A veces los problemas más graves no comienzan con grandes decisiones públicas, sino con pequeños círculos de confianza. Con amistades que cruzan desde la juventud hasta el poder. Con lealtades personales que, sin quererlo o sin medirlo, terminan afectando decisiones estratégicas para el país.

El caso del cable submarino que terminó tensionando la relación entre Chile y Estados Unidos no es sólo una controversia técnica. Es una radiografía incómoda sobre cómo se toman decisiones en la cúpula del poder y cómo la falta de prolijidad puede transformarse en una crisis diplomática de proporciones.

En el centro del huracán aparece Raúl Domínguez, ingeniero en telecomunicaciones y amigo de infancia del Presidente Boric. Compañeros de colegio en Punta Arenas, parte de la misma generación, trayectorias que luego siguieron caminos distintos hasta reencontrarse en La Moneda. Domínguez asumió un cargo clave en la Subsecretaría de Telecomunicaciones al inicio del gobierno y tuvo participación en la etapa inicial de un proyecto que hoy mantiene en suspenso una relación estratégica con una de las principales potencias del mundo.

El problema no es la amistad. En política las redes existen y siempre existirán. El problema es cuando esas redes se combinan con falta de transparencia, licencias médicas irregulares, viajes poco claros y versiones contradictorias frente a un proyecto de infraestructura crítica.

El viaje a Shanghái en 2023 marcó el punto de partida de una iniciativa que terminaría con la concesión del cable a una empresa vinculada a China Mobile International. Ese mismo funcionario luego fue cuestionado por uso irregular de licencia médica tras una comisión de servicio en el extranjero. La Contraloría intervino. Se inició sumario. La renuncia llegó solo cuando el caso se hizo público.

Hasta ahí ya había un problema administrativo y ético. Pero lo que vino después escaló a otro nivel.

El gobierno avanzó con un proyecto de alta sensibilidad geopolítica sin anticipar… o sin querer reconocer el nuevo contexto global. Hoy los cables submarinos no son simples infraestructuras digitales. Son arterias por donde circula información financiera, gubernamental y estratégica. En el escenario actual de competencia entre China y Estados Unidos, cada decisión tecnológica tiene implicancias políticas.

Lo sorprendente no es que Chile busque diversificar alianzas. Eso es legítimo. Lo preocupante es la improvisación, la falta de coordinación y las versiones cambiantes cuando comenzaron las advertencias desde Washington.

Estados Unidos reaccionó con una dureza inédita. Se cancelaron visas a altas autoridades. El embajador norteamericano realizó declaraciones públicas poco habituales entre aliados. El conflicto dejó de ser técnico para transformarse en político.

Y en medio de esa tormenta, el gobierno intentó deslizar el problema hacia la administración entrante, señalando que la decisión final quedaría en manos del próximo Presidente.

Ahí es donde el equipo de José Antonio Kast tomó una decisión correcta. Mantener distancia. No prestarse para validar un proceso cuestionado. Suspender reuniones bilaterales que buscaban traspasar responsabilidades. En política exterior, la prudencia no es debilidad. Es estrategia.

Gobernar en el nuevo orden mundial exige algo más que convicciones ideológicas. Exige lectura geopolítica, coordinación institucional y coherencia. No se trata de alinearse automáticamente con una potencia ni de romper relaciones con otra. Se trata de entender que las decisiones estratégicas no pueden adoptarse con liviandad ni con opacidad.

Este episodio deja varias lecciones.

Primero, que la amistad no puede confundirse con mérito en la administración pública. Los cargos técnicos requieren estándares altos, no círculos de confianza.

Segundo, que el uso irregular de licencias médicas por parte de altas autoridades no es una falta menor. Es una señal de cultura interna.

Tercero, que la política exterior no se maneja con impulsos ni con gestos ideológicos, sino con profesionalismo.

Y cuarto, que en una transición de mando la responsabilidad sigue siendo del gobierno en ejercicio. No se puede gobernar hasta el último día y, al mismo tiempo, deslindar consecuencias.

Un cable submarino no debería convertirse en un cortocircuito diplomático. Pero cuando se combinan opacidad, malas decisiones y falta de conducción, el riesgo se multiplica.

Chile necesita volver a estándares de seriedad institucional. En materia tecnológica, en política exterior y en probidad pública. Porque en el mundo que viene, cada error se amplifica. Y cada improvisación tiene costos reales.

El próximo gobierno tendrá la tarea de reconstruir confianzas, ordenar prioridades y devolverle a la política exterior el equilibrio que nunca debió perder.

Gobernar no es un acto de amistad. Es un acto de responsabilidad histórica.

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