La conversación sobre inteligencia artificial (IA) en salud avanza hoy más rápido que las condiciones necesarias para sostenerla. Hablamos de automatización, apoyo al diagnóstico, modelos predictivos y nuevas capacidades clínicas. Sin embargo, antes de pensar en una IA aplicada a gran escala, Chile debe resolver una condición estructural: contar con información clínica disponible, segura, trazable, estandarizada e interoperable. Sin esa base, cualquier estrategia tecnológica corre el riesgo de quedar limitada a pilotos aislados, con impacto acotado y baja capacidad de escalamiento. La IA no funciona en el vacío. Requiere información consistente, bien gobernada y clínicamente útil. Cuando los datos están incompletos, duplicados o fragmentados entre sistemas que no se comunican entre sí, la promesa de la IA se debilita desde el origen.

La Ley de Interoperabilidad de Fichas Clínicas abre una oportunidad relevante para el país. Su valor no está únicamente en conectar plataformas ni en modernizar sistemas. El cambio de fondo es más profundo: redefinir cómo circula la información en salud y cómo esa información se pone efectivamente al servicio de las personas, los equipos clínicos y la gestión sanitaria.

Durante años, los datos clínicos han permanecido dispersos entre instituciones, niveles de atención y soluciones tecnológicas que operan con distintos lenguajes. Esa fragmentación no es un problema abstracto. Tiene consecuencias concretas: duplicación de exámenes, pérdida de continuidad del cuidado, decisiones clínicas basadas en antecedentes incompletos y una carga injusta para los pacientes, que muchas veces deben reconstruir su historia médica en cada punto de atención.

La interoperabilidad debe permitir que la información acompañe a las personas, y no que las personas deban perseguir su propia información. Ese es el verdadero cambio de paradigma. Para lograrlo, la ley es un punto de partida, pero no suficiente por sí sola.

Los estándares internacionales existen y Chile ya ha avanzado en capacidades técnicas, discusión regulatoria y madurez del ecosistema. El desafío ahora es convertir esos avances en adopción efectiva. Eso significa usar estándares correctamente, evitar nuevas formas de fragmentación, alinear incentivos y asegurar que los proyectos de interoperabilidad no queden reducidos a integraciones parciales o soluciones de corto plazo.

También será indispensable abordar la seguridad y la confianza como ejes centrales. Los datos clínicos pertenecen al paciente, pero son administrados por instituciones y proveedores que actúan como custodios de información altamente sensible. Por eso, cualquier implementación debe ser rigurosa en materia de acceso, protección, trazabilidad, consentimiento, responsabilidad y uso legítimo de los datos.

La confianza no se declara: se construye. Y se construye con reglas claras, arquitectura robusta, transparencia, controles adecuados y resultados visibles para las personas. Una ciudadanía que no confía en cómo se usan sus datos difícilmente respaldará modelos más avanzados de salud digital, por muy innovadores que parezcan.

La interoperabilidad es uno de esos cimientos que no siempre se ven, pero que sostienen todo lo demás. Sin gestión de datos, no hay inteligencia artificial robusta. Sin interoperabilidad, no hay continuidad del cuidado. Sin estándares, no hay escalabilidad. Y sin confianza, no hay transformación digital sostenible.

Si Chile quiere avanzar hacia un sistema de salud más digno, eficiente y basado en mejores decisiones, debe entender que la información clínica no es un subproducto administrativo de la atención, sino infraestructura crítica del sistema sanitario. Poner esos datos al servicio de las personas, con seguridad, gobernanza y sentido clínico, es el primer paso para construir una salud digital capaz de generar impacto real.

Presidente Mesa de Salud Digital de ACTI y Country Manager de InterSystems

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1 Comment

  1. Comparto que la incorporación de inteligencia artificial en salud solo tendrá impacto real si va acompañada de una modernización profunda de la institucionalidad. De poco sirve sumar nuevas tecnologías sobre estructuras diseñadas para una realidad de hace más de medio siglo.
    La transformación requiere avanzar en gobernanza, profesionalización de la gestión hospitalaria, digitalización e interoperabilidad de la información clínica entre los sectores público y privado. Sin una ficha clínica electrónica integrada y estándares comunes, la IA corre el riesgo de convertirse en una herramienta aislada más que en un motor de eficiencia y mejores resultados para los pacientes.
    La experiencia demuestra que las reformas estructurales en salud suelen enfrentar resistencias de distintos actores e intereses. Casos como las recomendaciones del Informe Caldera del exministro Carlos Massad o los prolongados retrasos en proyectos de infraestructura hospitalaria mediante concesiones como el hospital Salvador con más de diez años de retraso, reflejan las dificultades para implementar cambios de largo plazo.
    Por eso, más que discutir únicamente sobre inteligencia artificial, el desafío es construir las bases institucionales, tecnológicas y de gestión que permitan aprovecharla de manera efectiva. La IA puede ser parte de la solución, pero no reemplaza las reformas que el sistema viene postergando desde hace décadas.

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