Chile necesita avanzar con decisión hacia una matriz energética más limpia. La energía eólica es una herramienta valiosa para reducir emisiones y disminuir la dependencia de combustibles fósiles. Mi objeción, por tanto, no es contra las energías renovables, sino contra la ubicación elegida para algunos proyectos que hoy se impulsan en las inmediaciones del lago Llanquihue.

El entorno del Llanquihue constituye uno de los paisajes más excepcionales del país. La combinación del lago con los volcanes Osorno, Calbuco y Puntiagudo forma parte de la imagen internacional del sur de Chile y sustenta una economía turística en expansión: hoteles, gastronomía, actividades lacustres, segunda vivienda y emprendimientos locales que dependen directamente de la calidad escénica del territorio.

El debate correcto no es “eólica sí o no”, sino “eólica dónde”. Un parque eólico de gran escala en un borde lacustre altamente visible altera de manera permanente el horizonte percibido por residentes y visitantes. Las turbinas modernas superan ampliamente los 180 metros de altura y pueden observarse desde numerosos puntos alrededor del lago. El impacto, por tanto, trasciende el predio específico donde se emplazan.

Resulta legítimo comparar esta situación con otras alternativas energéticas. Las centrales hidroeléctricas pueden producir efectos ambientales relevantes sobre ríos y cuencas, pero cuando se ubican en sectores precordilleranos remotos -en sexta, séptima y octava regiones- su impacto visual sobre la mayoría de la población puede ser considerablemente menor que el de decenas de aerogeneradores visibles desde todo el borde del lago. La pregunta de fondo es qué territorio estamos dispuestos a sacrificar.

Europa ofrece una lección útil. Países que apoyan firmemente las energías renovables -como Francia, Alemania o España- han establecido restricciones en paisajes patrimoniales, zonas turísticas y corredores visuales de alto valor. Chile debiera hacer lo mismo con sus grandes lagos y volcanes del sur.

También algunos países han privilegiado la energía eólica marina versus la terrestre, por sus menores efectos visuales. 

Proteger el lago Llanquihue no significa rechazar el progreso. Significa reconocer que ciertos paisajes son un patrimonio económico, cultural y natural cuya pérdida sería irreparable. La transición energética será más legítima y sostenible si se realiza con criterios de ordenamiento territorial que distingan entre lugares apropiados y lugares que simplemente no deberían intervenirse. 

Hay unos pocos agricultores felices con el pago de un arriendo por un pequeño terreno a cambio de un “alto” canon, por parte de una multinacional controlada por el Estado francés. No obstante, miles de personas no aceptan, ni aceptarán jamás, que en sus narices les hayan enchufado unas gigantescas moles que afearon para siempre el paisaje en el que nacieron, o en el que decidieron vivir antes de que llegaran las torres.

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4 Comments

  1. Me parece muy justo y racional lo planteado. Pero del texto expuesto me queda una gran duda, quieren instalar esas torres o ya están instaladas??????? Gracias

  2. La energía menos contaminante es la hidraulica, a fines de los años 90 casi un 100% de la electricidad provenía de centrales hidroelécticas, hoy su aporte al sistema eléctrico es menos de un 30%. La energía eólica y los paneles solares aportan muy poco al sistema eléctrico por lo que sería mucho más rentable insistir en la construcción de hidro Aysen que aportaría alrededor del 20% de la necesidad energética nacional

  3. Muy buena carta; agrego que desaparecerán gran parte de las aves e insectos voladores ….. en Holanda están desmontando algunas por esa razon

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