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Publicado el 01 de octubre, 2017

Auschwitz, la fábrica de la muerte

Autor:

Mónica Mullor

A una semana de que se cumplan 76 años desde que la Alemania nazi comenzara a construir el centro Auschwitz II Birkenau para torturar y exterminar a judíos, Mónica Mullor recorrió el campo de concentración. En este relato en primera persona, cuenta las atrocidades que se vivieron en ese lugar.
Autor:

Mónica Mullor

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¿Por qué visitar Auschwitz?

Porque es el mayor testimonio del holocausto, del horror, de la brutalidad, del racismo, de lo egoístas que somos los seres humanos y lo crueles que podemos llegar a ser.

Puede que a algunos les parezca raro querer ir a visitar un campo de exterminio. Lo había visto en fotografías, documentales, películas, libros y, sin embargo, todo eso me parecía ajeno y lejano. Por ello decidí viajar a Cracovia, y visitar el campo de concentración de Auschwitz.

No, no es morbo, es, simplemente, querer ver y, dentro de lo posible, entender la realidad más oscura del ser humano. Pienso que hacerlo es vital para abrir los ojos y aclarar la mente, pues, a veces, hasta que no contemplamos de cerca los testimonios del horror no somos plenamente conscientes de que debemos luchar y recordar para que jamás se repita.

Han pasado 72 años desde la liberación de los sobrevivientes del campo y nadie puede omitir que allí, en el principal complejo de exterminio de la Alemania nazi, fueron asesinadas más de 1,1 millón de personas.

Ahora me encontraba, allí.

Llegué a Auschwitz. Está situado a unos 50 kilómetros al oeste de Cracovia. El cielo estaba gris y a ratos caía una leve llovizna. A lo lejos se ven las construcciones de ladrillo rojo que fueron parte de un antiguo campo militar polaco y que se transformó en Auschwitz I.

El silencio es indescriptible. Es el silencio de la muerte y de los tormentos. De los que murieron en la cámara de gas, de un balazo, en la horca, acribillados en un paredón o simplemente de hambre y enfermedades.

Al entrar al campo de concentración Auschwitz I se pasa debajo de la frase que recibía a todo aquel que llegaba allí, “Arbeit macht frei”. Se podría traducir como “el trabajo nos libera”. Una frase que seguramente brindaba una esperanza a los que llegaban, pero solo era una mentira disfrazada de bienvenida para encubrir el trabajo forzado y la esclavitud.

La visita comienza en una de las tantas barracas de ladrillos convertida en museo. A su llegada los prisioneros eran sometidos a diversos exámenes médicos y los despojaban de todas sus pertenencias. Algunos ni siquiera pasaban un día en el campo de concentración: los mandaban directamente a la cámara de gas. Les rapaban la cabeza y los hacían desnudarse. Así decidían sobre la vida y la muerte de los prisioneros. Separaban a las familias y enviaban a los que consideraban aptos a morir lentamente por el trabajo forzado.

Encoje el corazón ver los objetos despojados de los prisioneros tras las vitrinas: maletas, zapatos (de adultos y de niños), vestimentas, gafas. En una sala ves una montaña de pelo. Sí, ¡pelo humano! Los nazis lo utilizaban para relleno de colchones, cuerdas y sacos, y también se ven latas vacías de gas Zyklon B.

Las fotografías recogen las vivencias y las condiciones de hacinamiento e insalubridad que hombres, mujeres y niños tuvieron que soportar. Vivían con el barro hasta los tobillos. Sus rostros muestran cansancio, dolor y miedo, y sus cuerpos son casi puro hueso. La mísera ropa, siempre húmeda, las medias rotas. La sarna, el hambre, la diarrea, el tifus y entre los bloques de ladrillos cúmulos de cadáveres desnudos con las cabezas rapadas echadas hacia atrás para luego ser echados a los hornos crematorios como si fueran basura.

Es difícil entender como se pudo llegar a ese nivel de insensibilidad, de crueldad y de odio.

La barraca Nº11 era la de castigo, “la prisión dentro de la prisión”. Allí habían celdas de un metro cuadrado en las que metían a varios prisioneros a la vez y al ser tan pequeñas no tenían espacio para sentarse y muy poco oxígeno para poder respirar. También en este lugar se les ejecutaba, ahorcaba e incluso los dejaban morir de hambre. Aquí se realizaron las primeras pruebas con el gas Zyklon B que posteriormente se utilizaría en las cámaras de gas.

Saliendo de la barraca Nº 11 nos encontramos en la calle del paredón. El pelotón de fusilamiento acribillaba a docenas a la vez contra un paredón forrado de caucho, para atenuar el ruido de los disparos.

Cerca de esta zona se pasaba revista a los prisioneros. Si faltaba alguno los dejaban a todos de pie durante horas ya fuese en pleno invierno, con poco abrigo y temperaturas bajo cero o bajo el aplastante calor del verano. El desprecio que les tenían era espeluznante.

En otra edificación, la Nº10, se llevaron a cabo experimentos médicos: castraciones forzosas, esterilizaciones y pruebas a niños y gemelos, que eran la obstinación del ”ángel de la muerte”, el siniestro doctor Josef Mengele, el artífice de todas estas pruebas y ensayos humanos de horror. También fue médico jefe en Auschwitz II-Birkenau. Mengele nunca fue capturado ni juzgado (murió en 1979, en Brasil).

Más de mil mujeres vivían apretujadas en barracas de ladrillos, con camastros estrechos y podridos de tres pisos, donde en verano podían hacer 30º de calor y en invierno -30º, con el suelo húmedo de orinas, de defecaciones, ratones… un infierno humano.

La construcción de la cámara de gas que se visita en Auschwitz I es original, y ha sido reconstruida parcialmente. A los prisioneros les ordenaban entrar diciéndoles que eran duchas con tratamiento desinfectante, después del largo viaje. Una vez dentro, les daban la orden de desnudarse. Luego cerraban las puertas y a través de unas pequeñas ventanillas ubicadas en el techo, lanzaban gas Zyklon B, el agente tóxico que los mataría a todos.

Los nazis esperaban 25 minutos para asegurarse de que no hubiese ningún “tipo de actividad” dentro. Luego, un cuerpo formado por prisioneros judíos  —empleados en los crematorios de Auschwitz y en las zanjas donde se llevaban a cabo las quemas de cadáveres— sacaban los cuerpos de la cámara para extraerles el oro que podían tener en los dientes y los cuerpos y eran trasladados al crematorio.

Esta cámara de gas, al igual que las otras cuatro que se construyeron en el campo de

Auschwitz II Birkenau, formó parte de la llamada ”solución final”, el plan con el que los nazis llevaron a cabo el genocidio sistemático de la población judía europea, así como de romaníes, homosexuales e intelectuales polacos, cuya organización y supervisión estuvo a cargo de Heinrich Himmler.

Así dejé Auschwitz I para dirigirme a Auschwitz II Birkenau, ubicado a solo tres kilómetros de Auschwitz I. Tiene una extensión de 2,5 km por 2 km. El campo llegó a albergar a 100.000 prisioneros y su objetivo principal era, el exterminio.

Me impresionó la inmensidad de Auschwitz II Birkenau, con más de 250 barracas de ladrillo y de madera, de las cuales muchas fueron destruidas.

Cuatro cámaras de gas y cuatro hornos crematorios, más de 13 kilómetros de vallado con alambradas electrificadas, 10 kilómetros de caminos y dos de vías férreas. Las cámaras de gas (destruidas por los alemanes antes de huir del lugar), tenían una capacidad de gasear a 2.500 personas.

Aquí llegaron, en tren, prisioneros judíos de distintos países de Europa, en carros utilizados para transporte de ganado. En el camino morían muchos. El aire era turbio, algunos caían desmayados encima de los cuerpos sin vida, deshidratados, sin fuerzas ni comida.

Al llegar al campo de exterminio separaban a los sobrevivientes del viaje. Hombres, mujeres y niños y muchos de ellos eran llevados directamente a la cámara de gas. Cuando los transportes de judíos provenientes de toda Europa pasaron a ser mucho más numerosos, los nazis perfeccionaron sus métodos, construyeron líneas férreas (de ida y de vuelta) hasta las cámaras de gas y crematorios.

Los prisioneros dormían en barracas lúgubres de pasillos estrechos. Alrededor de 1.500 mujeres, en camastros de tres pisos en grupos de ocho o diez. Las ventanas estaban cerradas, el hedor que se creaba allí era insoportable. Los piojos se les metían en las heridas abiertas y las ampollas se les llenaban de pus.  Además, las mujeres estaban expuestas a las frecuentes e inesperadas visitas del doctor Mengele.

No se puede dimensionar todo ello sin estar ahí, no alcanza con el conocimiento y la imaginación. No eran algunas barracas y una cámara de gas, era una infernal maquinaria de vejaciones, físicas y espirituales, al servicio de la aniquilación y la muerte.

Lo que hoy queda de Auschwitz II-Birkenau solo logra transmitirnos ínfimamente el sufrimiento de cientos de miles de personas. Hoy en día nadie que jamás haya estado en un campo de concentración podría creer y menos aún comprender, las crueldades cometidas por los nazis en Auschwitz.

Los nazis destruyeron las cámaras de gases y los crematorios de Auschwitz II Birkenau antes de abandonar el campo, en un intento de eliminar todo rastro de las barbaridades que allí habían ocurrido.

El primer hombre en entrar a Auschwitz tras su liberación, la mañana del 27 de enero de 1945, fue Anatoly Shapiro de 32 años, primer oficial del ejército soviético:

”Cuando nos aproximamos a las barracas que se suponía eran para mujeres, nos encontramos con una imagen terrible. En su interior quedaron mujeres que yacían sin vida sobre el suelo, desnudas, porque la ropa se la habían robado las personas que sobrevivieron. Había mucha sangre y excrementos humanos alrededor (…) Todo estaba impregnado de un olor imposible (…) En el último cuartel solo habían dos menores que habían logrado sobrevivir”.

Si van a Cracovia, les recomendaría que dedicaran un día a visitar este lugar, porque aunque suene paradójico, vale la pena verlo y, sobre todo, contarlo para que nunca más vuelva a suceder.

A la salida del campo, hay una librería. Bajo el brazo traje conmigo un libro titulado La esperanza es la última en morir, escrito por Halina Birenbaum, sobreviviente del gueto de Varsovia y de distintos campos de concentración y exterminio nazis. Esta obra es un testimonio de la memoria sobre el holocausto, pero también es una muestra de que los sentimientos más humanos, como la esperanza, el amor al mundo y a la vida en todas sus formas, son indestructibles.

Alexandra (nuestra guía polaca) terminó diciendo: “Y así, el 27 de enero de 1945, las fuerzas soviéticas lograron ingresar al campo de Auschwitz, liberando a alrededor de 7.600 personas. Muchos de ellos, ya en libertad, no sobrevivieron. Luego, los polacos, tuvimos 50 años de dictadura comunista”.

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