Ya hace más de 20 años empezó a decaer la fuerza de la economía chilena. En este lapso ha perdido más de la mitad de su capacidad de crecimiento, conduciendo a un virtual estancamiento o avance “vegetativo”, no ha logrado incrementar su productividad, ha caído en competitividad, ha multiplicado varias veces su endeudamiento, ha aumentado su inflación, también el trabajo informal, no logra reducir su tasa de desempleo formal, ha visto empantanarse o decrecer los salarios reales y caer su tipo de cambio real.
En síntesis, la economía se ha deteriorado gravemente y no parece mostrar dinamismo suficiente para avizorar un cambio positivo significativo hacia el futuro. Atrás quedaron los años en que el país era reconocido como la joya económica de Latinoamérica y parecía posible transitar hacia la superación del subdesarrollo y entrar a la liga de las naciones desarrolladas. Poco y nada queda de eso. La pregunta es ¿por qué razón?
Hay quienes han querido asociar este evidente decaimiento a ciertos males intrínsecos que tendría el denominado “modelo neoliberal” y, desde tal diagnóstico de base, han propuesto un giro radical hacia un estatismo de viejo cuño socialista, hasta ahora largamente fracasado en todo el orbe. Pero, la verdad es que la economía libre de mercado existente, fundamentada en la iniciativa personal y la propiedad privada, a pesar de sus puntos débiles ha demostrado ser en Chile -y el mundo-, la más apta para generar crecimiento y desarrollo económico en los pueblos.
En este ámbito, el problema real parece ser otro. Sucesivas malas políticas públicas han terminado por minar y hasta desvirtuar el despliegue efectivo de una actividad económica cimentada en la libertad. Reformas tributarias, laborales, normativas ambientales, proyectos como el Transantiago, leyes inconstitucionales como fueron las de retiros de fondos de pensiones, la burocratización excesiva en el otorgamiento de permisos y otras acciones erradas, han ido deteriorando gradualmente el funcionamiento de la economía nacional, alejando, de paso, tanto a la inversión extranjera como local.
Según han señalado a tiempo la mayoría de los expertos, la reforma de pensiones recientemente aprobada traerá nuevos escollos, contrarios al libre -y eficiente- despliegue de los agentes económicos. Ella precariza la propiedad privada, aumenta la injerencia estatal en la actividad económica, incrementa innecesariamente el aparato del Estado y el gasto público, resulta dañina para el mercado laboral y más. En fin, el país sigue su descamino en materia económica y continúa fragilizando aquello que otrora fuera una auténtica fortaleza.
Son malas noticias para Chile, sus habitantes y trabajadores, más todavía analizada la situación con un horizonte de largo plazo. Todavía más, algunos incluso no ocultan ya su expreso deseo de profundizar el desvarío, “corriendo el cerco” y “nacionalizando” las AFP. ¿Por qué no? La puerta ya fue abierta.
Álvaro Pezoa Bissières – Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial. ESE Business School
