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La Subdere publicó la semana pasada el Índice de Competitividad Regional 2026. Son diez años de datos en 16 regiones.

En innovación, Ñuble aparece en el último lugar con 43,1 puntos. O’Higgins en el puesto 15 con 45,2. Tarapacá en el 14. La Región Metropolitana está en el segundo lugar con 59,3 puntos. La distancia entre el primero y el último supera los 31 puntos.

Pero lo más relevante no es la brecha, sino su persistencia. O’Higgins lleva una década en el puesto 15. Ñuble, desde que existe como región, nunca ha salido del último lugar. Mejoran en términos absolutos, pero en relación al resto del país siguen en la misma posición.

Frente a esto, la reacción natural es pedir más política pública. Más fondos, más programas, más instrumentos. Sin embargo, los datos muestran otra cosa.

Entre 2022 y 2025, el Estado movilizó más de $175 mil millones en innovación, emprendimiento y desarrollo productivo regional, a través de Corfo, Sercotec y gobiernos regionales. Cuatro años, más de 4.500 iniciativas. Y el ranking de innovación no cambió.

La razón. Los ecosistemas de innovación no los construye el Estado. Los construye el mercado. Lo que el Estado puede hacer es crear condiciones. Certeza jurídica, infraestructura, educación técnica de calidad. Pero la masa crítica de talento, la vinculación real universidad-empresa, el capital que apuesta por proyectos fuera de Santiago, lo genera el sector privado, o no lo genera nadie.

Hay por lo menos dos ejemplos que lo muestran con claridad.

En Viña del Mar, el Distrito V21, con más de 200 hectáreas en el barrio El Salto, se está consolidando como el primer distrito de innovación del país. No nació desde una política pública, sino de una apuesta empresarial liderada por la familia Reitz, que convocó a universidades, empresas y al propio Estado. Hoy acaba de adjudicarse el programa Startup Lab Valparaíso, con una inversión de 18 millones de dólares, de los cuales ocho provienen de privados.

En Puerto Varas, Startup Patagonia comenzó con encuentros de emprendedores en un café. Hoy reúne a más de 100 personas por evento y conecta a más de 800 emprendedores. Desde ahí surgió el Patagonia Biotech Hub, impulsado por Kura Biotech, Endeavor y Sofofa Hub, con empresas de la región participando activamente.

En ambos casos hay apoyo público, pero el motor es privado. Esa diferencia no es menor.

El propio informe de la Subdere lo sugiere. Muchas regiones con base agrícola operan bajo una lógica extractiva, donde la rentabilidad depende de ventajas naturales y no de innovación. Si el negocio funciona igual sin innovar, nadie innova. Y ningún fondo va a cambiar eso por sí solo.

Cambiar esta dinámica no requiere un nuevo programa. Requiere una decisión distinta.

Que empresarios, emprendedores y grandes compañías, muchas de ellas operando en esas regiones, entiendan que innovar ahí no es solo un aporte social, sino una decisión estratégica. Que dejen de mirar las operaciones regionales como centros de costo y comiencen a verlas como espacios de desarrollo.

Lo que está pasando en Viña del Mar y en Puerto Varas no es casualidad. Es el resultado de actores que decidieron construir un ecosistema que no existía.

Ese cambio no viene por decreto. Y mientras no ocurra, el ranking va a seguir igual.

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