En Chile, regular más se ha convertido casi en sinónimo de gobernar mejor. Delitos económicos, datos personales, ciberseguridad: frente a cada problema, la respuesta es una nueva capa normativa, cada vez más exigente y punitiva.

Cada ley, vista por separado, es difícil de cuestionar. El problema surge cuando se acumulan sin coordinación ni gradualidad. Hoy una misma empresa puede enfrentar simultáneamente exigencias penales, administrativas y técnicas, bajo autoridades distintas y criterios que no siempre dialogan entre sí. El resultado: más incertidumbre, más costos y menos claridad sobre qué significa realmente cumplir.

Eso tensiona la seguridad jurídica. Cuando un mismo hecho puede gatillar responsabilidades múltiples, la previsibilidad se diluye, y el derecho pierde su función más básica: orientar conductas.

El efecto más profundo, sin embargo, es económico. Chile compite por inversión en un entorno donde se comparan jurisdicciones, y ahí la calidad regulatoria pesa tanto como su existencia. Un sistema fragmentado y altamente sancionatorio eleva el riesgo percibido, encarece hacer empresa y termina siendo un desincentivo directo para el capital extranjero. Puertas adentro, las grandes compañías logran absorber esa carga; para las medianas y pequeñas, el cumplimiento se vuelve inmanejable, y muchas terminan adoptando una fachada de cumplimiento —políticas y manuales que “cubren” exigencias— desconectada de la gestión real de riesgos.

Hay, además, un componente político que rara vez se reconoce: buena parte de estas normas se diseña bajo presión, para dar señales o reaccionar frente a casos mediáticos. Ahí la sanción ocupa el centro no porque sea la herramienta más efectiva, sino la más visible. Y una regulación construida así tiende a sobrerreaccionar: eleva estándares, endurece multas, amplía responsabilidades, sin que eso se traduzca necesariamente en mejor cumplimiento.

Regular no es solo prohibir y castigar; es diseñar incentivos para cambiar conductas. Eso exige coordinación entre normas, proporcionalidad según el tamaño de cada actor, y sentido de realidad sobre cómo operan las organizaciones. Nada de esto es un llamado a desregular: la regulación en estas materias es indispensable. Pero acumular normas sin diseño no es lo mismo que regular bien.

América Latina, en conjunto, enfrenta este mismo dilema. Seguir sumando normas y sanciones puede rendir políticamente en el corto plazo, pero a mediano plazo se traduce en menos inversión y menos dinamismo. La buena regulación no se mide por su dureza, sino por su eficacia: por cuán probable es que las reglas se entiendan, se puedan cumplir y efectivamente se cumplan. Creer que más regulación equivale a mejores resultados es una ilusión que la región difícilmente puede seguir sosteniendo, sin perder con ello su competitividad.

VP Legal, Compliance y Asuntos Regulatorios AFP Capital

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1 Comment

  1. Soto confunde regulación con incertidumbre regulatoria.
    La literatura sí muestra que reglas imprevisibles pueden frenar la inversión; no demuestra que más regulación equivalga a menos inversión.
    Una regulación exigente pero estable puede reducir incertidumbre; una liviana pero arbitraria puede aumentarla. El problema es la calidad institucional, no el número de normas.
    Saltarse esa distinción convierte una preocupación legítima en una conclusión ideológica sin causalidad demostrada.

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