religión

Hace unos días, un conjunto de comunidades religiosas de distinto signo, encabezadas por el Obispo de la Iglesia Católica de Santiago, Mons. Fernando Chomali, emitieron un comunicado en el cual expresan su profunda preocupación por la crítica situación en la que se encuentra el país y, de la cual, la manifestación más notoria la constituye el estado de completa inseguridad en el que los chilenos desarrollamos nuestras vidas y las de nuestras familias. 

Estos prelados aprecian como causa de esta grave situación la falta de acuerdos fundamentales entre los diversos sectores de la población y, por eso, postulan que “el país requiere dar un paso decisivo hacia una verdadera política de acuerdos y consensos, hacia un acuerdo nacional, que, dejando atrás visiones particulares, mire de verdad a Chile y se aboque a resolver los graves problemas sociales, económicos y políticos que enfrentamos. Estamos dispuestos a colaborar, desde nuestra perspectiva, a este gran objetivo”.

Pero, fuera de urgir los acuerdos, los prelados no dan ningún indicio acerca de cuáles deberían ser los contenidos fundamentales de esos acuerdos. Y, por supuesto, no da lo mismo un contenido u otro. Pero, más importante, la declaración en cuestión elude, a mi modesto entender, la principal causa de la crítica situación por la que atravesamos, cual es la ausencia de una conducción sensata del país. Es decir, lo que Chile padece es consecuencia del hecho de que el gobierno actual es extremadamente deficiente. La ausencia de una cabeza de la cual provengan las directivas adecuadas y prudentes para enfrentar el camino al futuro aparece, así, como la razón de los desacuerdos entre los grupos y las personas.

La relación entre política y religión en nuestro país se inicia desde que este fue fundado hace ya cinco siglos hasta el punto de que es imposible entender nuestra historia sin hacer referencia a esa relación y sin remarcar lo estrecha que ella ha sido. El balance es altamente positivo, sin perjuicio de momentos donde esa relación fue deficiente con graves consecuencias para el país. Hoy estamos en un período muy crítico en el cual esperamos la voz de nuestros pastores, pero siempre que esta sea clara y ponga de relieve el principal problema que enfrentamos, el del mal gobierno.

La voz de nuestras autoridades religiosas debe dirigirse primera y especialmente a quienes detentan el gobierno de nuestro país y es a ellos a los cuales cabe recordar los principios de un buen gobierno civil. Entre otros, por ejemplo, el de asegurar espacio para que las personas podamos ejercer libremente nuestras iniciativas, lo cual implica el respeto a la propiedad privada como el mejor medio para la administración de los recursos de que nos provee la naturaleza y, así, procurar el crecimiento del país y la superación de la pobreza. Asimismo, la unión de por vida entre un varón y una mujer como el mejor camino para la perfección personal de cada uno de ellos a través de la apertura a la procreación y formación de nuevas personas, es decir, para dar paso a la familia como el núcleo fundamental de la sociedad.

Frente a las nacientes monarquías del mundo europeo, destinadas a suceder al Imperio Romano, se alzó, a comienzos del siglo VII, la voz de un Obispo, San Isidoro de Sevilla, que no dudó en enfrentar a los reyes de la época y recordarles el primer principio del buen orden político: Rex eris si recte facias, si non facias, non eris: “Rey serás si obrares rectamente; si así no obrares, no lo serás” (Etimologías). Oportuno sería recordarles a nuestros gobernantes de hoy un principio similar a ese.

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1 Comment

  1. Estoy convencido de que esta forma de gobernar no se debe únicamente a la obvia incapacidad del presidente y autoridades, más bien están aplicando un programa de gobierno en el que es condición destruir la convivencia, asustar con delincuencia desbocada, educación abandonada, salud ídem, economía desastrosa, cesantes y un cada vez mayor dominio del Estado en todas las actividades. Nadie podría extrañarse, está escrito.

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