Publicado el 24 de enero, 2020

Isidro Solís: «¿Cómo un Estado, que es capaz de parar 140.000 hombres en armas, se rinde ante 2.000 personas?»

Autor:

Sofía Del Río

El ex ministro de Justicia durante Bachelet I fue uno de los presentadores del libro «La democracia necesita defensores. Chile después del 18 de octubre», de Sergio Muñoz. «La clase política como parte de la élite, ha carecido de coraje», señaló. Subrayó que desde comienzo de los 90 se conocía de los «colectivos anárquicos, pero no se les dio importancia». Y advirtió: «La democracia es un régimen político que se basa en la fortaleza de sus instituciones. Y la fortaleza de las instituciones se ha ido degradando hace demasiado tiempo».

 

Autor:

Sofía Del Río

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Hasta el ex Congreso Nacional llegaron el ex ministro de Justicia del primer gobierno de Bachelet, Isidro Solís, y el ex ministro de Educación de Piñera I, y actual rector de la Universidad Adolfo Ibañez, Harald Beyer, con el objetivo de presentar el libro «La democracia necesita defensores. Chile después del 18 de octubre» (Ediciones El Líbero), del columnista y analista Sergio Muñoz. La obra busca reflejar lo frágil que es el sistema democrático, y la importancia de preservarlo y defenderlo, especialmente tras la crisis que comenzó el 18-O.

Solís centró su intervención en la incapacidad de la élite política y del Estado de prever el estallido y el peligro que se haga realidad el concepto «Que se vayan todos», pues aquello implicaría años de reconstrucción de la República. Además, hizo especial énfasis en el deber de las policías y de la inteligencia para controlar a los «no más de 4 mil» personas que se mantienen realizando actos de violencia.

 

A continuación, la presentación completa de Isidro Solís:

En primer lugar, voy a hacer una acotación. Curioso es que sea neófito en algo en mi vida, pero para presentar libros soy absolutamente neófito. Le agradezco Sergio esta demostración de confianza porque la verdad es que es una experiencia que no he tenido nunca. Por lo tanto todas las deficiencias, todas las insuficiencias, todos los errores, corren por cargo única y exclusivamente mía.

Para unir a un adjetivo, yo partiría diciendo que el libro, por sobre todo, es una lectura oportuna. Es impresionante que en tan poco tiempo uno logre posesionarse*, logre procesar una cantidad de información y traducirla, en definitiva, en un texto. Estamos escribiendo a golpes de la historia porque en definitiva no son cosas que pasaron, sino que son cosas que están pasando.

Cuando ustedes lo lean, se van a encontrar por lo menos, en el tránsito que yo tuve en el libro, Sergio juega varios roles a medida que lo va leyendo. En un primer momento es un cronista, que empieza a presentarnos los hechos con toda la rudeza y con toda la intensidad con que los ve. A partir de ahí, hace un segundo tránsito y es un analista. Empieza a procesar y entregarnos claves para poder desentrañar de alguna u otra manera el valor o la lógica de lo que está ocurriendo. Y finalmente termina, que es la parte que va a ser más comentada, tomando posición y termina tomando una dura posición; y la crónica y el análisis terminan transformados en argumentos.

Él construye un manifiesto del valor de la democracia, de la urgencia de su defensa y del valor del coraje, de poder ejercer efectivamente los roles que deberían ejercer quienes conducen los destinos de la sociedad.

Para poder entender toda la información, yo diría que el libro parte con una sensación de perplejidad. Una sensación de perplejidad que está construida sobre la base de un país que muta en 24 horas. Y se lo pregunta: ¿Cómo es posible que un país exista hasta el 17 de octubre con una lógica, con un ritmo, con una forma de trato, con una escala de valores, y 24 horas después, el país sea otro?. ¿De donde salieron estas fuerzas y estos protagonistas con esa tremenda violencia, pero también potencia que nadie vio. ¿Dónde estaban estos actores? o ¿dónde estaban los que debieron verlo y no lo vieron? ¿Y qué pasó en un país en donde solo en 24 horas la convivencia social se transforma de una manera tan violenta?. Y a partir de ahí viene el análisis de lo que ha ido en general transformándose en un lugar común: El por qué tenemos esta crisis, cuál es el nivel que ocupan dentro de ella la sensación de insatisfacción, ¿qué pasó con nuestro sistema político? ¿en qué momento se agotó? ¿cuántos que defendían determinadas ideas simplemente o las abandonaron o las enterraron o las escondieron? O cedieron y pareció desaparecer una República entera.

¿Un Estado que es capaz de parar 140.00 hombres en armas se rinde ante 2.000? ¿No será que eso demuestra una cierta ineptitud en el manejo de la fuerza que debería ser por sobre todas las cosas uno de los elementos centrales, no solo simbólicos, que deben ejercer el poder? «.

Cuando sigue el libro, Sergio tiene una postura muy dura respecto de estas fuerzas emergentes y estas formas de confrontación que tienen estas fuerzas. Pero cuando leí esa parte yo recordé, y a alguien se lo dije,  porque compartimos más o menos generación, vengo de aquella generación de los setenta que, lo he dicho muchas veces en mi vida, generaciones que sin haber militado en el Partido Comunista todos, de una u otra manera éramos comunistas. Porque cuando la música que te gusta es una música comunista, cuando la poesía que te gusta y que te genera emoción es una música comunista, cuando la pintura que admiras y que te habla y que te pone elementos de conexión son la sociedad, es una pintura comunista. Cuando los códigos sociales o las formas de trato, las experiencias internacionales y, en definitiva, el mundo como tú lo entiendes, tiene una matriz cultural comunista que compartes integralmente, uno, independientemente de la denominación,(se ríe Ottone) de una u otra manera todos éramos comunistas…

Y amparado en eso, recordé uno de los chistes que empezó a desarrollarse al final del estallido. Y el chiste reza así: «Dice que el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, tomando nota de que el pueblo no comparte sus decisiones ha decidido disolver al pueblo y nombrar a otro en su reemplazo». Esa forma de mirar el mundo y la política es una forma imposible. La verdad es que cuando pasan cosas tan conmocionantes respecto de un fenómeno social que arrasa con todo en un pueblo desbocado, el culpable no es el pueblo. No podemos disolver el pueblo y nombrar a otro en su reemplazo y, por lo tanto, buscar las claves de por qué esto sucedió están muchos más allá de mirar las pulsiones de un pueblo que expresa, en su movilización y en sus vivencias, toda la rabia, toda la desesperación o toda molestia que pueden tener respecto de un sistema.

Yo ahí creo que en el libro sinceramente eché de menos algo. Creo que el libro que hace una crítica efectivamente de estas nuevas formas políticas emergentes, violentas, destructivas, inútiles por sobre todo, porque solo tienen capacidad de destrucción, pero no tienen capacidad de gobierno, pero al mismo tiempo eché de menos la crítica más dura y más violenta al fracaso del Estado. Porque lo que nos pasó el 18 de octubre en definitiva es que fracasó integralmente el Estado en su forma de control de las amenazas. Que alguien diga que hay fuerzas disolventes en una sociedad, debería ser un lugar común; que alguien diga que la democracia enfrenta amenazas es una obviedad. Que alguien diga que la violencia y una forma de resolución de las controversias que no diga relación con el acuerdo y con el procesamiento democrático de las confrontaciones es una forma errada de ejercer justificación, también debería ser parte de los análisis básicos de una sociedad democrática.El problema es por qué la sociedad no fue capaz de mantenerse haciendo eso. El problema es ¿por qué nadie fue capaz el 17 de octubre de entender que algo estaba pasando? Yo creo que ahí hay todavía un núcleo de investigación y de análisis que nos falta. Tenemos que entender que algo pasó en Chile , que algo pasó en Chile a las espaldas de todos nosotros. 

El Estado falló en sus deberes básicos que era haber previsto y provisto el bien de la seguridad, y que no fue capaz de hacerlo simplemente porque ni siquiera lo advirtió.

Por razones de la vida he trabajado cerca de este tipo de actividades. Me tocó ser Director Nacional del Servicio Penitenciario, me tocó trabajar (con Jorge Burgos) en materias de seguridad e inteligencia y ser el primer director de una incipiente organización civil de inteligencia, como lo fue la Dirección de Seguridad Pública, heredara de «La Oficina» y, por lo tanto, alguna cercanía con esos temas teníamos. Yo les quiero decir muy sinceramente que los colectivos anárquicos existían, trabajaban y se alimentaban ya en 1993. Y por lo tanto, solo siguiendo la lógica de los hechos del año 93 al año 2019, uno debería alegar que si no fueron enfrentados, pueden estar más enraizados y más poderosos. Pero nadie los vio. Nadie le dio la importancia. Es más, cuando uno piensa que en esos días el país había asumido dos compromisos internacionales de carácter mundial, en los cuales la estructura de todo Estado civilizado, lo primero que hace para poder asumir el compromiso es una estimación de seguridad.

Desde mi punto de vista, las amenazas que tenemos no son graves. Si ustedes miran por la televisión, lo que ustedes ven en la Plaza Italia, serán cuantos, ¿2000?, ¿3000? ¿4000 ya como mucho? Anarquistas, la primera línea, combatientes, de estos jóvenes que van a ver en todo el mundo».

Uno dice «perdón, pretendieron importar todos los conflictos del mundo con la organización de una APEC en Santiago y no sabían que estaban al borde de que les quemaron la ciudad completa?. Perdón, ¿alguien no pensó que traer a Donald Trump, a Xi Jinping, a Vladimir Putin, no importaba a Santiago de Chile todas las confrontaciones del mundo? Y que por un lado lo más probable es que iban a salir 250 mil ciudadanos a reclamar en contra de Trump, y al frente iban a salir 150.000 en contra de Putin, iban a salir 850 o  200.000 en contra de Xi Jinping. El que hizo esa estimación de inteligencia ¿no le dijo al gobierno que había que hacer una apreciación de seguridad que pudiera evaluar exactamente la situación que se estaba viendo al interior de la sociedad chilena? ¿La apreciación de seguridad no la hizo nadie? ¿Nadie le dijo al gobierno que unos días después iban a tener a cientos de miles de personas en las calles, mucho más de lo que ellos sabían?

Eso no solo es un fracaso, eso es la revelación de la liviandad del cumplimiento de obligaciones estatales que de verdad no entiendo. Fíjense que, afortunadamente salió poco en la prensa, porque habría sido otra vergüenza nacional, el 17 de octubre, es decir, en el país previo. El 17 de octubre terminó en Santiago de Chile la Conferencia Mundial de Interpol, en donde estuvieron presentes en Santiago de Chile más de 40 directores de policías nacionales de naciones importantes del mundo. Menos mal que se fueron el 17…, porque o sino la explicación que le habrían tenido que dar a esas personas que son todos especialistas en el tema, respecto de lo que pasaba en el país en 24 horas y que nadie sabía, no solo que iba a pasar, sino que nadie sabía qué hacer con lo que pasó, revela una falta de previsión tremenda. Yo creo que efectivamente la democracia necesita de eso.

La democracia no es un estado evangélico que se base y se sostenga solo en la virtud o en la bondad de sus ciudadanos. Por sobre todo, la democracia es un régimen político que se basa y se fundamenta en la fortaleza de sus instituciones. Y la fortaleza de las instituciones se ha ido degradando hace demasiado tiempo.

Hemos aceptado demasiadas cosas y en algún momento la sociedades no puede justificar ninguno de los actos de violencia, pero los actos de violencia se magnifican en algo que se parece a la legitimidad. Y la legitimidad se establece cuando el sistema que se critica carece de ella.

Los actos de corrupción en las instituciones fundamentales de Chile dieron un marco y fueron parte de la debilidad del Estado. Y los actos de corrupción, por ejemplo en Carabineros, venían desde hace demasiados años y lo toleramos demasiado tiempo. Una explicación que se parece mucho a la explicación que la Iglesia Católica dio sobre la política de no enfrentar directamente los abusos, que era necesario proteger a la institución. Y tomamos el camino errado de proteger a las instituciones de la sociedad desprotegiendo a la sociedad. Y tomamos el camino errado de proteger y así protegimos a Carabineros, y así protegimos estas erradas conductas que son pequeñas raterías, ni siquiera corrupción, cometidas por los pasajes, los viajes, por los viajes que se cobran pero que no se hacen, pero que desnaturalizan y deslegitiman instituciones fundamentales de la República.

Así protegimos a los sectores de nuestra élite…. El acuerdo del juicio Penta de mandar a dos delincuentes económicos destacados a tomar clases de ética, francamente es una provocación. Y esas provocaciones las hemos tolerado con mucha fuerza. Yo, volviendo al chiste del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, creo que no solo el pueblo falló y eventualmente podríamos disolverlo, fallamos todos nosotros y, por lo tanto, ha llegado el momento de rendir cuentas y necesitamos un proceso de sanación, en el cual nosotros como élite volvamos a convocar a nuestro pueblo y a relegitimarnos para que ellos entiendan que tienen un camino de conducción sobre la base de aquella porción de la sociedad que dice que es capaz de gobernar y que predominó durante tantos años y es en la que hoy en día no creen. 

Porque estamos compitiendo como élite, absolutamente con delincuentes. Yo les quiero decir desde mi punto de vista, y del punto de vista de los números, curiosamente toda mi vida he trabajado en elementos de seguridad y profesionalmente en el derecho penal, desde mi punto de vista, las amenazas que tenemos no son graves. Si ustedes miran por la televisión, lo que ustedes ven en la Plaza Italia, serán cuantos, ¿2000?, ¿3000? ¿4000 ya como mucho? Anarquistas, la primera línea, combatientes, de estos jóvenes que van a ver en todo el mundo. Los representantes del fracaso, los representantes de la rabia, la ira, el odio, aquellos que no tiene ni siquiera un proyecto alternativo, que lo único que les interesa es estar junto al pueblo quemando una sociedad completa son pocos.

Fallamos todos nosotros y, por lo tanto, ha llegado el momento de rendir cuentas y necesitamos un proceso de sanación, en el cual nosotros como élite volvamos a convocar a nuestro pueblo y a relegitimarnos».

Tenemos 40 mil efectivos de Carabineros. Tenemos 18 mil efectivos de la Policía de Investigaciones, tenemos a las Fuerzas Armadas que tienen más de 100 mil hombres. ¿Un Estado que es capaz de parar 140.00 hombres en armas se rinde ante 2.000? ¿No será que eso demuestra una cierta ineptitud en el manejo de la fuerza que debería ser por sobre todas las cosas uno de los elementos centrales, no solo simbólicos, que deben ejercer el poder? Y no son confrontados y permiten que esto siga. Entonces, yo tengo la impresión de que efectivamente vivimos momentos duros, que la democracia necesita defensores, que la democracia necesita por sobre todo coraje.

La clase política como parte de la élite, particularmente en nuestro país, ha carecido de coraje.

Uno de los elementos centrales que olvidamos conducir, y ese elemento central en Chile no se ejerce. Nuestra clase política, con muy honrosas excepciones, en general espera ser conducida, en general lo que espera es, a la chilena, achuntarle. En general lo que espera es que lo que diga sintonice con lo que la gente quiere escuchar y no con los elementos efectivamente de conducción y de control. Y eso es una gran debilidad.

Y eso es lo que refleja la encuesta CEP. Una encuesta en donde a los únicos que le gana el Presidente de la República es a sus contrincantes políticos. El Presidente tiene un 6% de respaldo, el Congreso tiene un 3% y los partidos políticos tienen un 2%. O sea, la clase política acá completa cuenta con un respaldo de 9%. Perdón, y ¿el resto de la política dónde está? Si somos nosotros los que tenemos que dar conducción. Si la clase política no es capaz de dar conducción, si la élite en general no tiene conciencia de las debilidades con las que se enfrenta a su pueblo, es difícil pedir al pueblo que se auto gobierne, por que eso en general en un ningún país del mundo es así.

Nuestra clase política, con muy honrosas excepciones, en general espera ser conducida, en general lo que espera es, a la chilena, achuntarle. En general lo que espera es que lo que diga sintonice con lo que la gente quiere escuchar y no con los elementos efectivamente de conducción y de control. Y eso es una gran debilidad».

Lo que tenemos es un desafío pero también es una oportunidad. De la lectura que tuve de la encuesta CEP, hay cosas que me dejaron asustado, pero hay otras que me dejaron muy contento. La democracia sigue siendo el régimen preferido por los chilenos, en general lo que los chilenos valoran, y no es una tautología, son valores. Rechazan y muy fuertemente a los conductores que son incapaces de conducir. El apoyo a Sebastián Piñera en la encuesta CEP es de 6%. ¿Alguien en esta sala puede creer que en Chile la derecha en su conjunto solo representa al 6%? No. La derecha debe representar mucho más del 35%, lo más probable es que todavía esté cerca del 40% que tuvo. Y entonces, ¿donde está el resto? Del 6%, si no se sienten de izquierda. Solo nos dijeron nuestros conductores son incapaces. ¿Y el resto? ¿Se cambiaron de bando y los de izquierda pasaron a ser de derecha y no los respaldan y los de derecha pasaron a ser de izquierda y en este maremagnum nadie respalda a nadie? No. Es porque le dijeron a sus conductores: señores, no nos representan.

Estamos bastante cerca de la discusión que han vivido otros países, como conocemos lo que fue el proceso italiano y «que se vayan todos» es una cosa que se puede hacer carne y eso si que es terrible».

Leí la semana pasada una columna de Harald Beyer en El Mercurio con un título que se hizo famoso, que fue todo un emblema y al mismo tiempo un concepto: «Que se vayan todos». Y esa es mi preocupación, de que estamos bastante cerca de eso. Estamos bastante cerca de la discusión que han vivido otros países, como conocemos lo que fue el proceso italiano y «que se vayan todos» es una cosa que se puede hacer carne y eso sí que es terrible, no porque vayan a pasar cosas espantosas y en las calles va a correr la sangre. No. Porque reconstruir una República, reconstruir las instituciones de cero y esa es una reconstrucción que demora años, muchos años. Y cuando caen las instituciones políticas, la decadencia de los países se expresan en todas las actividades nacionales. Y por lo tanto, esa es mi preocupación.

Yo se los agradezco, me siento muy honrado de haber podido comentar el libro y se los recomiendo porque tomé el libro, no paré de leer y en seis horas ya lo había terminado y estaba pensando en qué es lo que se podía hacer a partir de las palabras de Sergio.

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