Toda infraestructura empieza como herramienta. Así como en los 90 era clave subirse a Internet, hoy no sumarse a la Inteligencia Artificial (IA) es como no haber tenido página web en 1999.
La IA es compleja, sí, pero la mayoría no necesita entenderla en profundidad. Con tranquilidad nos encontraremos conceptos que suenan esotéricos, como TensorFlow o PyTorch; algoritmos avanzados basados en deep learning, transformers, técnicas de aprendizaje por refuerzo, GPUs, TPUs o clusters (este último punto -el acceso a cómputo de alto rendimiento- merece una columna aparte, por sus implicancias geopolíticas en la actual guerra tecnológica global).
La IA no es una moda. Es la nueva infraestructura de competitividad. Una plataforma que habilita la construcción de nuevas soluciones, apalancadas en esta nueva capacidad que está distribuida, as a service y disponible para todos.
A riesgo de ser majadera, quiero reforzar una distinción clave: la IA no es sólo una herramienta. Su capacidad para procesar información, aprender de los datos y automatizar tareas complejas la convierte en la infraestructura productiva del siglo XXI. Tal como ocurrió con la electricidad.
Hoy, la IA ya es la base sobre la que se construyen productos, procesos y modelos de negocio. No se trata sólo de hacer lo mismo con más eficiencia, sino de repensar cómo competimos, cómo nos relacionamos con los clientes, cómo diseñamos nuestros negocios y cómo tomamos decisiones. Y si queremos seguir siendo competitivos, no podemos dejar este tema para la planificación estratégica de 2026. Y esto aplica para todas las industrias.
Para las empresas que no nacieron digitales, el desafío es mayor: deben aprender a pensar digital. Esto implica entender a fondo cómo la tecnología cambia las expectativas de los consumidores y habilita nuevas formas de producir, competir y generar valor.
Hay empresas que ya están avanzando a otro ritmo. En compañías como Shopify, su CEO Tobi Lütke ha instruido que, antes de solicitar nuevas contrataciones, debe demostrarse que la IA no puede realizar ese trabajo.
Mientras tanto, en Chile llevamos años hablando de tecnología, transformación digital, propuestas de valor personalizadas, decisiones basadas en datos… y aún vemos empresas donde las áreas de tecnología y datos siguen siendo periféricas, la estrategia digital está tercerizada, y los datos se usan más para justificar decisiones ya tomadas que para anticipar o innovar.
Necesitamos avanzar con urgencia hacia un pensamiento digital honesto, que no se limite a automatizar procesos antiguos.
Se trata de integrar la IA en el corazón de la estrategia, con visión, determinación y una mirada holística que incluya el cuidado al razonable temor de las personas, la interpretabilidad y transparencia de los modelos, y los sesgos en los datos y algoritmos.
El mundo avanza sin pedir permiso. No hay tiempo para seguir culpando al empedrado, al regulador, a los políticos, a los jóvenes, a los viejos, al clima económico, ni a los chinos ni a Trump. Chile necesita pensar digital. Y eso empieza en la sala de directorio, no en el área de tecnología.
