravas, etc. A la faena desquiciada de destruir y quemar se sumaron desgraciadamente muchos jóvenes extraviados, sin brújula familiar, sin conciencia de los límites. Y ciertamente hubo incentivos. 

Hay una pregunta que ha dado vueltas todo el año: ¿hubo intromisión extranjera en la asonada? Yo estoy convencido de ello. Sugiero a los lectores que vean los videos de Nicolás Maduro en los días de la revuelta en Chile (están en YouTube). Él hablaba de que Chile había despertado; que no eran 30 pesos, sino 30 años; que vendría un proceso constituyente; que por fin se abrían las grandes alamedas. Creo que Maduro se desquitó del viaje de Piñera en febrero de 2019 a la frontera de Venezuela y Colombia para respaldar a Juan Guaidó. El régimen chavista carece de escrúpulos, y actuó en consecuencia. Todavía no está contada la historia completa del 18-O.

El pacto electoral Unidad Constituyente llamó a conmemorar el 18 de octubre, algunos a celebrar. ¿Qué opina al respecto? ¿Cómo pasará a la historia el 18 de octubre de 2019?

Lo que más necesita Chile es paz. Eso implica apostar por la paz, y por lo tanto rechazar sin medias tintas los actos de violencia. No puede haber ambigüedades de parte de los líderes partidarios, pero lamentablemente las veleidades siguen presentes. El miércoles 14, el pacto electoral Unidad Constituyente declaró que “es de vital importancia conmemorar el 18 de octubre y recordar que las demandas siguen vigentes frente a un gobierno y a una coalición  oficialista inepta y fría, que no ha sabido atender las necesidades más mínimas de la ciudadanía”. Yo pregunto: ¿En qué cree realmente esta gente? Parece que quieren quedar asociados al 18 de octubre. Bueno, que así sea, si es lo que quieren, que la población los asocie definitivamente con todo lo ocurrido. Llamaron a efectuar caceroleos, bocinazos, cicletadas, etc. Y rechazan lo que llaman la represión gubernamental y la violencia, “sea ejercida por organismos del Estado o por particulares con mero afán de destrucción”. Esto último es de antología: “particulares con mero afán de destrucción”. Los encapuchados serían “particulares”. Qué descripción tan piadosa de los activistas de la violencia, casi como para que no se ofendan. Es deplorable hasta dónde han llegado los partidos de la antigua Concertación, que gobernaron con sentido nacional y hoy parecen guiarse por el principio de que si están gobernando los adversarios hay que hacerles la vida imposible. Es raro que no piensen que, si vuelven al gobierno, les pueden pagar con la misma moneda.

Respecto de cómo pasará a la historia todo esto, nadie lo sabe, pero las víctimas de lo sucedido tienen mucho que contar, e incluyo por supuesto a los que sufrieron la violencia policial y vieron violados sus derechos, pero también a los funcionarios policiales agredidos y cuyos derechos no pueden estar en duda”.

Yo espero, deseo fervientemente, que en los próximos días no se produzcan episodios como los que sufrió el país hace un año. Pero si eso llega a ocurrir, la única actitud válida desde el punto de vista de los valores democráticos, es condenar resueltamente la violencia y aislar a los violentos. Todos debemos contribuir a proteger nuestra convivencia. Quienes abusan del orden democrático no deben salirse con la suya. Respecto de cómo pasará a la historia todo esto, nadie lo sabe, pero las víctimas de lo sucedido tienen mucho que contar, e incluyo por supuesto a los que sufrieron la violencia policial y vieron violados sus derechos, pero también a los funcionarios policiales agredidos y cuyos derechos no pueden estar en duda. Nos deben conmover tanto los jóvenes que sufrieron lesiones oculares como las carabineras quemadas con alevosía. Tenemos que erradicar la violencia de la vida nacional. 

Recién la semana pasada comenzaron a condenar los hechos de violencia de manera más tajante líderes de la centroizquierda. ¿Lo ve positivo? ¿Muy tarde? ¿Hay interés solo por el plebiscito del 25 de octubre?

Lo que necesitamos es que todas las fuerzas políticas se comprometan con el orden legal y rechacen la violencia sin condiciones. Es mucho lo que está en juego. Lo que me parece valioso es que más gente que hace un año entienda que la violencia es un problema político central, no lateral, y que si no resolvemos eso, todo está en duda y Chile puede entrar en una etapa muy oscura. 

-El presidente del Partido Comunista, Guillermo Teillier, hizo declaraciones en las que se resistió a condenar la violencia de los últimos días. ¿Cómo se explica aquello?

-Tengo la impresión de que los dirigentes de ese partido desaprovechan una y otra vez las oportunidades de demostrar que no quieren la violencia y que están comprometidos de verdad con la legalidad. Debería preocuparles que se cree la imagen de que ellos no se hacen mayores problemas respecto de los métodos de acción política. 

-¿Los desmanes en Plaza Italia y en comunas como Puente Alto, cree que ponen en duda un plebiscito seguro?

Esa es la pregunta que se hacen en este momento millones de chilenos. Si se incrementa la violencia será muy difícil realizar un plebiscito con garantías. Me preocupan ciertos carteles y rayados que anuncian: “Yo no voto, yo me organizo”. ¿Y para qué se organizan?, se pregunta uno, y hay base para deducir lo peor. Necesitamos que la votación se desenvuelva en condiciones de seguridad para los ciudadanos. Será una votación con no pocas dificultades debido a las medidas sanitarias. Espero que no se agreguen dificultades peores. 

Al final, el Acuerdo por la Paz, la Justicia Social y una Nueva Constitución se cumplió a medias. ¿Qué dice usted al respecto?

Cinco días después de la firma de aquel acuerdo (que tuvo el aval de La Moneda a través del entonces ministro Blumel) se presentó en la Cámara de Diputados la acusación constitucional contra el Presidente Piñera. Y cuando llegó el momento de votar, los mismos partidos que firmaron el acuerdo votaron por la destitución del Mandatario. O sea, estuvieron dispuestos a crear una crisis institucional que no sabemos qué consecuencias habría tenido. 

-¿Cómo han actuado los políticos tanto de izquierda como de derecha a un año del estallido? ¿Considera que siguen muy pendientes de lo que pide “la calle”? ¿Y el rol del gobierno?

Ha habido mucha liviandad en todo este tiempo, mucho acomodo a los humores de la calle. En el Congreso se ha creado una especie de microclima en el que se desarrolla una competencia por quién es más audaz en el peor sentido de la palabra, más indiferente a las consecuencias del llamado “parlamentarismo de facto” (gran creación literaria del senador Quintana).

Parte de la peor herencia del 18-O ha sido el deterioro de la lealtad con la democracia por parte de los parlamentarios, que juraron acatar sus normas y procedimientos. Es cierto que no se puede echar a todos en un mismo saco y que hay gente sensata en el Senado y la Cámara: el problema es que los gritones gravitan más. Hay que alentar a los parlamentarios que tienen sentido republicano y que quieren ayudar a que el país resuelva sus problemas. 

¿Cuál es su mirada para el futuro? ¿Cree que será posible que los sectores más de centro, como la ex Concertación puedan generar una mayoría alejada de los extremos?

-Creo que la democracia necesita defensores consecuentes, que actúen sin dobleces. Ello supone defender los valores y los procedimientos de la vida en libertad. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de mis compatriotas quieren libertad y orden, lo cual exige defender el Estado de Derecho que nos protege a todos. Hay que cerrar el paso a los autoritarios de cualquier signo. Me gustaría que los sectores de centro o centroizquierda ligados a la antigua Concertación demostraran una disposición distinta, menos condicionada por el ruido populista, más dispuestos a establecer acuerdos que mejoren las cosas. No sé si ocurrirá. 

Me preocupa que hayamos entrado en una dinámica confusa como la del proceso constituyente sin considerar que el próximo año renovaremos todos los cargos de representación de acuerdo a las normas de la Constitución vigente”.

Más allá del plebiscito, y cualquiera que sea el resultado, Chile debe seguir viviendo en condiciones que aseguren el respeto a las garantías individuales, que son la base del edificio democrático. Me preocupa que hayamos entrado en una dinámica confusa como la del proceso constituyente sin considerar que el próximo año renovaremos todos los cargos de representación de acuerdo a las normas de la Constitución vigente. Los parlamentarios no ven el riesgo de cortocircuito. Por desgracia, hay demasiadas cosas que no ven.

Tenemos una tarea gigantesca por delante para que el país recupere el nivel de progreso que había alcanzado. Esperemos que lo peor de la pandemia vaya quedando atrás. Necesitamos que la economía vuelva a crecer a buen ritmo, crear muchos puestos de trabajo, normalizar las actividades educacionales, fortalecer el sistema de salud, ofrecer alguna oportunidad a los jóvenes que no estudian ni trabajan. En fin, hay mucho que hacer. Pero eso requiere paz interna, imponer el respeto a la ley en todo el territorio. La violencia es incompatible con cualquier programa de progreso. Todos tenemos que poner buena voluntad y cooperar para que Chile se levante.

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