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Werner Herzog abre The Future of Truth con una imagen luminosa y triste: cuando Dios creó la verdad, la colocó en un espejo. Pero el espejo cayó y se rompió en mil pedazos. Desde entonces, cada ser humano posee un fragmento de esa verdad, y pasa la vida buscándola en los trozos de los demás. Esa metáfora resume el drama contemporáneo: la verdad no ha desaparecido, pero está fragmentada. Cada uno mira el mundo desde su propio reflejo.

Vivimos una época en que lo factual ya no basta. Los hechos compiten con emociones, intuiciones y relatos personales. Herzog llama a esto “la verdad extática”: una verdad que nace del impacto emocional más que de la precisión objetiva. Mario Vargas Llosa, desde otro ángulo, advirtió en La Civilización del Espectáculo que la política se transformó en entretenimiento y la cultura en banalidad. Ambos coinciden: la verdad perdió prestigio, desplazada por la emoción y la superficialidad.

Hoy somos víctimas de las fake news no solo porque existan algoritmos diseñados para manipularnos, sino porque anhelamos creer. La desinformación prospera porque satisface necesidades emocionales: pertenencia, identidad, sentido. Una mentira que conmueve puede resultar más convincente que una verdad incómoda. Las redes sociales amplifican esta lógica: no premian la veracidad, sino la reacción. Y cada uno de nosotros -sin advertirlo- lee, comenta o da “like” solo a lo que confirma su propia verdad, no a lo que la desafía. El algoritmo externo replica el interno.

En Chile, donde el calendario presidencial se acorta, esta tendencia se volverá decisiva. Las elecciones suelen definirse en los últimos días, cuando las emociones pesan más que los programas. Por eso, hoy más que nunca estaremos expuestos a la desinformación: titulares falsos, videos manipulados, frases sacadas de contexto. La pregunta no es quién las difundirá, sino cuántos estaremos dispuestos a creerlas.

Y no solo la política sufre este fenómeno. También la economía vive su propia posverdad. El Premio Nobel Robert J. Shiller, en Narrative Economics, demostró que los mercados se mueven por historias contagiosas: relatos que modelan expectativas y, con ellas, los precios.

“Las narrativas económicas pueden ser tan virales como una epidemia, y su impacto sobre los precios es real”, escribió Shiller. Así, el precio de un activo no siempre refleja su valor intrínseco, sino la historia que lo rodea. Si suficientes inversores creen que algo subirá, sube; si creen que caerá, cae. La economía, como la política, se convierte en un espejo donde las percepciones terminan construyendo su propia verdad.

John Maynard Keynes lo anticipó con sus “espíritus animales”: las emociones colectivas que impulsan las decisiones financieras. En los mercados, como en la esfera pública, las creencias se vuelven hechos, y los hechos, materia opinable. La línea entre la realidad y la expectativa se difumina, y la “verdad económica” se vuelve un consenso temporal sostenido por confianza… o miedo.

Pero surge una pregunta inevitable: ¿Qué ocurre con quienes se atreven a incomodar con su verdad? En tiempos de polarización, quien disiente se convierte en sospechoso; quien cuestiona, en enemigo. La sociedad premia la adhesión y castiga la duda. Decir la verdad, cuando el consenso se construye sobre emociones, exige coraje. Los que se atreven a sostener un fragmento distinto del espejo pagan un costo: el del aislamiento o el descrédito. Herzog diría que son los “locos lúcidos” que intentan recomponer el espejo sabiendo que se cortarán las manos en el intento. Y, sin embargo, sin ellos no hay búsqueda, no hay futuro, no hay verdad.

La posverdad no es la victoria de la mentira, sino la indiferencia frente a la verdad. Y en tiempos electorales y de volatilidad económica, esa indiferencia se paga caro. Herzog, con su espejo roto; Shiller, con sus narrativas económicas; y Vargas Llosa, con su advertencia sobre la banalidad, nos invitan a un mismo gesto: reaprender a buscar juntos.

Tal vez el desafío de nuestra época sea recoger los fragmentos del espejo de Dios —en la política, en los mercados y en la vida— y recordar que ninguno posee la verdad completa, pero todos somos responsables de no callarla cuando la encontramos.

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2 Comments

  1. O, más fácil y directo, como decía una antigua canción entonada en nuestras iglesias, «a Dios queremos en nuestras leyes en las escuelas y el el hogar»………

    .

  2. Muy de acuerdo Gabriela …. Queda claro que hay posiciones que insisten en ver un 6 e imponerlo, a pesar que los que están a 180 ° (de cualquier sector, creencia, opinión) ven simplemente sin prepotencia un 9 ….

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