En su columna «Nuestro Tercer Estado» publicada en El Mercurio, Carlos Peña, analiza el encuentro de los 87 constituyentes que ocurrió el lunes, y lo compara con el «Tercer Estado» de la Revolución Francesa. Según lo que plantea el abogado y rector de la Universidad Diego Portales, el encuentro no se trató solamente de una reunión para intercambiar información sobre sus nuevas funciones.

La Vocería de los Pueblos, que en su primera declaración -firmada por 34 constituyentes- señalaron que no se subordinarían al Acuerdo por la Paz y una nueva Constitución del 15-N,  llamaron en esta oportunidad a los constituyentes a un encuentro “autoconvocado”, al que llegaron más de la mitad de los miembros de la Convención.

A raíz de esto, Peña señala en su columna que «la reunión de este lunes de la mayoría de los convencionales insinúa un rasgo que poco a poco se expandirá en el proceso político: la idea de que la Convención es una suerte de Tercer Estado, mientras el resto de los órganos estatales, una parte de la vieja élite -políticos, profesionales, técnicos- que la voluntad del pueblo viene a desplazar».

Pero, ¿a qué se refiere con Tercer Estado? El rector, en definitiva, hace referencia a lo que ocurrió en la sociedad francesa con la revolución en 1789. En ese entonces, la sociedad se dividía en tres estados: la nobleza, el clero y el Tercer Estado (concepto acuñado por el ensayista y académico francés Emmanuel-Joseph Sieyès) Estado llano. “Con igual representación, los dos primeros superaban al Estado llano en sus posiciones y relevancia, a pesar de ser menores en cantidad”, explica el historiador y profesor de la Universidad San Sebastián y Universidad Católica, Alejandro San Francisco.

Profundiza en este punto, Marta Ugarte Vial, profesora de educación e historia en la Universidad de los Andes. “Los diputados del Tercer Estado, en realidad no representaban al pueblo francés sino a grupos de clase media, cultos e ilustrados, que pretendían derribar el Antiguo Régimen y establecer uno fundamentado en los principios de la Ilustración, corriente de pensamiento que los identificaba. No había ni campesinos ni trabajadores sencillos de las ciudades entre sus representantes, sino sólo abogados y gente profesional de clase media que defendía principalmente sus intereses y proyectos”.

En la columna de Peña se lee: «No es muy difícil establecer analogías entre esa situación y la idea de que en Chile hay una nobleza y un clero -la élite económica y política- frente a la cual el Tercer Estado, el pueblo, se autoconvoca».

Según explica  San Francisco, “Sieyés definió de buena forma la comprensión que existía sobre el Tercer Estado, al preguntarse retóricamente “¿Qué es el Tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora él en el orden político? Nada”, era la respuesta. A esto agregaba: “¿Qué es lo que desea? ¿Ser algo?” Con ello manifestaba su interés por despertar y pasar a existir políticamente”.

A raíz de la crisis económica y de las revueltas que habían comenzado en Francia, Luis XVI convocó a los Estados Generales, al que asistieron 270 personas de la nobleza, 291 del clero y 578 del Tercer Estado. Sin embargo, estos últimos se “autoconvocaron” en una Asamblea Nacional, con el fin de fijar la Constitución. Esto sucedió en la Sala de Juego de Pelota en Versalles.

La reunión de este lunes de la mayoría de los convencionales insinúa un rasgo que poco a poco se expandirá en el proceso político: la idea de que la Convención es una suerte de Tercer Estado, mientras el resto de los órganos estatales, una parte de la vieja élite -políticos, profesionales, técnicos- que la voluntad del pueblo viene a desplazar», se lee en la columna de Carlos Peña.

“En la práctica fue un hito del movimiento revolucionario de Francia, aceleró el proceso constituyente y el cambio en la correlación de fuerzas en el poder político de entonces. Los demás sectores pasaron a ser obedientes, donde antes gobernaban, en tanto el Tercer Estado pasaba a dominar la nueva situación política”, comenta San Francisco, también director de Formación Instituto Res Publica.

Ugarte, académica de la Universidad de los Andes, agrega: «El impacto que esto tuvo en la Revolución Francesa fue tremendo pues, sintiéndose depositaria de la Voluntad General y única representante del pueblo, la Asamblea Nacional comenzó un proceso de transformación de Francia desde sus cimientos y se abocó a la tarea de redefinir el país y sus bases, muchas veces de forma despótica y violenta. No hubo aspecto de la vida política, social, cultural o económica que no fuera reformulado o reformado».

Establecer un poder paralelo al institucional y, con la amenaza de nuevos ‘estallidos’, puede llevar a hacer transformaciones radicales y no democráticas en el país», señala la historiadora y docente de la U. los Andes, Marta Ugarte.

Sobre la columna de Peña, San Francisco destaca: “El tema chileno, y que bien plantea Carlos Peña, es el debate sobre la naturaleza del poder de la Convención Constituyente (si es delegado o soberano) y sobre el poder efectivo que tendrán los sectores populares, representados teóricamente por la Lista del Pueblo”. Y agrega que “la autoconvocatoria excluyente del Tercer Estado sería análoga a la que representaría la concepción de una Convención Constituyente soberana, sin limitaciones impuestas por los demás poderes del Estado ni por la historia reciente de Chile”.

El tema chileno, y que bien plantea Carlos Peña, es el debate sobre la naturaleza del poder de la Convención Constituyente (si es delegado o soberano) y sobre el poder efectivo que tendrán los sectores populares, representados teóricamente por la Lista del Pueblo”,comenta el historiador Alejandro San Francisco.

San Francisco plantea que hay dos posibilidades. La primera es obedecer las reglas que dieron inicio al proceso constituyente, el Acuerdo por la Paz de noviembre, “lo que mostraría un respeto al Estado de Derecho y a la lógica planteada en esa oportunidad por los actores políticos”. La otra opción es definir las reglas de la Convención de forma soberana y autónoma.

“Ambas fórmulas son radicalmente distintas y tendrían consecuencias muy diversas sobre el proceso y sus resultados, sobre el Estado de derecho y la concepción de la democracia”, resalta el historiador y agrega que “en la lógica de las revoluciones, la segunda fórmula puede tener más sentido, aunque ello vulnera el mandato expreso de los convencionales, la letra de la Constitución y el espíritu del acuerdo del 15 de noviembre”.

Sobre un símil con el actual proceso chileno, Ugarte subraya: «Los constituyentes más radicales, de la misma manera, están adjudicándose un poder que nadie les ha conferido, bajo la idea de que representan la voluntad popular. Creo que eso es peligroso, porque es establecer un poder paralelo al institucional y, con la amenaza de nuevos ‘estallidos’, puede llevar a hacer transformaciones radicales y no democráticas en el país».

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