La frase de Óscar Guillermo Garretón cayó como una piedra en un ambiente político acostumbrado a esconder sus contradicciones internas bajo el eslogan de unidad: “La unidad de la izquierda no es real. Aquí hay una izquierda democrática y hay otra izquierda que no cree en la democracia”.
Más allá de la polémica inmediata, lo interesante es que la declaración toca una tensión que lleva años incubándose dentro de la izquierda chilena y que hoy resulta cada vez más difícil de disimular. Porque la pregunta incómoda ya no es si existen diferencias entre el socialismo democrático tradicional y el eje compuesto por el Frente Amplio y el Partido Comunista. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más podrán seguir fingiendo que esas diferencias son menores.
Durante décadas, la centroizquierda chilena construyó su legitimidad sobre ciertos pilares relativamente claros: defensa de la democracia liberal, gradualismo reformista, responsabilidad institucional y capacidad de lograr acuerdos amplios. La antigua Concertación entendía que gobernar implicaba administrar frustraciones y tensiones, no incendiarlas; reformar, no refundar.
Sin embargo, tras el desgaste político de los últimos años y el colapso de sus viejas narrativas a partir del “estallido social” de 2019, parte importante del socialismo democrático comenzó a diluir sus propias fronteras ideológicas respecto del izquierdismo insurreccional y antidemocrático. Lo que antes eran diferencias sustantivas pasaron a presentarse como simples matices generacionales o estilos distintos de hacer política.
Pero las diferencias nunca desaparecieron realmente.
Siguen apareciendo cada vez que se discute el estallido de 2019, la violencia política, el rol de Carabineros, la seguridad pública, Cuba, Venezuela o incluso el valor de los acuerdos institucionales. Mientras unos sectores consideran la democracia liberal como un marco esencial e irrenunciable, otros la ven como un simple instrumento condicionado por correlaciones de fuerza y su utilidad para alcanzar objetivos históricos superiores.
Ahí radica el fondo de la certera constatación de Garretón.
Y quizás la pregunta más incómoda no es para el Frente Amplio ni para el Partido Comunista, sino para el propio socialismo democrático: ¿por qué siguen juntos? La respuesta probablemente no sea ideológica, sino política. Y también emocional.
Existe temor. Temor a la irrelevancia. Temor a desaparecer como una fuerza política relevante. Temor a convertirse en partidos envejecidos sin un relato atractivo y sin capacidad de disputar el entusiasmo cultural de las nuevas generaciones progresistas. Muchos dirigentes históricos parecen haber llegado a la conclusión de que por sí solos, como fuerza política con una clara identidad propia, simplemente no sobreviven.
La paradoja es brutal: sectores que durante años defendieron moderación, responsabilidad fiscal y reformas graduales terminan subordinados a una coalición de izquierda extrema donde predominan aquellos discursos maximalistas o refundacionales que antes habrían cuestionado abiertamente.
Y el costo de esa convivencia empieza a hacerse evidente.
La izquierda democrática chilena proyecta hoy una sensación permanente de ambigüedad. Habla de orden, pero relativiza ciertos usos de la violencia. Defiende la democracia, pero guarda silencio frente a regímenes autoritarios que sus aliados definen como afines. Promete responsabilidad económica, pero convive con sectores que históricamente han despreciado la lógica del crecimiento, la inversión privada y la sobriedad fiscal.
Todo eso erosiona la credibilidad.
Porque la ciudadanía percibe cuando una coalición está unida por convicción y cuando está unida simplemente por necesidad electoral. Y en Chile comienza a instalarse la impresión de que la famosa “unidad de la izquierda” funciona más como pacto de supervivencia por el poder que como proyecto político coherente.
Eso explica también la ansiedad permanente que en general atraviesa a la izquierda. Cada diferencia interna amenaza con abrir una discusión mucho más profunda sobre identidad política, legitimidad democrática y sentido histórico. Por eso las tensiones se administran con silencios, frases ambiguas o llamados abstractos a la unidad.
Pero los silencios no resuelven contradicciones de fondo.
La política chilena atraviesa un momento extraño: mientras la derecha discute liderazgo y gobernabilidad, la izquierda parece discutir todavía algo más elemental: qué entiende realmente por democracia, orden y progreso. Y hasta que no responda esa pregunta con claridad, la unidad seguirá pareciendo más táctica que auténtica.
Porque las coaliciones pueden sobrevivir mucho tiempo por conveniencia. Lo que no pueden hacer indefinidamente sin pagar un alto precio es fingir que las diferencias fundamentales no existen. De hacerlo, quienes las conforman corren el riesgo de transformarse en simuladores eternos que un día descubren que detrás de la máscara de la unidad no existe sino el vacío.

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