Publicado el 24 de diciembre, 2018

La fuga de cerebros venezolanos que enriquece a Chile

Autor:

Emily Avendaño

Sumito Estévez, chef y empresario; Teresa Vanegas, oncóloga pediátrica; Luis Barrera Linares, escritor y miembro de la Academia Venezolana de la Lengua; y Yara Jaffé, astrofísica con un doctorado en la Universidad de Nottingham; son algunos de los venezolanos más destacados en su campo que en los últimos años decidieron hacer de Chile su hogar, ante la crisis que se vive en su país.

Autor:

Emily Avendaño

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La migración venezolana se mide en número y en velocidad: alcanza ya los tres millones, de los cuales cerca de 1,9 millones ha dejado Venezuela desde 2015, de acuerdo con los datos de Acnur y la Organización Internacional para las Migraciones. Ha sido un éxodo cuyo ritmo se ha incrementado en los últimos años y que, además, se ha llevado consigo a personalidades destacadas en distintos ámbitos. Las ciencias, la medicina, las artes, la academia, la literatura y la gastronomía han tenido que ver cómo algunos de sus principales cerebros se han marchado. Aunque sin apartarse del todo de su país y sin negarse a regresar en algún momento.

A Chile han llegado 100.000 venezolanos, incluyendo a algunas de esas mentes brillantes. Aquí sus historias.

Oncóloga Teresa Vanegas: “En Venezuela luchamos, pero se siguen muriendo los niños”

Egresó como Médico Cirujano de la Universidad del Zulia -occidente de Venezuela- en 1983. Terminó su especialización en Oncología en 1993 y a los dos años, en 1995, tuvo la iniciativa de crear la Fundación de Ayuda del Niño con Cáncer del estado Carabobo, Fundanica. Teresa Vanegas ha consagrado su vida profesional a la atención de pacientes pediátricos, pero hace un par de semanas fue noticia porque el 12 de diciembre, junto con otros 5.338 médicos, rindió el Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina (Eunacom), necesario para revalidar su título en Chile.

Salió de Venezuela en diciembre de 2017 con rumbo a Estados Unidos y aterrizó en Chile el 5 de junio de 2018, sin hacer escala en su país. Tiene tres hijos: uno en EE.UU., otro en Argentina y otro en Chile, así que el dilema de ese momento fue decidir en cuál de los dos países del sur de América se asentaba. Optó por este último por sus mejores condiciones económicas y estabilidad. Una una vez decidido donde iba a quedarse tenía que resolver cómo prolongar su experiencia en la Medicina que ya suma 25 años. Así que pasó los últimos meses estudiando.

“Resumí siete años de carrera en tres meses. Estudié muchísimo y todavía no sé si fue suficiente”, dice. “Es muy complejo porque son materias que dejé de ver cuando me especialicé de oncólogo. Tengo mucho tiempo ejerciendo la oncología pediátrica y te preguntan cuestiones de otras áreas, como infartos o diabetes; pero confío en que lo aprobé”.

Su objetivo en Chile no es ejercer la Medicina General sino la Oncología o la Pediatría, especialidades que también debe revalidar por lo que está a la espera de la Corporación Nacional de Certificación de Especialidades Médicas (Conacem). Por lo pronto, la meta para Vanegas es clara: volver a ejercer después de este año que se tomó como un sabático.

“Mucho tiempo ejerciendo la oncología te lesiona emocionalmente. Uno se involucra con los pacientes y eso afecta. Este fue un año para respirar, pero ya estoy lista para retomar lo que he amado toda la vida”, asegura.

Esas lesiones emocionales en Venezuela pueden ser más evidentes. Fundanica recibe cada año a alrededor de 250 nuevos pacientes de entre 0 y 18 años de edad y, en total, en sus años de funcionamiento ha atendido alrededor de 1.500. La incidencia del cáncer infantil en ese país es de entre 1.200 y 1.300 pacientes nuevos al año de entre 0 a 15 años de edad, y el número crece a entre 1.500 y 1.800 si se toman pacientes de entre 0 a 18 años.

Resumí siete años de carrera en tres meses. Estudié muchísimo y todavía no sé si fue suficiente”.

“Creamos la fundación con dos objetivos principales: mejorar el diagnóstico temprano y la calidad de vida de los niños. Nuestros hospitales no tenían la tecnología para hacer el diagnóstico y había pocos especialistas, y ninguno en el centro del país. Por lo que también queríamos dejar de referir pacientes a Caracas. Fundanica se convirtió en un pilar fundamental de atención”, subraya Vanegas.

No obstante, el déficit de insumos y equipos médicos cada vez ha hecho más cuesta arriba cumplir con esta misión. Por el alto costo de los medicamentos y exámenes y la escasez de reactivos para realizar los diagnósticos. Vanegas dice, con pesar, que ahora han tenido que ayudar hasta para realizar los funerales de los niños.

“Debemos tomar la decisión de hasta a qué niño darle los tratamientos que recibimos. Produce mucho dolor no tener medicinas para todos, incluyendo los paliativos. Es difícil porque no puedes invertir medicinas en un niño que se sabe que no va a salir y desde el punto de vista ético y moral no es justo darle toxicidad a un cuerpo que está muy metastásico; pero sí es ético que ese niño tenga todas las condiciones dignas para morir: oxígeno, medicamentos para el dolor o asistencia psicológica”, afirma.

Nosotros no vinimos aquí a quitarle el puesto a nadie. Vinimos a aprender de esta sociedad y de su estructura médica que es muy buena. Ninguno con soberbia, sino con mucha humildad».

Agrega que pese a las dificultades, la fundación no discrimina y ayuda a todos los que puede, aunque esa debería ser una tarea del Estado: “Siempre vamos a ayudar a cualquier niño que tenga cáncer, aunque ahora se haya hecho más complejo. Los especialistas hemos ejercido en las buenas y en las malas. Ahora se lucha, se lucha y se lucha y no lo conseguimos; igual se siguen muriendo los niños”.

Además de dedicarse al ejercicio público y privado, y de dirigir Fundanica, Vanegas también era profesora en la Universidad de Carabobo. Allí también sigue colaborando, así como brindando consejos a los médicos cuando le consultan por un paciente. Otro de sus objetivos es mantener el contacto directo con Venezuela y ayudar en lo que pueda. Sin embargo, en sus planes no está regresar, por ahora.

Siempre vamos a ayudar a cualquier niño que tenga cáncer, aunque ahora se haya hecho más complejo. Los especialistas hemos ejercido en las buenas y en las malas. Ahora se lucha, se lucha y se lucha y no lo conseguimos; igual se siguen muriendo los niños”.

“No es fácil vivir en un país sin familia. Mis hijos emigraron y por cuatro años traté de mantenerme allá. Creí que podría, pero todo se ha hecho muy problemático. Nosotros no vinimos aquí a quitarle el puesto a nadie. Vinimos a aprender de esta sociedad y de su estructura médica que es muy buena. Ninguno con soberbia, sino con mucha humildad. Y podemos tratar de aportar con nuestro conocimiento de 25 años de experiencia”.

La fundación recibe aportes en dinero y en medicinas. Para ponerse en contacto con ellos están disponibles las redes sociales @fundanica_val, en Twitter; y @fundanicavalencia en Instagram. Su página web es: http://fundanica.org.ve/.

Chef Sumito Estévez: «Es un sueño la posibilidad de abrir un restaurante en Chile»

Una estancia de tres meses terminó por convertirse en una decisión de vida. Sumito Estévez, el chef y empresario venezolano, cuyo rostro se popularizó en el canal Gourmet, vino a Chile por una temporada, a colaborar en un proyecto concreto, y se quedó.

Su salida, pausada pero imprevista, ocasionó que dejase varios asuntos sin cerrar en Venezuela y esa, para él, además de los aspectos emocionales, fue una de las principales dificultades de la migración.

“Vine puntualmente a desarrollar unos videos de formación en una técnica de cocina en octubre, noviembre y diciembre de 2017 y, a raíz de eso, Inacap me hizo una propuesta formal para que asumiera la Subdirección del Centro de Innovación Gastronómica”. Agrega: “Fue un enredo, porque como no me había venido exactamente con esa intención había dejado todo abierto en Venezuela, tanto negocio como casa. Tuve que ir cerrando etapas desde aquí”.

Estévez pasó sus últimos ocho años en Venezuela en la isla de Margarita, allí tenía un restaurante: el Langar de Sumito, una escuela de cocina y la Fundación Fogones y Banderas. Su carrera ha sido prolífica en restaurantes, proyectos y en asesorías culinarias, una experiencia que comenzó a finales de la década de 1980, después de haberse graduado de Licenciado en Física en la Universidad de los Andes (ULA).

Ahora, vigila sus asuntos desde la distancia; mientras trabaja en consolidar el proyecto que hizo que se quedara en Santiago: “Hay un buen amigo que es dueño de varios restaurantes y hoteles, Carlos Guerra, que no tiene ninguna intención de salir de Venezuela. Él tiene la operación de mi restaurante y recientemente también de la escuela, cosa que le agradezco mucho; y luego está la Fundación que trabaja sin parar todo el día, y la dirige un equipo de tres personas. La directora es Inés Ruiz que es una máquina de trabajo. Acabamos de abrir una tienda en un centro comercial, en donde se muestran y se venden los productos gastronómicos de grupos que han tomado los diplomados de Gerencia de la fundación, que suelen ser familias, micro emprendimientos”.

Fue un enredo, porque como no me había venido exactamente con esa intención había dejado todo abierto en Venezuela, tanto negocio como casa. Tuve que ir cerrando etapas desde aquí”.

En 2017 se vino con su esposa, Sylvia Sacchettoni. Llegó a casa de su hermana que ha vivido por más de una década en Chile. Sus afectos están regados por el mundo porque sus tres hijos viven en el exterior. Sus hermanos también están fuera de Venezuela y por el lado de la familia de su esposa la situación es similar, sus padres murieron y su hermano emigró. Solo los padres de Estévez quedan en su país.

“Ha sido más difícil emocionalmente que otra cosa. A mí me pegó muy duro la toma de la decisión, pero tampoco es que el futuro era brillante en Venezuela, y aquí me ofrecían tanto en el plano profesional, como cotidiano, cosas que yo no estaba logrando en mi país. Pero fácil no ha sido. De hecho, hace un mes estuve allá y cuando regresé, para mi sorpresa, estuve una semana muy, muy deprimido. Me pegó muy duro no solamente por lo que vi, porque al final el país siempre pega por eso, sino por saber que no estaba viviendo allá. Indudablemente, me hace falta Venezuela, pero no es el momento de regresar tampoco”, reflexiona.

El área que dirige en Inacap es de educación continua; produce material educativo y sus momentos de cocina están un poco limitados. “Es un sueño la posibilidad de abrir un restaurante en Chile. No estoy negado a ello, pero todavía no se me ha acercado la primera persona a decirme ‘montemos un restaurante’. Aparte, yo trabajo tiempo completo para Inacap, es un proyecto muy grande y que está naciendo. El Centro de Innovación Gastronómica nos lo entregan como planta física dentro de unos días, por lo tanto, todo 2019 será un año de consolidación del proyecto para el cual me vine”.

Hace un mes estuve allá y cuando regresé, para mi sorpresa, estuve una semana muy, muy deprimido. Me pegó muy duro no solamente por lo que vi, porque al final el país siempre pega por eso, sino por saber que no estaba viviendo allá».

Por tanto ahora vive el “asombro de lo nuevo”, está aprendiendo a conocer las cuatro estaciones y a cocinar y disfrutar con productos que no conocía o a los que nunca tuvo acceso en Venezuela. “Me siento igualito como se debe haber sentido mi papá cuando salió a estudiar el posgrado de Física fuera de Venezuela”. Los ingredientes venezolanos también los consigue, salvo el ají dulce, por lo que puede seguir cocinando las recetas con las que durante años ha exaltado la gastronomía de su país.

“Regresar a Venezuela es una opción muy obvia, ese es mi país. No tengo idea de cuándo ni cómo, porque en este momento la verdad es que es un lugar muy rudo y uno tiene derecho a la felicidad, y en este momento soy profundamente feliz en Chile. Por otro lado, hay un hecho muy cierto: la familia que queda en Venezuela depende enormemente de lo que podamos ayudar”.

Astrofísica Yara Jaffé: “Chile, para la pequeñísima población de astrónomos que hay en Venezuela, es un país muy prometedor”

Es profesora en el Instituto de Física y Astronomía  de la Universidad de Valparaíso  y, además, hace investigación en el área de astronomía extragaláctica. Yara Jaffé tenía muy claro que su desarrollo profesional como astrofísico lo quería hacer en Latinoamérica. Es por eso que al terminar su doctorado en la Universidad de Nottingham, en el Reino Unido, y hacer un postdoctorado en Padova, Italia, decidió volver a este continente.

Su primera opción fue su país, Venezuela. Ella y su esposo escocés postularon al Centro de Investigaciones de Astronomía CIDA, ubicado en Mérida en los Andes venezolanos, pero no fueron seleccionados. Nunca hubo una explicación formal, pero tras bastidores le indicaron que fue por no ser adepta al partido político del chavismo.

En Europa sentía que ya todo estaba hecho, hay muchos recursos, muchas personas, muchos cerebros que se van para allá y, ya que no funcionó lo de Venezuela pensamos en Chile. Este es un país que por el desierto de Atacama, un lugar único, el más seco del planeta, ha atraído muchos observatorios internacionales».

“Venezuela ya estaba mal en 2012, pero no tanto. Yo tenía muchas ganas de volver y aportar algo para mi país, pero no se pudo”. Entonces tuvo la oportunidad de postularse a un proyecto en Chile.

“En Europa sentía que ya todo estaba hecho, hay muchos recursos, muchas personas, muchos cerebros que se van para allá y, ya que no funcionó lo de Venezuela pensamos en Chile. Este es un país que por el desierto de Atacama, un lugar único, el más seco del planeta, ha atraído muchos observatorios internacionales. Chile alberga una cantidad bastante significativa de las instalaciones astronómicas mundiales y el beneficio que eso trae es que se cualquier astrónomo basado en Chile puede acceder al 10% del tiempo de observación en cualquiera de estos telescopios”, explica.

Fue así, como estando en Atacama, tuvo la oportunidad de desarrollar su carrera. “Antes de ganarme esta plaza como profesora en Valparaíso estuve trabajando en uno de estos observatorios internacionales: el Observatorio Europeo Austral, que me permitió estar en el observatorio óptico más avanzado del mundo, el Observatorio Paranal. También trabajé en la Universidad de Concepción, me gané un proyecto que me permitió hacer investigación independiente y me metí a estudiar el área de las transformaciones de las galaxias cuando cambian de entorno”.

Explica que las galaxias pueden formar parte de un proceso de migración cósmica, y al juntarse entre ellas hay mucho gas. “Cuando las galaxias se encuentran con este gas les pasan muchas cosas y una de las cosas que les puede pasar es que el gas que traen consigo, que es mucho más frío, se les arranca en forma de hermosísimos tentáculos que emanan del cuerpo de la galaxia en dirección opuesta a su movimiento y por eso se les llaman galaxias medusa, porque se asemejan a los animales marinos”.

Tener la posibilidad de desarrollar estas investigación, como parte de equipos internacionales, le hace asegurar que “Chile para la pequeñísima población de astrónomos que hay en Venezuela, que somos muy, muy, pocos, es un país que es muy prometedor”. En particular por el desarrollo que la astronomía ha tenido en las últimas décadas.

“La situación es súper crítica, así que colaboramos en lo que se pueda, en la medida que el internet de allá lo permite, con todo lo que se pueda hacer desde acá”.

De Venezuela tampoco se aparta. Se está organizando con un grupo de colegas para ofrecer clases de pregrado y doctorado, a través de Skype, en varias universidades e institutos. Antes ha dado charlas a niños en colegios, también vía Skype, para que no les asuste la ciencia: “La situación es súper crítica, así que colaboramos en lo que se pueda, en la medida que el internet de allá lo permite, con todo lo que se pueda hacer desde acá”.

Luingüista Luis Barrera Linares: “No es lo mismo incorporarte a una nueva sociedad cuando tienes 20 o 30 años que cuando eres sesentón”

Ocupa el sillón D de la Academia Venezolana de la Lengua. Su currículum da para varias páginas. Es doctor en Letras y magíster en Lingüística, profesor universitario, ha sido invitado a dar cátedra en universidades de Otawa y Carleton, en Canadá. Miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso (ALED), columnista y escritor. No obstante, en Chile su comienzo fue bastante cuesta arriba.

“No es lo mismo incorporarte a una nueva sociedad cuando tienes 20 o 30 años que cuando eres sesentón, y estabas ya haciendo planes de retiro de las labores académicas, pensando en los nietos, en escribir o reajustar algunos libros que, por una u otra razón, o por desánimo, siempre fuiste atrasando, en retomar lecturas y otras tareas postergadas, en fin… Además, la edad es un factor determinante para conseguir empleo en cualquier sociedad de este tiempo”, subraya Luis Barrera Linares.

Él y su esposa, Lucía Fraca, también académica, comenzaron haciendo pequeñas tareas a destajo, como correcciones de tesis, libros o materiales pedagógicos. Hasta que lograron incorporarse a labores más formales: “Mi esposa es asesora pedagógica de una empresa que produce materiales didácticos y donde la han recibido muy bien.  Yo inicié labores docentes en la Escuela de Pedagogía de una universidad, a cuyo director agradezco profundamente el haberme dado la oportunidad de volver a un espacio que para mí ha sido natural”.

Se quedaron en Chile sin planearlo. Llegaron a Santiago el 18 de septiembre, día de las fiestas patrias, con la intención de visitar a su hijo y nuera por un lapso inicial de 3 meses, quienes sí  habían emigrado desde el año 2015. La estadía se fue alargando porque cada vez que se disponían a regresar ocurría algún suceso. Por ejemplo, la suspensión de los vuelos Caracas- Panamá, ciudad en la que tenían que hacer escala.

La edad es un factor determinante para conseguir empleo en cualquier sociedad de este tiempo”.

“Pensar en regresar a la rutina de las carencias, en la pugna permanente, en las dificultades para conseguir medicamentos verdaderamente que te crea un dilema existencial preocupante. Después, por diversos motivos, el tiempo se ha ido extendiendo y hemos tenido que permanecer aquí, ahora en condición de residentes con visa temporaria”, indica.

En el año y tres meses que llevan acá, dice que se ha sentido cómodo, pero también algo nostálgico: “Hemos recibido un trato más que amable de parte de los chilenos y chilenas y de algunos antiguos ex alumnos y amigos venezolanos entrañables que ya vivían aquí.  Hemos intentado adaptarnos a las normas y costumbres sociales de la ciudad, del país, a actuar como verdaderos y agradecidos ciudadanos a quienes se les ha dado cobijo, a fin de paliar la situación crítica por la que atraviesa nuestro país de origen, que de todo corazón esperamos se resuelva de la mejor manera posible en algún momento”.

Pensar en regresar a la rutina de las carencias, en la pugna permanente, en las dificultades para conseguir medicamentos verdaderamente que te crea un dilema existencial preocupante».

Sobre la situación de Venezuela dice: “Nos duele la manera como el deterioro ha venido convirtiéndose en nuestra marca socio-geográfica más resaltante. La conducta inexplicable de algunos de sus dirigentes políticos. Nos duele la desunión y la separación de bandos contrarios en que, a veces sin darnos cuenta, nos convertimos. Aunque pueda resultar cursi, llevamos el país en los genes, los huesos, y la memoria, en nuestros muertos enterrados allá, pero tenemos la convicción de que los tiempos malos, críticos, no son eternos”.

 

***La fotografía de Sumito Estévez fue tomada por Patricia Espic.

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