El debate público sobre la inteligencia artificial y el trabajo está atrapado en la pregunta equivocada. Nos obsesiona saber si la IA nos va a dejar sin empleo. Esta pregunta no es ingenua: según Forbes Chile, solo la industria tecnológica perdió 123.000 empleos este año, siendo la IA la razón más citada para los despidos. Si a eso le sumamos que la tasa de crecimiento de la IA se proyecta entre un 27,7% y un 33,6% anual para el periodo 2026-2033, según Fortune Business Insights, estamos ante una transformación real y acelerada. Sin embargo, hay una amenaza más silenciosa y quizás más dañina que nadie está discutiendo. La posibilidad de que la IA nos quite el sentido del trabajo, incluso cuando nos deje el puesto. Nuestro trabajo no solo tiene una función financiera. También cumple una función más profunda: darle sentido a lo que hacemos y, en consecuencia, construir nuestra identidad.
Para ser concretos: para un investigador científico, analizar datos es algo más que una tarea técnica, es una fuente genuina de disfrute, de dominio, de identidad profesional. Lo mismo ocurre con profesionales de la educación, la salud o la ingeniería. Hoy nos descubrimos delegando cada vez más partes del proceso a herramientas de IA, no necesariamente porque queramos, sino porque el sistema lo incentiva. Si la IA puede mejorar y refinar una tarea en segundos, ¿por qué invertir horas en hacerla? Cualquier profesional puede acelerar sus análisis, producir más resultados y cumplir más rápido las métricas del puesto. Sin embargo, muchas veces el resultado es que producimos más, pero disfrutamos menos. Esto no es una queja nostálgica. Es un problema psicológico con evidencia detrás.
Hace más de una década, los investigadores Howard Weiss y Deborah Rupp publicaron un artículo que hoy se vuelve urgente. Argumentaban que hemos cometido un error de fondo al estudiar el trabajo: tratar a los trabajadores como objetos con propiedades medibles (productividad, eficiencia, resultados) en lugar de como personas que viven experiencias en él. El trabajo no es solo un medio para producir: es una fuente de identidad, propósito y significado. Cuando automatizamos tareas que las personas encuentran valiosas en sí mismas, no estamos liberándolas. Estamos vaciando su jornada de aquello que la hacía valer la pena.
La distinción importa, y hoy casi nadie la está haciendo. Un reporte de Indeed de 2025, con 80.000 trabajadores encuestados en ocho países, encontró que el tiempo ahorrado gracias a la IA se redirige mayoritariamente a hacer más de lo mismo o a absorber otros proyectos, y que usos como la innovación o el trabajo creativo ni siquiera entraron al top cinco de beneficios percibidos. La IA está multiplicando la carga, no liberando espacio para lo que da sentido. Esto puede ser aún más significativo en un país como Chile, caracterizado por altas tasas de burnout: el 57% de quienes lo sufren reporta sentirse deprimido en su entorno laboral, el nivel más alto de Latinoamérica, según el estudio Burnout Laboral 2025 de Buk.
La pregunta que deberíamos estar haciendo no es solo «¿qué tareas puede automatizar la IA?» sino «¿qué tareas deberíamos proteger de la automatización, aunque técnicamente sea posible?» Esa pregunta requiere poner a la persona en el centro, no la métrica de producción.
Automatizar lo tedioso puede ser una liberación. Automatizar lo que nos da sentido pone en riesgo la definición misma de lo que es el trabajo para las personas y, en consecuencia, nuestra identidad.
*Ignacio Pérez Sepúlveda, PhD en Management, Psicólogo y Magíster en Psicología del Trabajo y las Organizaciones, académico e investigador de la Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez,
*Gonzalo de la Fuente Sanhueza, Psicólogo, Magíster en Dirección de Personas y Organizaciones, Magíster (c) en Inteligencia Artificial y académico de la Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez.
