Publicado el 12 de junio, 2020

Carlos Peña sobre el acuerdo político «imprescindible»: «El resto de las fuerzas políticas tendrá que postergar sus sueños escatológicos de cambio radical»

Autor:

Mariela Herrera

«En octubre muchos creyeron que los acontecimientos de la calle sustituirían a las urnas», asegura a El Líbero. «Y dejaron entonces que todo siguiera su curso como quien mira una moneda en el aire y cruza los dedos rogando para que caiga del lado que ellos apostaron», agrega. El rector de la UDP también se refiere a la polémica por una columna de opinión en el NYT: «Un diario debe estar abierto a todos los puntos de vista y a la exposición de las razones que los amparan, sin dejarse amedrentar».

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«Renunciar a los valores del diálogo o la libertad de expresión o aceptar se los intimide, es renunciar o poner en riesgo la cultura democrática», señala el columnista y rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña. 

En entrevista con El Líbero, el autor de «Pensar el malestar: La crisis de octubre y la cuestión constitucional» y del libro que saldrá en septiembre «La mentira noble. Sobre el lugar del mérito en la vida humana» (ambos de Taurus), analiza la actualidad cruzada por la pandemia y el estallido de octubre. Sobre la necesidad de acercamiento de los distintos sectores, señala. «Hay que alcanzar un acuerdo acotado que permita postergar las agendas de cada fuerza política hasta que la crisis se supere». 

-«La primera víctima de la guerra es la verdad», es una frase que viene de la II Guerra Mundial. En estos tiempos de «guerra» contra la pandemia en Chile -y antes, por el estallido de octubre-, ¿es esa la primera víctima? ¿O es la tolerancia, la opinión diferente, la libertad de expresión?

-Si hay algo que todos comparten en este momento es la ignorancia: andamos a ciegas y a tientas de manera que no es la verdad la que se está sacrificando, sino la disposición a aceptar la incertidumbre, la indigencia en que la pandemia ha sumido, al menos por algunos meses, a la sociedad entera. Y, claro, una forma de rebelarse contra la incertidumbre es culpar de ella al otro, creer que andamos a ciegas porque alguien esconde o escamotea la verdad. Y por eso quizá hoy día haya un clima de intolerancia. Y todo eso, por supuesto, daña la libertad de expresión que descansa no en la verdad, sino en la convicción que si ella existe debe ser alcanzada escuchando a los demás, disponiéndose a aceptar las razones del otro. La verdad -esta es la convicción de una sociedad abierta- solo se alcanza mediante el debate libre y abierto en el que ninguna opinión o punto de vista queda, ex ante, excluido.

-Se lo pregunto porque el país enfrentó esta crisis del coronavirus «sobre» la crisis desatada en octubre donde esos valores quedaron en entredicho.

Sí, es verdad. Este momento de radical incertidumbre ha sorprendido a la sociedad chilena bañada en la desconfianza y en el simplismo intelectual. La crisis de octubre como se la ha llamado mostró una tendencia de la sociedad chilena al simplismo, a la explicación básica y sencilla, a una moralización de los problemas públicos. Y de ahí entonces quizá que la pandemia esté siendo enfrentada por parte de todos quienes participan de la esfera pública -medios y políticos, en especial-  de la misma forma, buscando explicaciones fáciles, sin sobriedad ni contención emocional.

-Incluso en estos días se han visto ejemplos concretos que afectan la libertad de expresión. Uno de ellos fue la “funa” a Cristián Warnken tras entrevistar al ministro Mañalich. Usted conversó con Warnken el domingo ¿cómo evalúa ese episodio que sufrió él?

Bueno, ese episodio es una muestra elocuente de lo que está ocurriendo. Cristián Warnken ha hecho de la conversación y el diálogo en torno a la cultura y los problemas públicos un ejercicio cotidiano y que se lo ataque por practicarlo es simplemente incomprensible. Es probable que en ese ataque incomprensible haya varios factores. Déjeme arriesgar algunas hipótesis: en primer lugar, hay en Chile una cierta disputa por el campo intelectual en el que Cristián Warnken juega un papel de relevancia y muy merecido. Esto debe desatar resentimientos y quejas mudas, masticadas durante largo tiempo; en segundo lugar se encuentra el problema de las redes sociales que, al favorecer el anonimato y obligar a la frase corta y rápida, se llena de expresiones imaginadas al pasar, reacciones momentáneas, puramente estomacales, que no pasan por el control de la razón; en tercer lugar se encuentra la renuncia al diálogo tan propio de estos días en los que en vez de exponer razones se las sustituye por lo que la gente “siente”. Basta pues que alguien se “sienta” de una cierta manera (se sienta víctima, minoría, ofendido o lo que fuera) para que crea que ese sentimiento suyo merece ser divulgado a los cuatro vientos en la red; en cuarto lugar, hay la cierta idea que el discurso posee límites invisibles que la gente emboscada en las redes se cree con el deber de custodiar; y en fin hay quienes piensan que la fuente de la verdad es su propia certeza subjetiva y entonces cuando alguien, como Cristián Warnken, que ha contribuido por tantos años a la vida cultural e intelectual, invitan a revisar las propias certezas la reacción es el rechazo puramente visceral. Todo eso, desde luego, le hace mal a la democracia.  

Un diario -sin perjuicio de su opinión editorial- debe estar abierto a todos los puntos de vista y a la exposición de las razones que los amparan, sin dejarse amedrentar».

-Usted personalmente ha experimentado funas y ataques en la época del estallido, por un sector de los alumnos de la universidad. También ha sido blanco de muchas críticas por sus opiniones que pueden ser consideradas impopulares para distintos sectores. ¿Qué nos dice eso del debate de ideas actual?

Hasta donde logro comprender hay pocos sectores que no se hayan sentido alguna vez molestos por lo que digo o pienso. Pero no me quejo. Lamento, sin embargo, que muchas veces en vez de discutir mis opiniones quienes no las comparten mascullen simplemente la molestia que les producen. Como le decía denantes, una sociedad abierta descansa sobre el diálogo, el acto en el que todos los miembros de la sociedad se reconocen recíprocamente una condición de igualdad y se disponen a deliberar acerca de cómo han de organizar la vida en común.  Ello requiere, desde luego, intercambiar razones, estar dispuesto a expresar las propias y disponerse a dejarse persuadir por las ajenas. Pero todas esas virtudes que son propias de la vida democrática están hoy en Chile a la baja. Hay demasiada gente persuadida que sentir algo o creer algo es garantía más que suficiente de verdad (y en vez de decir “pienso que” comienzan sus frases diciendo “siento que”, como si sentir algo fuera una buena razón). Cuando la razón falta no es el relativismo el resultado, sino el fanatismo, la simple afirmación de la subjetividad.

-Casi en paralelo a este episodio, The New York Times vivió una polémica tras publicar una columna de opinión de un senador republicano donde planteaba la necesidad de “sacar las tropas a la calle” por la violencia que se estaba desatando en EE.UU. tras la muerte a manos de la policía, de George Floyd. Usted es uno de los columnistas más leídos y comentados, ¿cuál es su opinión al respecto?

Me parece que un diario -sin perjuicio de su opinión editorial- debe estar abierto a todos los puntos de vista y a la exposición de las razones que los amparan, sin dejarse amedrentar por los custodios invisibles del discurso que hoy día abundan. No hay nada peor que emplear la moralización de la vida pública -excluyendo ex ante ciertos contenidos- para controlar el discurso. Eso es peor que la censura abierta. La censura abierta al menos exhibe su sinrazón, su injusticia y su atropello. Los custodios invisibles del discurso que hoy día sobran impiden el debate esgrimiendo pretextos falsamente morales, pretextos que ocultan el atropello en el que incurren. El diálogo y la libertad de expresión son los valores fundamentales de la democracia. Y ello supone la disposición a escuchar y dejar que se expresen todas las opiniones.  Renunciar a los valores del diálogo o la libertad de expresión o aceptar se los intimide, es renunciar o poner en riesgo la cultura democrática. Un periódico no debe, por ningún motivo, ceder a eso. 

No hay nada peor que emplear la moralización de la vida pública -excluyendo ex ante ciertos contenidos- para controlar el discurso. Eso es peor que la censura abierta».

-El editor de Opinión terminó renunciando y el NYT sigue tratando de explicar lo que pasó tras una “rebelión” de periodistas. ¿Cómo ve el límite entre línea editorial y sesgo?

Pienso que los periodistas debieran ser los primeros en defender el derecho de los ciudadanos a expresar sus puntos de vista, aunque ellos les resulten incómodos o inaceptables. Desgraciadamente los periodistas tampoco están exonerados de creer que hay cosas que no se pueden decir o expresar. Hay muchos periodistas que en vez de echar una gota de duda sobre la corrección política o la moralización de la vida pública, la practican con entusiasmo y lo que es peor casi sin darse cuenta. Sentirse agredidos por una opinión no es propio de un periodista quien debiera poner el grito en el cielo no cuando una opinión se expresa, sino cuando se le impide hacerlo. 

Hay muchos periodistas que en vez de echar una gota de duda sobre la corrección política o la moralización de la vida pública, la practican con entusiasmo».

Por supuesto nada de esto impide que un diario cuente con una línea editorial clara, en la que explicite sus razones. Una línea editorial clara no es opuesta a la libertad de expresión, como es obvio. Respetar la libertad de expresión no quiere decir que usted sea neutral en los asuntos públicos, quiere decir que usted está dispuesta a manifestar sus razones y escuchar, y llegado el caso discutir, las ajenas.

-«La democracia es una disputa pacífica por el poder» dijo usted el domingo en Icare y que desde ahí salen valores que vivimos a diario como la libertad de expresión. ¿Está hoy en peligro? Lo pregunto tanto para Chile como en otras naciones, siguiendo el ejemplo de EE.UU. que acabo de nombrar.

La democracia es la única forma de reemplazar a quienes ejercen el poder sin derramar una gota de sangre, sugirió alguna vez Popper. Y creo que tenía razón. La gran virtud de la democracia es que ella consiste en un procedimiento que permite la disputa pacífica por el poder. Todo lo que la democracia conlleva -el respeto de la dignidad del adversario, el diálogo, la libertad de expresión, la igualdad ante la ley- derivan de ese compromiso fundamental. Y a ese compromiso se suma otro: la duda frente a las propias convicciones. Un demócrata está dispuesto a abandonar sus convicciones cuando las razones del adversario así lo sugieren. Una democracia entonces no requiere ni fanáticos, ni creyentes, requiere ciudadanos que sean capaces de dudar de sí mismos y por eso estar abiertos al diálogo. Desgraciadamente hoy día hay muchos políticos y políticas que creen que basta sentir que algo es justo para que entonces las reglas no valgan nada. La senadora Adriana Muñoz es un ejemplo lamentable de eso y lo peor es que lo confiesa creyendo que eso es una virtud. 

-Hay quienes comparan el estallido de Chile con el de EEUU. Pero hay una diferencia clara, que los demócratas, incluso la misma familia de Floyd, salió de inmediato a condenar la violencia desatada en las calles. ¿Por qué en Chile faltó eso desde la centroizquierda?

Hubo oportunismo, sin duda. En octubre hubo muchos que creyeron que los acontecimientos de la calle sustituirían a las urnas y dejaron entonces que todo siguiera su curso como quien mira una moneda en el aire y cruza los dedos rogando para que caiga del lado que ellos apostaron. Se suma a ello la existencia de un cierto simplismo moral que en esos días cundió por todas partes. Si, como se decía en esos días y se repetía por todos, la causa de la crisis era una injusticia lacerante, entonces la violencia parecía justificada. Cuando usted piensa que una situación es radicalmente injusta y renuncia a pensar los factores que la producen -que es lo que ocurrió en Chile-  moraliza la vida y entonces ningún precio es demasiado alto para que la inmoralidad acabe. Cuando usted moraliza la vida y la simplifica, los pretextos para justificar la violencia o hacer la vista gorda frente a ella sobran. 

En octubre hubo muchos que creyeron que los acontecimientos de la calle sustituirían a las urnas».

-También se ha visto otro fenómeno: la «censura» que viven desde sus mismos sectores dirigentes políticos que buscan diálogo, que es otra forma de afectar la libertad de expresión. En una entrevista con El Líbero Jorge Correa Sutil dijo: “Se hizo costumbre que organizaciones cuya representatividad nadie acredita, se sientan en libertad o en el derecho de menospreciar, de ridiculizar, arrinconar a las autoridades elegidas por el pueblo”. ¿Qué pasa cuando son los mismos partidos, particularmente de izquierda, los que empoderan a esos grupos?

 –La actitud de ridiculizar y menospreciar, etcétera, no es una conducta solo de la izquierda, es parte de una cultura política extendida. Ha ocurrido en la izquierda respecto del gobierno de Piñera; pero apenas ayer ocurría con la derecha respecto de Bachelet. Lo que hay en Chile no es un problema solo de las fuerzas de izquierda, es un problema que aqueja a la cultura política en su conjunto. A ello se suma la idea que las organizaciones sociales son más representativas que el Congreso nacional. Este último es un prejuicio antidemocrático. Los gobiernos corporativos, donde los sindicatos y las organizaciones sociales sustituyen a los partidos, se llama fascismo, no democracia. Pero hoy cualquier dirigente gremial cree tener mayor derecho a la representación que un parlamentario ¿Habrán pensado lo que eso significa si se expande en la cultura pública? 

Los gobiernos corporativos, donde los sindicatos y las organizaciones sociales sustituyen a los partidos, se llama fascismo, no democracia».

-¿Cuáles son sus expectativas con respecto al acuerdo nacional? ¿Por qué cree que ha costado tanto que sectores de la oposición se sumen al diálogo?

Un acuerdo es imprescindible para evitar que amplios sectores que en estas tres décadas accedieron al bienestar y a mayores grados de autonomía, y salieron de su condición proletaria, vuelvan a ella. Si no se alcanza un acuerdo y algo así ocurre, Chile habrá retrocedido varias décadas y habremos comenzado el camino repetido de casi todos los países latinoamericanos de retroceder cada cierto tiempo. Hay pues que alcanzar un acuerdo acotado que permita postergar las agendas de cada fuerza política hasta que la crisis se supere.  Esto claro requiere generosidad de todos; pero en especial comprensión acerca de la verdadera índole de la política que consiste no en hacer felices a los pueblos, sino en evitarles el sufrimiento. La política tiene por eso una grandeza amarga como alguna vez sugirió Raymond Aron. 

En estos tiempos es cuando los verdaderos políticos aparecen, cuando la grandeza de la política encuentra una oportunidad, la gran política aparece siempre en tiempos de oscuridad».

-El ministro Mañalich planteó al comienzo de la crisis que había que preocuparse del postoperatorio, aludiendo a la crisis política y económica. ¿Ud. ve a alguien pensado en ese postoperatorio?

No cabe duda que la responsabilidad principal en esto la tiene el Ejecutivo. A él le corresponde diseñar un camino de salida y para eso el acuerdo del que hablamos es urgente. El resto de las fuerzas políticas van a tener que postergar sus sueños escatológicos de cambio radical -que creyeron al alcance de la mano en octubre- como única forma que el país recupere la capacidad de diálogo y la crisis se supere. Los tiempos del optimismo y del bienestar creciente están siendo sustituidos hoy por los tiempos de la escasez y el escepticismo; pero en estos tiempos es cuando los verdaderos políticos aparecen, cuando la grandeza de la política encuentra una oportunidad, la gran política aparece siempre en tiempos de oscuridad.

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