Querido amigo progresista, necesito hablar contigo porque hay cosas que simplemente no me cuadran. Quizás, en tu infinita capacidad reflexiva, puedas iluminarme. No es por mala onda, de verdad que quiero entender.
Mira, en 2022, cuando el “Chile Despertó” se sentó a escribir su Constitución, te jugaste la vida defendiendo los derechos de los inmigrantes. Y no te culpo, amigo progresista, porque aquella obra maestra normativa prohibía cualquier tipo de discriminación por situación migratoria (artículo 25) y hasta blindaba a los solicitantes de refugio para que no pudieran ser devueltos a su país de origen mientras tuvieran la calidad de solicitante (artículo 71). Un verdadero monumento a la inclusión migratoria.
Pero hoy estás con un discurso muy distinto. Pasaste del “nadie es ilegal” a la propuesta de restringir el voto de los extranjeros en Chile. Un giro argumental digno de una teleserie turca. ¿Me explicas, por favor, en qué momento el progresismo dejó de ser el paladín de los inmigrantes para empezar a ponerle candado a las urnas?
Y hablando de inmigrantes, qué cosa más rara lo que pasó el domingo en la Quinta Vergara. Resulta que las mismas redes sociales que antaño se llenaban de discursos contra la xenofobia, de pronto, estaban celebrando con popcorn en mano el fracaso de un comediante venezolano. George Harris subió al escenario y apenas abrió la boca, ya le estaban tirando tomates virtuales.
Claro, el show no ayudó mucho. Chistes planos, una pelea con el público y un timing de terror. Pero lo que realmente me sorprendió fue la energía con la que algunos progresistas aprovecharon la oportunidad para convertir el desastre en un evento político. Como si la caída de Harris fuera una especie de revancha cultural entre Chile y Venezuela. No me malinterpretes, amigo progresista, yo sé que no eres nacionalista… pero, “chamo”, qué parecido te ves últimamente a uno.
Hubo incluso comediantes progres sacando chistes a costa de Harris (algunos chistes muy buenos, hay que decirlo), los mismos que en años anteriores casi organizaron velatones cuando Javiera Contador o Jani Dueñas fueron pifiadas en el mismo escenario. Porque en esos casos, según tú y tu tribu, la falta de respeto del público era un problema de educación, de falta de clase. En Europa no se veían esas cosas, decías. Pifiar era de rotos, atroz, incivilizado. Pero el domingo, de pronto, se puso “bacán”, “genial” y “cachilupi” reírse del colega artista. ¿Por qué? ¿Porque era venezolano? ¿Porque era de derecha? ¿O porque, simplemente, la coherencia no es tendencia?
Y ojo, no te juzgo. Todos tenemos derecho a un poco de hipocresía de vez en cuando. No pasa nada. Además, la ciencia nos avala: el placer por el fracaso ajeno (o schadenfreude, como dicen los alemanes, esos que tanto admiras) es una reacción humana natural. El problema es que esa empatía que tanto predicas parece bastante selectiva.
Ah, y hablando de selectividad. Me atrevo a lanzar una hipótesis, amigo progresista: más que la inmigración en general, lo que te incomoda es el venezolano. Y no cualquier venezolano, sino el que no comulga con tu ideología. Porque, vamos, yo te escuché en 2021 citando a Adela Cortina y repitiendo como mantra que si no te molestaba el inmigrante europeo pero sí el pobre, en realidad no eras xenófobo, sino aporófobo. Pero, ¿qué pasa cuando el inmigrante que te desagrada es pobre y es de derecha? ¿Cómo llamamos eso?
Tranquilo, respira. No te estoy acusando de nada grave. No eres un xenófobo total, solo una versión más soft, más woke, más socialmente aceptable. Una especie de xenófobo boutique, si se quiere.
Eso sí, te voy a hacer una advertencia: estás compartiendo vereda con el discurso nacionalista. Sí, sí, ya sé, tú jamás votarías por un populista nacionalista, ni de broma. Pero te cuento algo: la gente que no respira política como tú y yo, cuando ve que ciertos discursos se normalizan (sí, “normalizar”, una palabra que te encanta), después no distingue entre lo light y lo hardcore. Y cuando ciertos nacionalismos se instalan, no vienen solitos. Llegan con un kit completo de políticas, querido amigo progresista, que son cualquier cosa menos “empáticas”.
Pero bueno, ¿qué voy a saber yo? Seguramente ya tienes una justificación lista para todo esto. Solo te pido un favor: cuando vuelvas a hablar de empatía, hazlo con un poquito menos de grandilocuencia. No vaya a ser que, entre tanta pirueta discursiva, te termines pareciendo a lo que tanto detestas.
