Mientras seguimos enfrascados en discusiones sobre décimas de crecimiento -si es de dos coma poco, o dos coma nada por ciento- parecemos haber normalizado lo inaceptable: Chile lleva una década o más estancado. Nuestro actual crecimiento cercano al 2% está muy lejos del promedio de las décadas del 90 y los 2000. Una de las principales razones es que la productividad está estancada y dejó de ser un aporte al crecimiento.

Esta desaceleración no es sólo un dato macroeconómico. Tiene consecuencias profundas sobre el bienestar de las personas. Crecer no es una obsesión tecnócrata ni un objetivo abstracto: es la base material sobre la cual se construyen el desarrollo humano, la reducción de la pobreza y, contra lo que muchos piensan, también una menor desigualdad.

El estancamiento actual, en cambio, amenaza con revertir (o al menos frenar) esos avances. Sin crecimiento, el Estado tiene menos recursos para invertir en políticas sociales; las empresas generan menos empleos de calidad; y las familias, especialmente las más vulnerables, ven reducidas sus oportunidades.

Durante las próximas campañas presidenciales, deberíamos exigir a los candidatos propuestas audaces, serias e innovadoras para recuperar el dinamismo perdido. No bastan promesas de bonos ni discursos genéricos sobre productividad. Lo que Chile necesita es una agenda de crecimiento real, que incluya reformas institucionales, regulatorias y políticas que aborden nuestras restricciones estructurales.

La primera medida es evidente y está en boca de todos: reducir la permisología. Hoy, emprender un proyecto productivo en Chile es una carrera de obstáculos, con procesos cada vez más largos e inciertos.

Hay una segunda reforma, quizás menos evidente, pero -en mi opinión- igual de importante: a saber, cambiar el sistema electoral. Sin un Congreso funcional, capaz de construir acuerdos estables y aprobar reformas de largo plazo, cualquier agenda de crecimiento está condenada al fracaso. El actual sistema de representación proporcional atomiza la política, incentiva la fragmentación y castiga la moderación. Una economía moderna necesita instituciones políticas que también lo sean. No creo que sea exagerado decir que no es posible un programa de gobierno de peso que no contemple una reforma al sistema electoral como una de sus prioridades.

Pero esto es sólo el comienzo. ¿Qué se hará en materia de comercio internacional y atracción de inversión extranjera? ¿Cómo se le dará impulso a la innovación y al emprendimiento? ¿Cómo aprovecharemos más los recursos en los que tenemos ventajas comparativas? ¿Cómo reduciremos la informalidad laboral? ¿Cuáles son los cambios en materia de impuestos para que la actividad empresarial despegue?

Las campañas presidenciales no pueden evadir este desafío. Crecer más y mejor requiere reformas difíciles, pero posibles. Chile lo ha hecho antes. Hoy, lo urgente es recuperar la convicción de que el desarrollo no vendrá solo, hay que construirlo. Y para eso, necesitamos propuestas valientes, instituciones que funcionen y una sociedad que vuelva a creer que Chile puede crecer (y que vote en consecuencia).

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