“Recuerdo aquella primera imagen de ese éxodo masivo de gente que incluso llegaba a abandonar sus autos en la ruta por la desesperación que tenían por huir. Entramos desde la frontera polaca. A partir de ahí ha sido como un cachetazo, una suerte de baño de pasado porque tenés la sensación de estar viendo una postal que solamente viste o en una película o en un libro”, relata en conversación con El Líbero vía Zoom, Carolina Amoroso, periodista argentina, conductora de TN Internacional y del programa de actualidad Bella y Bestia, autora del libro “Llorarás, historias del éxodo venezolano”. Amoroso volvió a Buenos Aires hace pocas semanas tras cubrir el principio de la guerra en Ucrania

Ella, junto a su equipo, partieron desde Argentina rumbo a la guerra el mediodía del mismo jueves tras la invasión. Al llegar a destino, se encontró con un panorama “apocalíptico, masivo, desesperado y alienante”, algo que no había visto nunca antes a pesar de haber cubierto otras crisis humanitarias, según relata. “Ha sido un golpe seco, esa primera imagen, ese primer metro avanzando en Ucrania”, recuerda la corresponsal, antes de retratar algunas de las escenas más representativas de lo que es esta guerra. 

«Estábamos en un supermercado cuando escuchamos un estruendo, como si alguien se hubiera golpeado contra una pared de vidrio y vemos a una mujer de unos veintitantos o treinta años, no más de eso, acompañada por una chiquita de entre 6 y 7 años. La mujer se había desplomado en el piso con el celular en la mano y lloraba desesperada, se tiraba de los pelos. Nos acercamos. Ella hablaba ucraniano, no hablaba inglés. Llega a decirme: ‘Ukraine, Ukraine‘». 

«La nenita temblaba como un papel, pero no lloraba, temblaba. La mamá lloraba desesperada. Una mujer llega a traducirnos lo que estaba pasando. A la mujer le acababan de decir que habían matado a su padre. Y su hijita, que solamente atinaba a decirle “mama, mama”, estaba buscando que esta mujer, en medio de la desesperación, la registrara. Pero era tal la alineación, tal el dolor, tal la tristeza de esa madre, que no llegaba a ver a su propia hijita.  Eran dos criaturas en esa situación, dos hijas en esa escena”, relata Amoroso, como una de las tantas historias de esta tragedia que pudo ver y contar. 

También presenció la estación de tren de los desesperados; una ciudad bombardeada donde sólo quedaba el silencio, los hombres y las armas, entre otras escenas. 

Contar el dolor 

-Usted estuvo en contacto con tanto sufrimiento humano. En una entrevista en Instagram con Hania Woyslaw, periodista que también estuvo en Ucrania, mencionó eso de acercarse al dolor del otro ser humano “descalzo”. ¿Qué es para usted aproximarse al dolor del otro descalzo? ¿Cómo se aproximaba a este sufrimiento que vio en Ucrania, para después contarlo periodísticamente?

-Entiendo que aproximarse descalzo es aproximarse también con el dolor propio a cuesta y entendiendo que nunca el dolor del otro puede ser materia ni para una forma de espectacularización, ni para la reafirmación de un sesgo. El dolor del otro es la materia más sagrada con la que nosotros podemos llegar a trabajar. Es por eso que también tenemos que enfrentarnos, por sobre todas las cosas, y más que como periodistas, como personas, a esa situación.

Amoroso recuerda que una vez un párroco de una iglesia a la que suelen ir buena parte de la comunidad venezolana en Buenos Aires, le dijo: “A mí me gusta que te aproximás como con los pies descalzos”

Agrega: «Entiendo que hay una cuestión casi metodológica de separación, pero entiendo también que cuando uno está siendo testigo de dolores de esta magnitud, hay que poner también un poco en juego el alma de uno. Uno no puede ser un testigo ausente o distante de esa realidad».

Historias de destierro

-Le ha tocado contar historias de destierro, en Ucrania y en Venezuela. ¿Cómo podría describir el destierro como experiencia humana? ¿Qué paralelismos encuentra entre estas dos grandes historias de destierro? 

-Se dan en dos circunstancias muy distintas, pero diría que el gran paralelismo es la humillación. La privación o el extirparte de todo ello que constituye tu identidad y el desafío titánico de construir tu identidad y el responderte quién sos cuando te quitaron todo lo que te pertenecía, todo lo que te constituía. 

«Llegué a darme cuenta que las personas somos dos o tres cosas: nuestros amores, el lugar al que llamamos hogar o casa, nuestros olores, nuestra gente, nuestro barrio, una calle. No somos muchísimo más que eso. El resto son circunstancias». 

Y luego añade, en relación al rol del periodista: «Más allá de las particularidades, que por supuesto que ese es el trabajo que tenemos que hacer: contar las particularidades, entender el contexto y ayudar a explicar fenómenos políticos, geopolíticos, sociales y culturales. Por sobre todas las cosas me parece que el trabajo que tenemos que hacer ahora los periodistas es acercar toda la humanidad que hay en estas situaciones, la humanidad en carne viva, para que quien está del otro lado entienda que ningún sufrimiento humano nos puede quedar tan lejos como para resultarnos ajeno».

Los que se quedaron 

Muchos se fueron de Ucrania y muchos otros se quedaron. ¿Cómo vio la moral de los que se quedaron? 

Antes de responder, la corresponsal aclara que regresó a Buenos Aires hace casi 1 mes luego de haber estado 21 días de viaje. Dice esto para marcar el contexto, porque la situación siempre es cambiante y contingente.

-Lo que yo noté es un gran nivel de estoicismo en la resistencia-, y recuerda los hashtags #StandwithUkraine o #WestandwithUckraine al entrar al país. 

Y profundiza: «Básicamente lo que te invade como realidad apenas entrás a Ucrania es que Ucrania está sola. Eso es muy claro apenas llegas. Ellos lo entendieron desde el primer momento. Llegás a ver desde un viejo poniéndose un uniforme y negándose a salir del país aunque tenga la edad que lo habilite a hacerlo, porque quiere quedarse a defender su casa; pueblos enteros armados y dispuestos a resistir, a que sus propios cuerpos sean su primera barrera de contención, o la última barrera de contención para defender sus casas y sus familias».

«La moral es muy muy alta, por este mismo aspecto. Y también hay mucha claridad -sobre todo en la gente de nuestra generación, la gente en los treintas- respecto al mundo al que quieren pertenecer. Al llegar acá me encontraba con que me hacían muchas preguntas sobre cómo se percibía la figura de Zelensky. En Ucrania casi no tuve conversaciones al respecto porque la gente no te habla de eso. A ellos se les está jugando un mundo al que quieren pertenecer. Se les está jugando también una reivindicación histórica de su identidad. Sienten que no hay un reconocimiento a su naturaleza soberana, a su identidad nacional, que lo que está burlado, humillado y reducido, es eso. Y que, por consiguiente, están dispuestos a resistir».

Entre su relato, la corresponsal se pregunta a sí misma qué estará pasando del lado ruso con la moral y con la convicción con la que algunos de los jóvenes rusos están avanzando sobre el territorio ucraniano. «Y digo que me lo pregunto, porque cuando entras a Ucrania, una de las primeras cosas que percibís es que la gente te habla de su familia en Rusia», aclara Amoroso. 

Guerra entre pueblos hermanos

-¿Qué percibió de la relación Ucranianos-Rusos? 

-Una de las personas con las que me he mantenido en contacto a lo largo de estos días es una refugiada rusa que con su familia y su marido vivían en Ucrania. Ellos vivieron en dos lugares, Irpin y Bucha. Irpin y Bucha forman parte de ese anillo de asedio constante alrededor de la capital de Kiev. Bucha ha sido el epicentro de una masacre que está siendo denunciada y que fue lo que en definitiva luego derivó en la suspensión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. 

Relata la periodista: «Ella, su marido y su hijito. Yo la conocí en un colectivo en un momento en el que pasamos las fronteras y me contaba que ellos habían venido como refugiados a Ucrania porque el marido había participado en protestas antigubernamentales en Rusia, con lo que puede significar participar en protestas antigubernamentales en Rusia, la Rusia de Vladimir Putin. Y ahora estaban siendo expulsados nuevamente. El destino del refugiado que es casi como una suerte de negación de futuro permanente. Estaban siendo expulsados otra vez. 

«También me encontré con una chica que tenía mi edad. Ella estaba quedándose en Lviv, trabajando en un bar. Tenía un gran trabajo en la capital en Kyiv y su departamento. No sabía qué había sido de su edificio y departamento y estaba enojada porque tenía parte de su familia en Rusia y cuando hablaba con ellos discutía porque me decía: ‘Ellos creen las fake news. Creen lo que les dice el gobierno’. Ahí me di cuenta que también se trata de una tragedia de hermano contra hermano, que es quizás uno de los giros perversos también que tiene esta guerra». 

-En el programa Bella y Bestia de TN que dieron cuando recién volvió de Ucrania, contó que el editor de “Llorarás”, su libro sobre el éxodo venezolano, le dijo alguna vez: “La muerte es inevitable, pero la vida se impone”. ¿Podría contarnos alguna escena o imagen de la guerra en Ucrania en donde pueda decir que la vida se impuso a pesar del contexto trágico? 

-Te diría todo el tiempo. Todo el tiempo no, pero mucho. Porque también el estoicismo está en esas pequeñas cosas. Recuerdo, en Polonia, en un centro de refugiados que comenzaba a funcionar, era una escuela. Se acercaba un nenito -me habrá visto con la cámara y quiso acercarse-. Me regalaba caramelos todo el tiempo para que siguiera jugando con él. Los niños son, te diría, la postal más cándida y al mismo tiempo son quizá lo más lacerante… Verlos en medio de esa situación. 

«Después de repente estás en una plaza y la ciudad se está preparando porque quieren proteger sus monumentos o sus imágenes religiosas. Ves un coro de hombres mayores saliendo a la plaza para cantar y entonar canciones nacionales. Literalmente el país está en un estado de guerra y todo está al límite y se impone eso que puede parecer de orden simbólico. 

Pero estamos hechos de símbolos. 

De eso está lleno Ucrania. 

Ves los gestos de solidaridad entre la gente, en medio de la desesperación de todos. Ves los gestos de solidaridad del que está mejor y está dispuesto a darlo todo por sus hermanos». 

A dos meses del comienzo de la guerra

-Estamos a dos meses del comienzo de la guerra. Desde su perspectiva, ¿Por qué cree que Rusia hasta el momento no ha podido dominar Ucrania? 

-Primero, porque se plantea una guerra asimétrica, para la cual creo que Rusia no estaba preparada, no al menos con la fortaleza que ha mostrado tener la resistencia ucraniana. La resistencia ucraniana no es solamente el ejército y lo que ellos llaman la defensa territorial, que son los civiles que se suman y toman las armas para defender. Son todas y cada una de las comunidades que ponen todo al servicio de resistir. Yo vi escuelas transformadas en talleres donde las mamás y las maestras tejen las redes de camuflaje mientras los más chiquitos juegan. Y los chicos de 14 a 17 años reciben clases de tiro con pistolas de aire comprimido en un búnker. Todo está redefinido a partir de la guerra. 

«También hay que entender que la guerra forma parte de una idiosincrasia, o de una cultura. Ellos llevan a la guerra en la memoria de la sangre. La guerra del Donbás, que llevaba varios años cuando estalló este conflicto, se cobró miles y miles de vidas. Nadie les tiene que contar o explicar de qué se trata estar en un estado de guerra.

Creo que Putin no esperó un nivel de adhesión de la sociedad civil tan pero tan grande. Esta idea de una guerra de milicias, que es como plantea el enfrentamiento Ucrania en este momento. Y una moral tan alta. Ucrania está en soledad y en una posición de desventaja respecto de Rusia, en cuanto al poderío militar. Pero este componente de la moral, el estoicismo, la fortaleza en la resistencia y la manera en que han podido capitalizar también, ya desde el punto de vista estratégico militar, los serios problemas logísticos que tuvo el ejército Ruso. 

Me parece que todo eso sumado a la cooperación de las comunidades, ha constituido un desafío mucho más grande que lo que entiendo el Kremlin pudo prever». 

-¿Cuál es su perspectiva de lo que se viene? 

-Entiendo que estamos en un escenario de guerra prolongada. No veo estímulos inmediatos para que Rusia dé un paso atrás y abandone algunas de las aspiraciones que tiene sobre el territorio Ucraniano. 

«De hecho, cuando se produce la retirada de las cercanías de Kiev, yo me preguntaba si no es un intento por reagrupar y volver, no dentro de mucho tiempo y con mayor virulencia, a los asedios. Además se produjo el hundimiento del Moskva que tiene todo un peso simbólico para Rusia, y además, para Rusia ante el mundo. 

No podría decirte un horizonte temporal, pero veo todavía un escenario de guerra prolongada que tristemente tendrá y ya está teniendo un altísimo costo de vidas humanas, sobre todo por lo que ha sido. Y de esto podemos dar cuenta, porque entramos a Zhitomir que es una ciudad bombardeada. Allí registramos edificios residenciales bombardeados, una escuela bombardeada, caminamos entre escombros y juguetes y cuadernos. Podemos dar cuenta de que los objetivos civiles estaban en el centro de la estrategia de asedio de Rusia sobre territorio ucraniano. 

Tristemente este escenario de guerra prolongada, para mí plantea un problema muy serio en términos del costo en vidas humanas, y también un tema muy serio en materia humanitaria y en todo lo que puede escalar la crisis migratoria».  

*Versión editada de la entrevista a Carolina Amoroso, pincha acá para ver la versión completa en nuestro canal de YouTube

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